Dentro del orden estatal/capitalista dominante, siempre habrá un futuro, por mínimo que sea, reservado para una o varias izquierdas, porque este hecho simbólico resulta fundamental para la apariencia democrática, para una mínima credibilidad popular y, en definitiva, para la supervivencia y reproducción del propio Orden.
Lo primero a subrayar respecto de la iniciativa de Gabriel Rufián, denominada mediáticamente como proyecto de unidad de las izquierdas, es lo erróneo del término “unidad”, ya que lo que en realidad persigue tal iniciativa es un objetivo mucho más modesto, que consiste en pactar una estrategia electoral común, de cara a un máximo aprovechamiento de las posibilidades que ofrece la ley electoral del estado español. Esta precisión es necesaria cuando en la actualidad los términos “izquierda” y “derecha” refieren básicamente a su significado como marcas corporativas que se disputan un mismo mercado político/electoral.
Cierto que en algunas de esa izquierdas perdura todavía un poso residual de nostalgia revolucionaria, algo así como un vago sentido de pulsión ética, justiciera y emancipatoria. Si se ha conservado y alimentado esta nostalgia ha sido por su eficacia propagandística en una parte del mercado electoral, a costa de una merma sustancial en su capacidad crítica respecto del sistema de dominación. No se olvide que este orden es hegemónico y que se viene produciendo y reproduciendo exitosamente desde hace milenios, en variadas formas de jerarquía social, gracias a un doble dispositivo de poder -económico y político-sobre la naturaleza y sobre la sociedad, concretado y actualizado en las actuales instituciones del Capital y el Estado. Como vengo explicando, a pesar de su aparente "modernidad", este sistema es muy viejo -ya que tiene la misma edad de la Historia (1)- y también muy simple en su esencia, con fundamento en los más básicos instintos de nuestra especie, los dirigidos a la supervivencia individual, que son los de propiedad y jerarquía, desplegados mediante el predominio de la fuerza bruta. Por eso que, sustancialmente, ésto no sea muy distinto a lo que sucede al interior de otras sociedades animales; y esta semejanza solo puede quedar disimulada mediante una costra superficial de sofisticación cultural y tecnológica, que distingue a la humana de otras especies también animales y sociales.
¿Cómo ser de izquierdas hoy, cuando ninguna de estas organizaciones se propone la emancipación humana, y solo aspiran a mejorar las condiciones de la dominación, pero no su eliminación?...¿Qué significa, pues, ser de izquierdas en el siglo XXI, cómo evitar la deriva conservadora de discursos originariamente revolucionarios y, por tanto, qué caminos seguir para volver a articular la crítica de la dominación con finalidad emancipatoria?...me hago estas preguntas en mi modesta condición de activista anónimo y práctico, preguntas que vienen a ser las mismas que desde el ámbito teórico/académico, se hacían Nancy Fraser y Luc Boltanski (2) en 2012, en el contexto de una conversación recogida en un pequeño libro titulado “Contra la izquierda conservadora” (3).
Hasta la revolución francesa las izquierdas no existían (4). En pasados tiempos se dieron formas distintas, casi todas radicales o revolucionarias, de oponerse al orden dominante, y solo a partir de esa revolución, a finales del siglo XVIII, se empezó a hablar de “ser de izquierdas” en dos modos diferentes, uno liberal/socialista/reformista/moderado y otro radical/comunista/revolucionario, ambos con sus propias variantes, de inspiración liberal, marxista o anarquista.
Ambas formas de izquierdas perduraron y convivieron, más o menos conflictivamente, hasta la disolución en 1991 del “estado comunista” de la Union de Repúblicas Socialistas Sovieticas (URSS), experiencia revolucionaria que devino en un estado inviable por sí mismo, no solo por su derrota política frente al bloque del “occidente capìtalista”, sino más bien por su propia naturaleza contradictoria, dado que Estado y Comunismo resultaron ser términos tan incompatibles como autoexcluyentes...claro que ésto lo sabemos ahora, a toro pasado, pero no lo podían saber entonces quienes por primera vez afrontaban aquella experiencia revolucionaria, como algo “nuevo”, en modo de comunismo estatal.
A partir del fracaso de la revolución soviética solo sobrevivió una forma de “ser de izquierdas”, la reformista o liberal/socialista, de tal modo que en la actualidad, ser de izquierdas supone aceptar el marco mental del orden dominante, estructurado en torno a la fusión de los dos principales dispositivos de la dominación, Estado y Capitalismo. Si puedo decir ésto es porque no se sabe de ninguna izquierda que a día de hoy se proclame revolucionaria, y menos “al completo”, o sea, enfocada en la emancipación humana y radicalmente opuesta al sistema estatal/capitalista que ha logrado hacerse hegemónico a escala mundial.
Así constatamos que las izquierdas autodeclaradas anticapitalistas son generalmente proestatistas en su grado más conservador o socialdemócrata, defensoras de un estado tutelar y protector , al que denominan "estado de bienestar", mientras que las izquierdas antiestatistas, aunque no se declaren procapitalistas lo son de facto cuando no cuestionan el sistema de explotación del trabajo asalariado, ni la propiedad privada de los medios de producción, ni el mercado capitalista como forma única de la economía.
Sé que hay quien piensa que presentarse con un programa auténticamente de izquierdas sería electoralmente suicida. Y es cierto, pero eso viene a confirmar mi tesis acerca de la degradación sistémica que aqueja a las izquierdas y que, aunque justificada por un continuado fracaso histórico, no ha podido ser más evidente a partir de la disolución de la revolución soviética.
En lo que coinciden todas las variantes de las izquierdas conservadoras es en un mismo relajo y dejación democrática, todas incapaces de imaginar formas de democracia integral y auténtica, la democracia como sistema de autogobierno o autonomía plena de las comunidades humanas; democracia no solo como "procedimiento participativo" (que acaba siendo un paripé "representativo"), sino como un fin en sí mismo, es decir: con pleno respeto por el igual valor y dignidad que corresponde a la vida de cada uno de nuestros prójimos, y no como mera apariencia participativa. Esto es radicalmente incompatible con la pulsión emancipadora que, a mi entender, es propiamente humana, ontológica y prepolítica por tanto... que trasciende a la moderna sociedad burguesa, dividida en partidos y clases enfrentadas en una permanente disputa (lucha de clases), claramente escorada a favor de las élites y corporaciones que detentan la propiedad (mediante empresas) y el gobierno (mediante partidos).
Tampoco sé de ninguna izquierda que reclame la naturaleza comunal (como bienes comunales universales), tanto del Conocimiento humano (conjunto de saberes, ciencias y culturas humanas), como de la Tierra (conjunto material del planeta que habitamos). Bienes del Conocimiento y de la Tierra que respectivamente corresponden a la comunidad humana en su conjunto y a la comunidad de la vida (conjunto de especies animales y vegetales). Todos los demás comunales, materiales e inmateriales, como bienes y servicios, son derivados de éstos principales y necesariamente han de ser objeto de producción comunitaria a escala presencial/convivencial (doméstica, vecinal o paisana/bioterritoroial), todos producidos mediante libre trabajo comunitario, personal o cooperativo. Porque sin bienes comunales, toda comunidad carece de sentido y solo es posible en un sentido figurado o ficticio, tal como sucede con las comunidades "nacionales" creadas por los Estados.
Las dos formas de izquierdas que sobreviven comparten una misma naturaleza reformista; por ejemplo, los partidos Psoe y Podemos son distintos solo en el grado de su reformismo, pero es obvio que ambos partidos no se proponen acabar con el orden estatal/capitalista, y que solo pretenden mejorarlo más o menos. Todas las izquierdas son hoy reformistas y residuales, todas en franca decadencia, lo que también tiene una lectura positiva, que explica su decadencia por causa de su "mala deriva", liberal y conservadora.
En resumidas cuentas, entiendo que las izquierdas tienen dos futuros posibles, que necesariamente, en todo caso, pasan por reconocerse históricamente como "parte izquierda" del orden dominante:
-Un primer futuro consiste en aceptar el rol de oposición permanente, e intentar sobrevivir a su propia decadencia mediante el logro ocasional de mejoras en "derechos", que no son sino graciosas concesiones del orden dominante, aprovechando la experiencia de las izquierdas en su oficio histórico como oposición crónica o sistémica.
-Y el más improbable de los futuros posibles solo podrá ser a largo plazo y a condición de comenzar ahora, antes de que el colapso del sistema sea irreversible. Consiste en decidirse a superar las propias contradicciones, empezando por imaginar otro “marco mental”, realmente diferente, contrario y alternativo al orden estatal/capitalista y, en consecuencia, afrontar su propia disolución como "parte izquierda" del orden dominante, para pasar a autoorganizarse en comunidades convivenciales al margen y en paralelo a las instituciones estatalcapitalistas, en modo de comunidades autoconstituyentes de democracias auténticas e integrales, en modo de autogobiernos comunitarios plenamente autónomos y soberanos, libremente asociados en redes confederales, para el intercambio, la cooperación y la ayuda mutua en todas las escalas territoriales.
Leo en Viento Sur que "en el discurso más superficial, la idea de crisis queda limitada al campo de lo electoral, como si la mediación entre los partidos políticos y la sociedad fuera única y principalmente la urna y ésta flotara sobre un vacío social compuesto por individualidades dispersas. En una versión más desarrollada de esta idea, la crisis estaría creada o como mínimo alimentada por la desaparición de la vida interna de los partidos, sus carencias democráticas y una lucha de egos que impediría el establecimiento de pactos. La crisis se vuelve así autoexplicativa: un fenómeno que surge de las tripas de los partidos y que tiene una consecuencia electoral, donde sociedad/votantes y organizaciones/representantes políticas mantienen una relación de otredad e incomprensión mutua". Eso está bien, pero me parece muy insuficiente esta explicación, como cualquier otra que pase por alto la excepcionalidad del momento histórico en que vivimos, cuando nos enfrentamos a riesgos existenciales, por primera vez a escala de especie, lo que nos obliga a pensar políticamente, también por primera vez, en modo integral y a escala glocal, en términos de comunalidad universal, desde la escala comunitaria bioterritorial (presencial y convivencial), hasta lo global, a escala de especie.
Notas:
(1) Insisto en recordar que la Historia es una creación estatal, que tiene la misma edad del Estado, de aproximadamente algo más de cinco mil años.
(2) Nancy Fraser es profesora de Filosofía y Política en la New Schol for Social Research, intelectual y militante feminista, autora de numerosos libros, entre ellos: "¿Redistribución o reconocimiento? Un debate político-filosófico" y "Escalas de justicia; Fortunas del Feminismo y Disputas feministas: Un intercambio filosófico". Y Luc Boltanski, sociólogo que trabajó durante años con Pierre Bourdieu, fue director de estudios en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, y fue impulsor de la nueva corriente denominada sociología pragmática y autor de libros como: "La producción de la ideología dominante", "El nuevo espíritu del capitalismo" y "De la Crítica. Compendio de la Sociología de la emancipación".
(3) “Contra la izquierda conservadora”. Una crítica radical del capital sin nostalgia estatista. Debate presentado por Philippe Corcuff. Editado en castellano por Editorial Clave Intelectual, en 2019.
(4) Las dos principales facciones ideológicas de la Asamblea francesa fueron jacobinos y girondinos. Los jacobinos, más radicales, pretendían una república centralizada, apoyada por las clases populares. Y los girondinos, más moderados, defendían el liberalismo económico y el federalismo.

