“Para ir a la luna es necesario
conocer las leyes de gravitación. Esto no significa que uno se libere de dichas
leyes, significa que pueden ser utilizadas para algo más” (Henri Laborit).
Del conocimiento científico aprendemos la debilidad del verbo
“creer”, que la ciencia no utiliza, limitándose a proponer modelos
explicativos, listos para ser cambiados en cuanto la información adicional
proporcione una contradicción. Muchas personas creen que han encontrado una
“ley de maniobra”, por la que niegan el método científico para no afrontar las
contradicciones, para que sus teorías quepan en el embudo de sus propios
prejuicios, fijando así su prisión mental e intentando imponer sus teorías a
los demás en modo totalitario. Encerrados en sus certezas, empleando siempre como
referencia los mismos esquemas dogmáticos, sin ponerlos nunca en cuestión, se
ven impedidas de participar en el intercambio y pierden así la mayor parte de
su potencialidad humana.
Lo
esencial del pensamiento científico es volver continuamente a examinar el
paradigma dominante, cuyos patrones nos vienen de la religión, de los mitos y
también de algunas corrientes de la filosofía, que a menudo van delante de las
ciencias, como verdades a medida, que se implantan en el inconsciente colectivo
mediante la automatización sociocultural.





