1
Voy, pues, a seguir, hay que decir palabras, mientras las haya, hay que decirlas, hasta que me encuentren, hasta que me digan…Eso decía Samuel Becket (1906-1989) al final de su libro "El innombrable". Y en su último libro, de título "Sobresaltos", escrito con más de ochenta años y publicado un año antes de su fallecimiento, como resumen y conclusión a su vida y oficio de escritor dejaba dicho que "la palabra es lo único y lo último que sostiene la desintegración del yo".
Había ganado el Nobel de Literatura en 1969, según se dijo en el acto de entrega, "por su escritura, que, renovando las formas de la novela y el drama, adquiere su grandeza y elevación en la indigencia moral del hombre moderno", En ese acto, Becket ahorró las palabras, solo agradeció el reconocimiento, guardó silencio y no pronunció ningún discurso....y lo entiendo perfectamente, más ahora, que voy camino de esas edades en las que se tiene una cierta intuición acerca de lo descolocado que anda nuestro yo por este mundo, con ese mismo sentimiento que refiriera Samuel Becket, algo así como una oscuridad de la existencia, que en sus palabras es "la relación truncada entre sujeto y objeto que caracteriza al mundo moderno desde que no existe ninguna garantía trascendental que asegure esa relación, un Dios, por ejemplo".
Beckett exploró la oscuridad y el desamparo del individuo acosado por esa falta de relación, exploró esa quiebra del vínculo con la existencia y con el propio mundo, que a los humanos nos deja tirados y desvalidos ante la intemperie de la nada. Lo hizo con un lenguaje crudo, sin fe alguna en el posible poder compensatorio de la escritura (que no deja de ser una forma de ficción). Pensaba que un mundo sin sentido solo puede ser representado mediante un lenguaje que contenga ese sinsentido junto a la confusión que de él resulta...lo entiendo, porque me está pasando algo muy parecido.
Ese último texto, "Sobresaltos", es un libro corto y lleno de melancolía por el peso de la vejez y por la ausencia de los amigos que van desapareciendo. Es una reflexión sobre el presentimiento de Samuel Becket acerca del final de su existencia como un lento proceso de desintegración del yo, que además del cuerpo incluye también la memoria y los vínculos con todo "lo otro", eso que nombramos como "el mundo", ese Algo que presentimos como una ley de la entropía a domicilio y adelantada a la general del Universo. Escribió "Sobresaltos" a modo de balance personal de su trayectoria como escritor, a la altura de lo que sus críticos y biógrafos han dado en nombrar como "poética del despojamiento", en virtud de la cual su pensamiento y su escritura se atienen a lo que consideraba esencial, que no era sino esa inmensa y solitaria desnudez en la que se sentía abandonado el anciano escritor a medida que presentía el final de sus días, llegando a dudar si su confusión no sería reflejo de un delirio, crecido en esa estrecha distancia que hay entre lucidez y locura.
Pensando en ésto, me parecía a mí que esta distorsión de la realidad viene a ser algo así como una enfermedad literaria, muy propia de escritores profesionales, que de tanto imaginar acaban colocando a la ficción en el lugar de la vida.
"Soy un discurrir de arena que resbala/ entre la duna y los guijarros/ la lluvia del verano llueve sobre mi vida/ sobre mí vida mía que me persigue y huye/ y tendrá fin el día del comienzo/ caro instante te veo/ en el retroceder de este telón de bruma/ donde ya no deberé pisar estos largos umbrales movedizos/ y viviré lo mismo que una puerta/ que se abre y se vuelve a cerrar." (De Poemas en francés, 1947-1949).
Siendo los humanos los únicos animales que sabemos que vamos a morir, la verdad es que la vida se nos pasa intentando ignorar que lo sabemos. Y abrumados por el roce de esa sombra que los viejos sentimos en la nuca como un aliento que nos sigue a todas horas, parece imposible cualquier forma de reconciliación con nuestros límites. No solo los viejos, también los enfermos crónicos, los desamados, los despreciados, y todos los suicidas en potencia.
Pero hay algo fundamental en lo que no coincido con Becket, algo que me aparta de la melancolía que rezuma su obra, repleta de andrajosos personajes marginales, vagabundos menesterosos y ancianos casi siempre. Y quiero explicarlo, si puedo: me refiero a eso que hoy, en este preciso momento histórico en que empezamos a tener una mínima conciencia común, con origen en los grandes peligros y carencias que nos acechan a escala global y de especie, a mi la melancolía me parezca un lujo sobrante, y hasta un exceso algo burgués, propio de gente ociosa y aburrida, que en vez de vivir, invierte su tiempo en entretenimientos literarios o políticos.
Así, pues, de Becket yo salvo su poética del despojamiento, pero solo como punto de partida que pudiera servirnos a escala personal y de especie, para una comprensión que siendo compasiva de la desnudez humana, nos haga resistentes a la melancolía, esa moderna enfermedad de los cuerpos que no encuentran compañía, ni siquiera un mínimo reconocimiento...y que, por eso, con total indiferencia, lo mismo hacen Literatura que organizan Genocidios o Viajes a la Luna.
2
Hasta que valga la pena vivir es el título común de dos libros cuya respectiva autoría corresponde a dos escritores chilenos, Constanza Michelson y Alvaro Inostroza Bidart. Con toda seguridad ese título estuvo inspirado por los numerosos grafitis callejeros que aparecieron en las paredes de Viña del Mar (Chile), y también en las pancartas que encabezaron las revueltas durante el estallido social que allí tuvo lugar, en octubre de 2019.
Del libro de Constanza Michelson, que incluye nada menos que ocho ensayos, he leído una crítica que me anima a leerlo, porque ve su mejor propuesta en que "el amor no es realmente emancipador si no se acompaña de una intuición política...¿cómo reinventar el amor sin caer en el escollo del individualismo?"; y añade esta frase que refiere a Samuel Becket sin quererlo: "la fragilidad es una forma de pensar una ética laica que nos sostenga y nos permita ponernos de rodillas afuera de los templos".
Del libro de Alvaro Inostroza Bidart solo sé que son treinta y dos poemas, que dialogan con imágenes fotográficas de las revueltas y que, según dice su editora, podrían resumirse en dos versos con los que yo estoy en radical desacuerdo: “toda vida debe caber/ en la Constitución de la República”.