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El estallido de las revueltas estudiantiles en Francia ha coincidido con la publicación del último libro del Comité Invisible, próximo a publicar en castellano por la editorial Pepitas de Calabaza. Como avance, he traducido un extracto de la edición francesa, publicado por la editorial "La Fabrique" (primera edición: 16-10-2026), en cuya contraportada aparece este texto de presentación:
"Sobrevivir a una civilización empeñada en suicidarse no es poca cosa. Una civilización es algo enorme y está en todas partes: a nuestro alrededor y en lo más profundo de nosotros. La tarea sería desalentadora si hubiera otra sensata y si aquí no se tratara de curarnos. Curarnos de la esperanza de que un cambio de régimen o de personal pueda hacer por nosotros la revolución que nosotros no hacemos; cortar los vínculos que nos encadenan a aquello que, a todas luces, se derrumba; abandonar el nihilismo, la risa cínica y la falsedad de rigor; comprender cómo diablos llegamos hasta aquí; sacar a la luz las estrategias de quienes conducen rebaños al matadero y, sobre todo, delinear los contornos de la salida de emergencia.
De todo eso trata este Manual. También de sacar a quienes están aislados de su error acerca de la soledad. Si por todas partes sólo vemos pavonearse a los imbéciles y los impostores, es porque todos los seres valiosos tienen en común su aversión a ponerse en primer plano. Si parece que sólo la perversión tiene derecho a gobernar, es porque el gusto por el poder afecta ante todo a quienes llevan un abismo en el corazón. Trabajamos en la más inmoral de las insurrecciones: la insurrección de los tímidos".
Indice:
Rara vez una derrota fue más profunda — 9 No retroceder ante las banalidades — 23 Abrir los propios ojos, caminar con los propios pies — 37 Buscar la curación, no el consuelo — 55 No adaptarse nunca — 77 No añadir nada a las tristezas inevitables — 95 Crear espacios ajenos a la publicidad — 111 Mantenerse en pie en lugar de fundirse en un cuerpo común — 133 No admitir ninguna solución — 153 No ceder en la propia certeza — 181 No sacar provecho de nada, negarse a seguir el juego — 201 Huir de la política, pero buscar armas en la huida — 223 Arrancarse de la dependencia — 247 Recurrir al rodeo de las técnicas — 285 Descristianizar la revolución — 337
No ceder en la propia certeza 1. Nadie asume riesgos por nada. 2. La alternativa a ser gobernado no es gobernarse a uno mismo, sino estar firmemente en el mundo. 3.Todos vivimos como si fuéramos déspotas. Eso nos convierte en mendigos. 4. Es bueno ser fanático, en algunos aspectos.
1. Nadie asume riesgos por nada
Es no reducir el ritmo. Es no sufrir ante lo insoportable. Es, en suma,adaptarse a lo inhumano. Pero esta salud no es la vida: es una anestesia». Hace unos años, este texto habría sido calificado de "zadista" —antes de que la ZAD de Notre-Dame-des-Landes se normalizara—, cuando todos los que huían en Francia, respondiendo a la llamada del exterior, se daban cita allí en secreto. Cabe señalar que el chico vivía en Saint-Herblain, a pocos kilómetros de distancia. La desesperación del acto será despachada con una sola palabra —y con ella, el contenido explosivo del texto—: «fascista». De hecho, es precisamente ésto lo que llevará a Le Figaro a publicarlo, con el fin de darle la vuelta a la acusación.
El chico es internado. Circulen, aquí no hay nada que escuchar. En el concurso al nihilista más perfecto, resulta difícil decir quién ha ganado: si el asesino mismo o esa sociedad de mónadas, tan obtusas que ya no ven ni oyen nada, salvo la caótica puesta en escena de lo que acontece. La excusa, aquí, es que dicho manifiesto podría haber sido redactado con la ayuda de una IA —algo sospechoso, en efecto: ¡no hay ni una falta de ortografía, imagínense! Será, de aquí en adelante, la excusa universal para la indiferencia universal.
El suceso es la bola de cristal en la que las sociedades de la información se miran y reprimen su propia verdad. Junto con unos compañeros, ponéis en marcha una ocupación, abrís un squat, tomáis un espacio colectivo. La intención es «liberar un espacio», ofrecer un campo de expresión a «otras relaciones», además de lanzar un desafío al orden imperante. Huelga decir que el marco no es precisamente empresarial. Existe, por supuesto, el asombro de los primeros instantes, el soplo fresco de los encuentros, la sensación conmovedora de un nacimiento —o, al menos, de algo nuevo—. Llegan las primeras asambleas, las primeras palabras que intentan definir esta novedad. No solo las palabras maduradas de antemano —escritas, pensadas, reflexionadas—, sino las palabras dichas, aquellas que no pueden pronunciarse sin quedar expuestas a la contradicción; palabras que implican un compromiso, que comprometen los cuerpos.
Más allá del lenguaje logístico, se trata de palabras que expresan un propósito, una intención. Todos escuchan con gran intensidad. Son estas palabras las que, a lo largo de la historia posterior, se invocarán una y otra vez como fundacionales. Lo que llama la atención es el silencio prudente de la mayoría, ya desde el primer día. Cuando se invita a quienes guardan silencio a matizar la intención —a dotar de una textura más rica, basada en la experiencia vivida, a eso que intenta nacer allí—, las miradas se desvían. El recurso a la broma llega para aliviar la incomodidad.Y, dado que ni siquiera ha sido necesario luchar contra los inefables trotskistas —que siempre pretenden encorsetarlo todo para evitar que ocurra nada, o al menos nada que no se ajuste a sus mezquinos cálculos militantes—, el grupo ha podido limitarse a un «rechazo de este mundo», sin llegar a precisar, de entre todos los rechazos posibles frente a este mundo —que son muchos—, cuáles son exactamente los que se asumen. Este «nacimiento» —como confirmará todo lo que vino después— no fue más que un aborto. Y la vida del lugar no fue, a fin de cuentas, sino un aborto prolongado.
Solo el milagro de la adversidad circundante —la policía, los vecinos, la represión, los grupos rivales, aquellos contra quienes se lucha— le permitió perdurar. El comienzo fallido acompañará a todo el intento, hasta su ausencia de final trágico. Lo que no sabe nacer, tampoco puede morir. Sobrevive en estado de zombi, encontrando siempre suficiente carne fresca de la que alimentarse. Toda la «vida» que el lugar sea capaz de manifestar no será más que la de las pequeñas disputas entre facciones cambiantes, la crónica de los odios y las reconciliaciones, el enredo. No ceder en la propia certeza de los enredos amorosos. ¡Cuántas asambleas presas del pánico, donde no se dice nada bajo la creciente cosificación del lenguaje! Las pocas ideas —entendiendo por tales aquello que desplaza irreversiblemente nuestras percepciones— que habían motivado la ocupación del lugar, se han convertido en una amenaza para la perpetuación de su nada, de su falso confort. Resulta urgente enterrarlas lo más profundamente posible y camuflar el agujero. Son ocurrencias superadas.
Los logísticos —cuya voluntad de poder coincide con la carencia de ideas y se confunde tan bien con la lúgubre reproducción de lo cotidiano — son tajantes: ya se ha pensado bastante; ahora sabemos qué es el bien y qué es el mal, y ese principio de funcionamiento basta y sobra. Los lugares muertos recaen naturalmente en manos de los logísticos, que actúan como sus diáconos. La brecha entre la historia vivida y la historia relatada no hará, pues, más que agrandarse. El imperio del mutismo se extenderá a la par que la inflación de las autoengaños.
En ciertos momentos de una asamblea, cualquiera que posea un oído atento percibiría el zumbido de la nube de fantasmas que cada cual trae consigo: los de sus terrores infantiles, sus ambiciones inconfesables, sus nudos genealógicos, las humillaciones infligidas o sufridas, los cadáveres de uno mismo que hubo que sortear. Supongamos que hay treinta personas en una sala y diez fantasmas por cabeza: eso suma un estrépito de trescientos demonios. No es de extrañar que ya nadie oiga nada, ni que nada se diga realmente entre todos estos figurantes de sus propios espectros. En última instancia, no faltará quien recurra a todo tipo de «técnicas espirituales» para profundizar en esta banal negación, dotándola de un nuevo «encanto». Los inconscientes seguirán gobernándolo todo. Si el aborto se prolonga más allá de lo razonable, se convocará a «socioanalistas» para intentar «sanar al colectivo»; es decir, para contarse historias sobre las historias que ya se habían contado, pues los fantasmas se alimentan de ficciones y se deleitan con los delirios colectivos. Al llegar a su punto de ruptura, el hiato entre la representación de uno mismo y la realidad de lo «colectivo» —a pesar de recurrir a la amnesia en dosis masivas— se convertirá en la llaga por la que, finalmente, todo se escapará, dejando tan solo un globo arrugado en un charco de cerveza tras una noche de fiesta. Nos dispersaremos con vergüenza. Los más tenaces irán a repetir el mismo fracaso en otra parte. Et sic in infinitum. Habremos abierto, pues, un espacio a la nada, al viento. Ningún acto de parresía habrá logrado cambiar nada. Ninguna iniciativa, ningún proyecto, ninguna empresa temeraria habrá logrado sacar a esta sustancia colectiva gelatinosa del atolladero en el que, desde el principio, se había hundido. La impotencia habrá sido total, de principio a fin. Quienes hayan esperado que algo, algún día, surgiera de ahí, no habrán encontrado nunca de dónde asirse.
Habrán asistido al desarrollo implacable de una tragedia en la que el coro de los mediocres celebra, con su mutismo, la desaparición de los héroes. Querían ofrecer un espacio al comunismo; no habrán hecho más que ofrecer un terreno de caza a los pervertidos. No habrá ocurrido nada. Ni siquiera el principio de un comienzo. Pero, para el recuerdo, quedan violaciones y acusaciones de violación. Eso es lo que sucede cuando se libera un espacio para los hijos del nihilismo. Hace más de siglo y medio que se formuló el diagnóstico del nihilismo europeo. Es más actual que nunca. Entretanto, la sucia bestia ha tenido tiempo de sobra para instalarse, para penetrar hasta la médula de los seres. Fue una patología de la voluntad; se ha convertido en una patología de la presencia. Antes era incapacidad para querer; ahora es ineptitud para ver. Ya no se lograba creer; ahora ni siquiera se logra estar ahí. «Nada vale» era su credo; ahora dice: «No hay nada», para no confesar que no ve nada de lo que, sin embargo, salta a la vista. Quizá es que no quiere ver nada. ¿Quién puede reprocharle que lo pisotee todo? ¿De qué nos preocupamos?
Así, pasando de guerras mundiales a pequeñas atrocidades cotidianas —con el telón de fondo del jogging matutino—, nos hemos deslizado imperceptiblemente desde la ausencia de un fin hasta el fin de todas las cosas. Por lo demás, esto funciona a las mil maravillas, pues «funcionar» es el principio mismo de un tiempo sin principios. Ahora que es plural, deconstruido, open, conformista, contemporáneo y que no está seguro de nada, el nihilista surfea sobre las corrientes de aire; se muestra tan chill tras sus gafas de sol. ¡Y vaya cantidad de hormigón que hace falta para sostener una época en torno a una corriente de aire!
Nuestro enfoque no es psicológico, sino estratégico. Intentamos comprender cómo el enemigo ha logrado —socavando incluso nuestra capacidad de organización— arruinar las condiciones de posibilidad de toda acción. El ejército francés postula oficialmente que lo que está en juego en los conflictos globales es, hoy en día, el mantenimiento de la «esfera segura» (safe sphere) de las poblaciones: que nada amenace con perturbar la burbuja epistemológica en la que cada ciudadano se encuentra encerrado, gracias al entramado tecnológico que, a partir de ahora, gobierna su acceso al mundo.
En noviembre de 2021, Jen Easterly —directora de la Agencia de Ciberseguridad y Seguridad de las Infraestructuras del Departamento de Seguridad Nacional (Department of Homeland Security) de EE. UU., y responsable de la lucha contra la «desinformación, la información errónea y la información malintencionada»— declaró sin rodeos durante una conferencia: «Podemos afirmar que nos dedicamos al ámbito de las infraestructuras críticas; y la infraestructura más crítica es nuestra infraestructura cognitiva». La Unión Europea no hace más que seguir estas heroicas huellas: precisamente, las de la guerra cognitiva. Es una suerte que nuestro cerebro esté en tan buenas manos. El único daño colateral es la pérdida de toda perspectiva. «La forma más eficaz de "perspecticidio" —es decir, la manipulación y deconstrucción de nuestras percepciones— consiste, ante todo, en someter a una mutación el concepto del "Yo". En este contexto, el manipulador intenta "robarle" el concepto del "Yo" a su objetivo para sustituirlo por el suyo propio.
Esta operación comienza, por lo general, con un intento de sofocar los relatos del adversario, antes de pasar a dominar el entorno informativo del objetivo».(Christopher Wylie, Mindfuck). Para algunos, el nihilismo es una condición existencial; para otros, una oportunidad ofensiva. A pesar de todo, surge una ligera sensación de vértigo al leer el documento The Art of Deception («El arte del engaño»), una serie de diapositivas procedentes del equivalente británico de la NSA y reveladas en 2014; su título, por cierto, está tomado de un famoso hacker estadounidense, y su portada luce la frase: «No intento impresionarte, pero soy Batman».
Ante tales fenómenos, cualquier mente sana alberga una expectativa ilusoria: que el nihilista se deshaga de sí mismo. Que actúe con coherencia, al menos por una vez. Sería un gesto de cortesía por su parte. Pero ocurre exactamente lo contrario: el nihilista perdura, se extiende y propaga consigo su propia enfermedad. Quizás sea, incluso, su motor más íntimo. El nihilista —ya ha quedado claro— es quien vivirá más tiempo. Por un efecto de masa, toda una civilización vive —ahora de manera declarada— con una mentalidad suicida, habiendo establecido, a su vez, las condiciones para su propia y paradójica perpetuación. Para ello, habrá tenido que socavar cualquier punto de certeza, extraviar todo reflejo vital, disuadir cualquier posibilidad de afirmación o, al menos, desactivar preventivamente todos los efectos de una eventual afirmación, por si esta surgiera a pesar de todo. De quien no está seguro de nada, tampoco cabe temer una revuelta consecuente. Nadie corre riesgos por nada.
2. La alternativa a ser gobernado no es gobernarse a uno mismo, sino estar firmemente en el mundo.
Hace ya mucho tiempo que se sabe cómo gobernar un mundo nihilista. La doctrina al respecto está publicada, al menos desde 1922, aunque un cierto provincianismo satisfecho haya provocado que, en Francia, nadie se tomara la molestia —durante más de un siglo— de traducirla. Esta doctrina se titula Public Opinion. Es la biblia fundacional de todas las ciencias de la comunicación en todos los departamentos de ciencias políticas del planeta. Su autor es uno de los conspiradores más notorios del siglo XX: Walter Lippmann. En Francia es vagamente conocido como el autor de "La ciudad libre" (The Free Society) y como el organizador, en 1938 en París, del coloquio en el que se acuñó el término «neoliberalismo». En 1922, a sus treinta y dos años, ya es uno de los artífices de la propaganda de guerra estadounidense durante la Primera Guerra Mundial: es, a la vez, uno de los creadores de los argumentos a favor de la entrada en un conflicto que nadie deseaba —salvo financieros e industriales—, un agente que «interroga» a prisioneros alemanes en el frente francés y, finalmente, la persona que redacta los «14 puntos de Wilson» para sellar la paz posterior. A lo largo de su vida, fue miembro de la Fabian Society —una organización aristocrática y, no obstante, socialista—, asesor «informal» de varios presidentes de los Estados Unidos, hombre de confianza de los servicios secretos británicos y estadounidenses, periodista sumamente respetado en el Departamento de Estado, uno de los artífices de la CIA y, por supuesto, el responsable de difundir el concepto de «Guerra Fría» en 1947. Un personaje polifacético, pues, y coherente. La tesis central de La opinión pública (Public Opinion) es sencilla: la democracia nació en sociedades de pequeña escala, donde cada individuo podía experimentar directamente todo aquello sobre lo que debía deliberarse. Las sociedades industriales modernas ya no cumplen tales condiciones. Su gigantismo, las interdependencias globales y el sistema mediático provocan una brecha entre el mundo vivido y la percepción del mundo. Existe, por un lado, el «mundo exterior» y, por otro, el «mundo en nuestra cabeza». El entendimiento del rebaño humano es, en cualquier caso, limitado; nunca tiene un acceso real al mundo. Solo conoce el «pseudoentorno» de «estereotipos» que le proporciona la sociedad y, hoy en día, los modernos medios de comunicación. Para la masa, el mundo está «fuera del alcance, fuera de la vista y fuera de la mente». Esta noción de «estereotipo», que se ha vuelto tan familiar, fue acuñada por Lippmann. Para él, el individuo medio no define lo que ve; ve lo que ha definido previamente —o lo que se ha definido por él—. Así, el estereotipo precede a todo pensamiento: codifica la percepción en un sentido determinado y elude las funciones cognitivas. Los estereotipos son algo natural —es necesario poder reducir el mundo para soportar su complejidad—, lo cual no impide que se puedan estructurar. Él, que desde el principio se interesó por el psicoanálisis, se muestra exultante: «Gracias a la investigación psicológica y a los modernos medios de comunicación, la práctica de la democracia ha dado un giro. Se está produciendo una revolución, infinitamente más significativa que cualquier desplazamiento del poder económico».
[En efecto, un cambio de estereotipo] supone un cambio de mentalidad, lo cual, cuando tiene éxito, constituye en realidad un cambio de visión». Para sustentar sus tesis, consideradas «realistas», Lippmann se remite a su propia experiencia como artífice del adoctrinamiento durante la Primera Guerra Mundial. Allí descubrió lo fácil que resulta manipular a las poblaciones, «fabricar su consentimiento». Más tarde, incluso pretendió —transformando la ingeniería de guerra en ingeniería de paz, y al nihilista armado con bayoneta en un nihilista pacifista— evitar que la masacre volviera a repetirse. Ahora existe una solución para las matanzas, y pronto la habrá para todo: expertos benevolentes y sensatos podrían, desde «oficinas de inteligencia» (intelligence bureaus), suministrar a los medios de comunicación hechos certificados, a fin de que los ciudadanos dispongan de un pseudoentorno democrático. O, dicho con mayor franqueza: «Al público hay que ponerlo en su sitio, para que los hombres responsables puedan vivir sin temor a ser pisoteados o corneados por una manada de bestias salvajes». El ciudadano medio es un «ajeno» (outsider) que carece de autoridad para definir ni un solo «hecho». Otros se encargan de proporcionárselos. Su vocación es dejarse gobernar por una élite natural. «El interés general escapa por completo a la opinión pública y solo puede ser gestionado por una clase especializada».
¿Hace falta señalar que el epígrafe del libro proviene de la alegoría de la caverna, en La República de Platón —caverna de la que, por cierto, no se contempla salir—? ¿O que esa «inmensa confusión, floreciente y zumbante», que justifica la oportuna selección de los hechos, coincide con la descripción que William James —uno de los profesores de Lippmann— reservaba para el mundo de los niños? ¿Qué teoría crítica de la «sociedad del espectáculo» no sugerirá, siguiendo esta estela, que todos somos esclavos mistificados dentro de la gran caverna mediática? "Public opinion" se lee —y, desde su aparición, será leída por las mentes serias, empezando por Carl Schmitt— como la teoría crítica preventiva de todas las teorías críticas posteriores; es decir, como una teoría perfectamente cínica. La opinión pública no es una constatación, es un programa. Si se quiere tener una idea de lo que significa su puesta en práctica metódica, basta con remitirse a la gestión de la crisis del COVID. La doctrina democrática del gobierno de las masas nihilistas —tan perfectamente desvinculadas del mundo que no ven nada por sí mismas— quizá nunca haya alcanzado tal grado de perfección. Los agentes encubiertos erigidos en «terceros de confianza» en nombre de la verificación de datos (fact-checking), o el refinamiento de los procedimientos de censura revelados en los Twitter Files, no son más que la espuma de todo ello. Lo que importa, en esta operación mundial de «inoculación» —como habría dicho Lippmann—, en este golpe de Estado epistemológico planetario, es la simultaneidad de los ataques dirigidos contra los cuerpos y las mentes. Nunca quizás una ofensiva adversaria había logrado desmantelar tan profundamente cualquier atisbo de autonomía, tanto desde el punto de vista biológico como epistemológico.
Disparates tan orwellianos como «el pase sanitario es la libertad» o «se puede debatir sobre todo, excepto sobre las cifras» podían ser inoculados en las mentes sin encontrar más resistencia que la de una aguja al entrar en una vena. Como alardeaba con desparpajo aquel nihilista de 2021: «con todo lo que me he metido por la nariz, bien puedo dejar que me metan esta vacuna en la sangre». Con cada cuerpo oportunamente encerrado en su calabozo conectado, el poder construía, reformaba, derribaba y reconstruía a su antojo todos los pseudoentornos que le venían en gana. A la desaparición de todo instinto de supervivencia le seguía una adhesión aturdida a las sucesivas «verdades» de la propaganda; una suerte de entrega a la intoxicación generalizada. Y es que se había alcanzado lo más profundo de nuestro ser, allí donde se tejen nuestras relaciones con nosotros mismos, con los demás y con el mundo: pues las tres se vieron golpeadas simultáneamente. La maniobra de fuerza consistió, en este caso, en la brusca suspensión de todos nuestros hábitos, nuestras certezas y nuestras relaciones, combinada con el despliegue hipnótico —en un contexto de aislamiento— de un aparato de colonización cognitiva intrusivo y unificado. Hizo falta, al menos, todo esto para quebrar el punto de evidencia vital, el punto de consistencia ética, el punto de apoyo invisible del que nace toda revuelta seria. Privados de acceso al mundo, no nos quedaba más remedio que soportar o adoptar el pseudo entorno que los medios y los expertos construían en tiempo real —y sin gran preocupación por la verosimilitud— para nosotros. Nos volvimos idealmente gobernables, hasta el punto de tener que rellenar certificados para autorizarnos a nosotros mismos a salir a la calle.
Todo ocurría como si ya no tuviéramos acceso a nuestros propios recursos. Hasta el extremo de que se nos impusieran, como verdades imperiales, todas esas medidas de crisis cuyo destino es, manifiestamente, convertirse en «normales»: el autoencierro en nuestros búnkeres domésticos, la soledad universal, la vida digital, la psicosis difusa, las calles desiertas, nuestra conversión en algo «no esencial», los permisos de acceso para todo, el rastreo generalizado, la censura «honorable», la proscripción de cualquier desacuerdo sustancial y, sobre todo, la guerra de todos contra todos en su versión congelada: la hostilidad de todos hacia todos. A esto es a lo que se adhirieron la izquierda y tantos antiguos camaradas con su «ciudadanismo» pandémico. El propio poder debió de sorprenderse al obtener tanto consentimiento —o «aceptabilidad», como se dice con eufemismo—; las condiciones eran aún más favorables de lo previsto.
La época era, pues, auténticamente performativa, y la «gente» estaba dispuesta a todo. Fue un éxito, de esos tan completos que rara vez ven los gobernantes. De entre todas las construcciones mitómanas del momento, la «guerra contra el virus» tenía algo de infalible: aunque nadie pudiera imaginar, de manera mínimamente razonable, ni el más mínimo atisbo de realidad en ella —con los médicos de urgencias lanzados al asalto en primera línea, pertrechados de jeringuillas y mascarillas de polímero—, apelaba al viejo militarismo nacional que nunca falla. Las virtudes heroicas calan en los pueblos a los que el Estado humilla desde la más tierna infancia. Además, el nihilista no desea otra cosa que ser movilizado. Por muy evidente que fuera el delirio, lo fundamental residía en el hecho de que tal mistificación fuera posible. Y, sobre todo, en que siga siendo posible en el futuro: «Dentro de cinco o diez años, cuando miremos esta crisis con perspectiva, nos daremos cuenta de que las consecuencias económicas, sociales y psicológicas serán equivalentes a las de una guerra», sentenciaba Emmanuel Macron. Esto presagiaba una actualización doctrinal; y el hecho de que haya habido fracasos recientes —desde el pseudoservicio militar hasta la «ecología de guerra»— no ofrece ninguna garantía frente a futuros intentos de alistamiento más contundentes. Es ahí donde las lecciones del covid marcarán la diferencia. Algunas, a bote pronto: la alternativa a ser gobernado no es gobernarse a uno mismo, sino estar firmemente arraigado en el mundo. Quien flota en su propia burbuja cognitiva reclama la «climatización» gubernamental. Quien «no sabe» se somete a las amables exhortaciones, por muy contrarias a toda lógica que resulten. Quien desconfía de sus propias intuiciones termina repitiendo como un autómata los estereotipos oficiales, creyéndose, además, muy astuto. Quien obedece en la práctica termina justificando las órdenes más irracionales. Quien no confía en las fuerzas propias de su espíritu y de su cuerpo, acaba entregándose a aquello que lo destruye.
No hay por qué llorar a los camaradas que se han pasado al enemigo. Por muy amargas que sean, tales pruebas actúan como el chorlito egipcio que libera al cocodrilo de la revolución de las sanguijuelas que le invaden las fauces. Hay que darles las gracias por este útil servicio, pues está en la naturaleza de las sanguijuelas volverse indoloro.





