"Nada
sabemos de los seres que amamos, salvo la necesidad de su presencia"
(Cristina
Peri Rossi, 1984, La nave de los locos)
Entiendo
el adjetivo "equívoco" referido a algo que puede
interpretarse en varios sentidos, lo que acaba produciendo dudas, ambigüedad y
confusión. Su antónimo "inequívoco" refiere a algo
que tiene un significado único y evidente que produce
claridad y certeza.
No
confundo lo equívoco con la maldad, que en principio nada tienen que
ver. Lo equívoco puede ser compatible con la
ignorancia y también con la inocencia. Sin embargo, con
frecuencia acabamos dando por ciertos algunos conceptos que son equívocos, intencionada o
intrínsecamente; lo hacemos solo por razón de conveniencia, a veces por no discutir, para favorecer la convivencia y para no llegar a las manos, no pocas veces.
Sucede,
por ejemplo, con la cuestión religiosa, cuando tragamos el relato de
la Creación a sabiendas de que es Dios quien debe su
existencia a la imaginación de homo sapiens...y sin que valgan
justificaciones del tipo "como desconocíamos el origen de las cosas,
tuvimos que inventarlo" (a Dios)...y ¡por Dios!, que no
se moleste la buena gente que es creyente, quienes se toman muy en
serio el mandato de "amarás al prójimo como a tí
mismo", que a mí eso es lo que realmente me importa, y me da
igual de donde proceda tal mandamiento, si de un dios o de una conciencia.
Pero
tendrán que reconocerme la preexistencia de un bien y de un mal
que ya andaban a la gresca por todo el mundo, intuyo que mucho antes
de la humana invención de Dios. Y en ésto sí podemos tener alguna
certeza, tal como que la idea del bien y del mal solo pudo darse
entre simios humanos, no en otras especies; y que tuvo que ser a partir del momento en que
una pequeña tribu de homo sapiens, conversando en torno al fuego
llegaron a convenir un primer rudimento de ley moral, acerca del bien
y del mal como formas opuestas de comportamiento; lo que sirve a la
convivencia y a la reproducción de la vida, por un lado; y por otro, lo que
sirve a impedirla, a modo de guerra, y cuyo fin primordial es el de
hacer daño, incluso hasta llegar a matar a un prójimo de sangre si es
tomado por "enemigo"...ay, esa pulsión cainita, casi siempre por
razones de envidia o celo, si no es -como veremos durante el
correr de la historia- por causa de comercio y mercancía. Tal es la
cara y cruz del simio que somos, por esa singularidad humana que
consiste en tener conciencia de las consecuencias, trascendencia, que nos hace
tan libres como responsables.
¿Cómo explicar, entonces, el predominio
en nuestra especie de ese “irresponsable” individuo medio que puebla la Tierra,
producto de las sociedades estatales y mercantiles...cómo, para que podamos tener localizado ese punto donde quedó truncada la evolución “racional” de nuestra
especie?, ¿dónde fue que quedamos atascados, obligados como el resto de animales a seguir la salvaje ley "natural/estatal/mercantil" de la fuerza bruta, la misma que rige la vida de las bestias al interior de las selvas?
No
obstante, mantengo a contracorriente mi radical tesis
de
la homofilia, esa tendencia de los animales de
mi especie
a establecer vínculos de proximidad con sus semejantes...a partir
de ahí, como dijera el poeta asturiano Pablo Ardisana, "todo
lo que no es amor es mercancía"...Amor,
pues, podría ser el
nombre genérico de esa
tendencia al vínculo social, que no es sino ganas de proximidad, de
conversación y de encuentro, ganas que pueden llevarnos, incluso, al apareamiento o cópula de los cuerpos.
En
"El
mal o el drama de la libertad" (1997), decía Rudger
Safrinsky que
"el
mal
no
es ningún concepto, sino más bien es un nombre para lo amenazador, algo
que sale al paso de la conciencia libre y que ella puede realizar. Le
sale al paso en la naturaleza, allí donde ésta se cierra a la
exigencia de sentido, en el caos, en la contingencia, en la entropía,
en el devorar y en el ser devorado, en el vacío exterior, en el espacio
cósmico, al igual que en la propia mismidad, en el agujero negro de
la existencia. Y la conciencia puede elegir la crueldad, la
destrucción por mor de ella misma. Los fundamentos para ello son el
abismo que se abre en el hombre" . Aquí, sin duda, se refería Safrinsky al abismo de la libertad.
Estando
muy de acuerdo con Safrinsky,
sin embargo me permito
añadir que siendo inevitable el juego del bien y del mal en las
relaciones personales,
privadas o
prepolíticas, donde el mal juega con clara ventaja, dado
que tiene
de su lado el
poderío
físico de
la fuerza bruta, sin
embargo, hay un campo de
lo social, el de la política
o democracia, donde podríamos impedir
que el mal campara
a sus anchas ocupando el lugar del "soberano"...pero,
claro, para eso necesitamos
tener "el mal político" bien identificado y no
metido en el oscuro limbo de "lo equívoco".
Tal
es el caso de la institución legal del aparato
“Estado” por las
clases dominantes, como
alianza de propietarios y
gobernantes, y organización social propiamente
jerárquica e indemocrática; o el flagrante caso del "derecho" de
impunidad para el delito de robo -en cualquiera de sus formas- de la
Tierra Común y también del Conocimiento Humano, que juntos son nuestros comunales
universales, aunque solo fuera por una básica razón de conciencia ecoética. Y no hay
justificación alguna para la permisividad con un delito social tan básico como la falsificación de la democracia, que impide "por
sistema" el mínimo respeto por la igual dignidad de cada
individuo. Sin ese básico respeto por el prójimo, ¿cómo reclamarlo para nuestra propia dignidad personal?
Yo
no lo veré, que por mi edad no estaré aquí para verlo, pero tengo
la certeza de que en dos o tres generaciones será
"normalizada" la necesidad de abolición de las indemocracias, de todos los sistemas estatales que tienen su fundamento en
los instintos animales más salvajes, de propiedad territorial y reproductiva, de insaciable depredación y acumulación
capitalista, de organización jerárquica, clasista, patriarcal e inequívocamente totalitaria...y también, en el mismo paquete,
resultará necesario un cambio radical en nuestro metabolismo social, otra forma de vivir acorde con el principio de racionalidad social, ética y ecológica, comenzando por un pacto comunal global a partir de la Declaración de la Tierra y el Conocimiento como Bienes Comunales Universales.
Queda
por delante, pues, acabar con esos equívocos que oscurecen la
comprensión de "el Común" (como asamblea de iguales y sujeto soberano de la política o
democracia), y "lo Común" como su objeto y materia prima,
integrada por los bienes comunales al completo: tanto los universales (Tierra y Conocimiento), como los producidos comunitariamente, mediante el trabajo personal y
comunitario.
Nada menos, éste es el reto para una "nueva ilustración" dedicada a
esclarecer esos equívocos, a fin de acabar con la totalitaria ambigüedad del relativismo moral, grosero y cutre, que es tan del gusto de los Partidos apolíticos y de las Academias acientíficas. Y toca una reconversión radical de las "izquierdas", todas inequívocamente afines al Orden dominante del que forman su parte ilusoria, con
la imposible pretensión de hacerlo compatible con su finalidad emancipatoria.
Denle, Partidos y Academias, todas las vueltas que quieran a este asunto, que
siempre nos quedará el poso de certeza que sentenciara mi apreciado Pablo Ardisana, cuando decía con tanta rotundidad lo mal que se llevan el amor y la mercancía. Porque es inequívoco el amor como querencia propiamente humana hacia todo vínculo social que ayude
al cuidado de la vida, a su reproducción y al gozo de la
existencia, o sea y en resumen: querencia por todo aquello que constituye la versión concreta e inequívoca del "bien común".
***
PD: Valgan
como ejemplo de nociones equívocas, términos como
"política", "nación", "democracia",
"soberanía" y "ecología" :
*Política:
concepto que
a mi entender solo es inequívoco
si refiere a los asuntos comunes de los habitantes
convivientes en la "polis", que actualizada a las
condiciones históricas actuales -necesariamente ecosociales-, no corresponde a la “ciudad”, ni al “municipio”, sino al “país”
como “paisaje común” o espacio bioterritorial, de proximidad
convivencial. Con límites pactados por las propias comunidades que son
convivientes en una misma geografía común, a partir del vínculo
ecosocial y simbioético resultante de las relaciones sociales,
personales y comunitarias (domésticas, vecinales y paisanas).
Inequívocamente, entiendo el “país” como el ámbito ecosocial y
propio de la política y, por tanto, de la democracia. A partir de ahí, caben múltiples formas de
libre asociación, mancomunada o confederal, para el intercambio, la
cooperación y la ayuda mutua en todas las escalas territoriales, con
respeto a la plena autonomía/soberanía política de cada “comunidad
paisana” (el Ayuntamiento Comunal, que yo digo).
*Nación:
la
expresión "nación
sin Estado" es un oximorón, algo que no puede ser y que además
es imposible, porque el Estado es, necesariamente, la condición
previa,
existencial,
de toda
"nación". Por algo
se
dice Estado-Nación y no Nación-Estado. Asistimos
al
predominio
de
un
equívoco e ilusorio significado,
de origen propiamente
estatal,
nación como
“comunidad nacional”
o "pueblo soberano", algo
que
carece
de
existencia propia, siendo
solo producto
de la voluntad
de las
clases dominantes que son titulares
de cada
Estado.
No se sabe de ninguna
"comunidad nacional”
que
fuera constituyente
de
un
Estado,
más bien tenemos
constancia de
todo
lo
contrario. Y
bien que lo siento por los nacionalistas, que la
mayoría son
buena gente, del
tipo “Gabriel
Rufíán”, o del
tipo de mis
amigos palestinos, a
los que les deseo Democracia, pero nunca un Estado.
(2)
*Democracia
y Soberanía:
su
equívoco parte de una interpretación oscura
y confusa del “demos” (pueblo): a la vez como sujeto y objeto de gobierno,
lo
que sabemos que es tan irracional como imposible, porque no puede ser al mismo
tiempo. No puede ser más equívoco, ni más cínico,
el concepto de soberanía en las democracias estatales o
“representativas”, en las que ni los individuos, ni las
comunidades son "constituyentes", y en las que ni siquiera
pueden participar, aunque fuera simbólicamente, en la deliberación y
toma de decisiones, algo que se pareciera mínimamente a una
soberanía real y no fuera solo imaginaria o representativa.
*Ecología:
que tiene un
uso ordinario que
no
puede ser más equívoco, ni menos científico, cuando se emplea
generalmente
con
burda ignorancia de la "propiedad de la Tierra" como factor
determinante y sistémico
del desequilibrio ecológico y la consiguiente devastación de la
biodiversidad que
está comprometiendo la sostenibilidad y viabilidad de nuestra especie. Porque,
no es la Tierra como planeta lo que corre peligro, tal como dice la
propaganda idiota...no, porque quien corre peligro de extinción es nuestra
especie y todas
las que pueden extinguirse arrastradas, de seguir esta deriva
irracional, absurda, autodestructiva.
Notas:
(1)
Cuando
ésto escribo, es
día de elecciones en Castilla y León, esta región del Estado español, equívocamente incluida como
"comunidad autónoma". Momento bien oportuno para recordar lo que dijera Emma Goldman al respecto
del voto: "si
el voto sirviera para algo, ya estaría prohibido".
(2)
"No
le deseo un Estado a nadie", tal
como reza el título de un libro colectivo firmado por
Santiago López Petit, Tomás Ibáñez, Miguel Amorós y Corsino
Vela, ...yo, además, lo suscribo con mis propias razones. No se lo deseamos a nadie, porque desde
la fundación del primer Estado, allá por el año 3.200 antes de
nuestra era, no se sabe de ningún Estado, aunque fuera como
excepción, que no fuera un sistema de dominio
sobre las sociedades y sobre la naturaleza toda. Siempre, sin excepción, del Estado es titular inequívoco la misma
alianza delictiva integrada por sacerdotes/propietarios/ mercenarios, actualizada
a cada época, pero inequívocamente fraguada
en las religiosas y jerárquicas sociedades
campesinas
del
Neolítico y luego
del
Medievo.