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jueves, 29 de octubre de 2026

ANTICAPITALISMO VERSUS NEOLÍTICO



Todo empezó en algún lugar del Creciente Fértil, en las verdes llanuras de Mesopotamia, aquel día en que un bruto hacendado neolítico  pusiera en práctica las ideas que comenzó a pensar tras abandonar su vida de cazador nómada y cercar un trozo del planeta Tierra para el cultivo de vegetales y la cría de ganados: "esta tierra, esta mujer y este esclavo, como la vida de todas las bestias que habitan al interior de los límites de esta hacienda, son de mi exclusivo dominio o propiedad...y  por eso (PORQUE SON MÍOS) puedo explotar sus cuerpos, e incluso matarlos, cuando yo quiera.
 



Hace ya muchos años que sostengo la teoría de que vivimos, a escala de especie, atascados en la Era Neolítica, fundamentalmente porque a partir de mi propio conocimiento y experiencia considero que, bien adentradas en este siglo XXI, nuestras sociedades siguen rigiéndose en lo esencial por los mismos principios estructurantes que conformaron la Era Neolítica a lo largo de los últimos diez milenios. Éstos principios son los de Propiedad individual y Jerarquía social, concretados operativamente en las dos principales instituciones neolíticas: el Patriarcado y el Estado -ambas relacionadas a su vez con un mismo instinto animal "propietarista", cuya trazabilidad puede seguirse en todos los periodos históricos  a través de esas dos instituciones, que siguen siendo las mismas  instituciones primitivas sobre las que pivota el  orden social -propietarista y jerárquico-  de nuestra especie,  de inequívoca matriz neolítica (urbana/patriarcal/estatista).  

Además, tengo muy claro que el "éxito" y predominio  histórico de las instituciones neolíticas, mantenido durante tantos milenios, es debido a  su "naturalidad" y "primitivismo", acordes con el básico instinto animal de propiedad territorial y jerarquía sexual/patriarcal. Por eso entiendo que la superación de estos básicos instintos es condición racional y previa para poder superar el tiempo del Neolítico, fatalmente devenido en atolladero evolutivo de nuestra especie...y sumidero existencial de otras muchas especies, por efecto de la nefasta repercusión planetaria de este orden social,  depredador en esencia y tan  insostenible como perfectamente indemocrático.


Si una “Era” es un periodo de tiempo que cuenta a partir de un hecho histórico muy sobresaliente, como el descubrimiento del átomo (Era Atómica), o el nacimiento de Jesús de Nazaret (Era Cristiana), la gran revolución que para la especie humana supuso el radical cambio en la forma de vida, de nómada a urbana, es el hecho que marca el inicio de la Era Neolítica en la que todavía estamos. Esto es así, porque diez milenios más tarde seguimos siendo una especie urbana, más que nunca; y, sobre todo, porque en este siglo XXI, como nunca antes, la vida de nuestra especie está determinada completamente y en su conjunto global, por los principios neolíticos de propiedad y jerarquía, como matriz estructural del orden global: propietarista en modo  capitalista y jerárquico en modo estatal de sociedad patriarcal y clasista. 


El nombre general que le corresponde a la ideología propiamente neolítica  es el de “propietarismo”, mientras que “capitalismo” es el nombre de su versión "moderna", a  partir de la Europa Moderna del siglo XV, con la colonización extractiva de los otros continentes y la virtualización de la moneda mediante la invención bancaria del pagaré y la letra de cambio; todo ello para el desarrollo del comercio oceánico y el tráfico de esclavos a escala global, obvio precedente del actual Mercado capitalista global. Para mí no puede ser más obvio que nuestra Era, como quiera que la nombremos, comenzó al menos ocho milenios antes del nacimiento del hijo del dios de los cristianos.


* * *


A ver...que levanten la mano todos los anticapitalistas que estén a favor de una declaración unilateral de la Tierra y del Conocimiento como materia prima universal y Bienes de Uso Comunal, al margen de toda forma de dominio o propiedad, personal o colectiva, que solo es legítima  en el caso de los bienes materiales producidos -a partir de dicha materia prima universal- mediante la intervención del trabajo humano, así como también es legítima en el caso de aquellos bienes que con este mismo origen son objeto de intercambio, donación o regalo. 

Y levanten la mano también todos aquellos anticapitalistas que estén a favor de una forma de convivir en modo simbioético y ecosocial, a partir de comunidades autoconstituidas como Ajuntamientos o Asambleas de iguales, en regimen político de democracias comunales integrales,  plenamente autónomas y soberanas,  libremente asociadas en solidarias redes confederales, para la convivencia local y global, el intercambio, la cooperación y la ayuda mutua en todas las escalas territoriales. 

Me lo veo venir...silencio (los anticapitalistas se lo están pensando)



Pienso que la mayoría de la gente podría levantar la mano sin apreciar contradicción alguna con su propia ideología política, fundamentalmente propietarista y jerárquica en abrumadora mayoría, según creo. Digo ésto, porque pienso que, aunque teóricamente, y de boquilla, se pueda ser anticapitalista al mismo tiempo que (por ejemplo) liberal, marxista, anarquista o fascista, me parece a mí que, de facto, ser anticapitalista es incompatible con la ideología jerárquico/propietarista que profesa la inmensa mayoría de la humanidad, al menos desde la gran revolución neolítica que supuso un radical cambió en nuestra forma de habitar la Tierra: de una manera nómada a otra en modo sedentario/urbano y "político" (de "polis", la ciudad devenida en Estado). 

* * *

En estos días y sin proponérmelo, se me han juntado  las lecturas de dos grandísimos escritores que  de sí mismos dicen ser "anticapitalistas", uno es filósofo y marxista, y el otro es novelista y católico, heterodoxos en ambos casos. Me refiero a Santiago Alba-Rico y a Juan Manuel de Prada. Concretamente, se trata de uno de los últimos artículos de JM de Prada, publicado en el ABC y muy difundido en las redes sociales, con el título de "Sexo y Propiedad"; y se trata del libro "La ciudad intangible: ensayo sobre el fin del Neolítico", publicado por primera vez en 2001, del que es autor Santiago Alba Rico. 

A simple vista, podría parecer que nada tienen que ver entre sí, pero yo he apreciado un gran vínculo intelectual entre ambos autores y sus respectivos escritos, más allá de la coincidencia en su común y pública manifestación de "anticapitalismo", que si llama la atención es por la aparente contradicción entre sus respectivas filias ideológicas, marxismo y catolicismo...si bien, recuérdese que hemos conocido a muchos católicos autodeclarados marxistas, y viceversa. Valgan como ejemplo los seguidores de la Teología de la Liberación como ejemplo de católicismo marxista,  y el caso de Louis Althusser como ejemplo de  marxismo católico. En el discurso de ambos escritores yo aprecio una misma nostalgia del Neolítico, aunque por diferentes razones. 

Ahora, por favor, fijaros en el texto destacado del citado artículo  de JM de Prada,  en el que éste autor dice que "los dos pilares en los que se basaba una vida digna -en referencia al Sexo y a la Propiedad- quedan arruinados, y el hombre, convertido en un consumidor bulímico". Ahí, sin duda se refiere a un tiempo "mejor para la dignidad humana", que necesariamente no puede ser otro que un tiempo pasado, que el escritor no concreta y que para mí es necesariamente "neolítico", por las razones que acabo de explicar.  Tiene, pues, JM de Prada, a propósito del Neolítico,  una idea muy positiva, fundada en su católica creencia  que considera al sexo y a la propiedad como fuentes de una dignidad humana ahora perdida junto a ese "mejor" tiempo pasado (neolítico).  Yo veo en esta consideración del sexo y la propiedad como fundamentos de la dignidad humana,  una "idea/espejo", perfectamente inversa a mi propia idea sobre la consistencia y plena actualidad del Neolítico, aunque sea en fase decadente (y ojala que terminal). Ese tiempo neolítico,  que yo entiendo como un pasado/presente/contínuo,  a este "católico anticapitalista" le parece el mejor de los tiempos, sin tener en cuenta que no podemos compararlo con ningún otro,  porque nunca hubo "otro tiempo", ninguno  sin la impronta y matriz neolítica del "sexo y la propiedad". 

Así que ese anticapitalismo de JM de Prada,  yo lo veo confuso...no sé si será muy católico, lo dudo, pero a mí  ese batiburrillo ideológico me parece propietarista y contradictorio...y nada anticapitalista. Hay que tener en cuenta  que JM de Prada tomó el título de "Sexo y propiedad" de un artículo de Chesterton (1874-1936), filósofo británico y católico, otro grandísimo escritor, que fue conocido como "príncipe de las paradojas". No pienso que haya una línea de causalidad directa  entre los instintos animales de "sexo y propiedad"  y el orden/social/global que conocemos por Capitalismo, más bien pienso que éstos  básicos instintos son las condiciones de posibilidad para el desarrollo posterior del Capitalismo en el modo de sistema/mundo (tal como lo define Immanuel Wallesteirn), un sistema al que hemos desembocado agónicamente en pleno siglo XXI. Hablamos de un orden sistémico y global que ha conseguido normalizar su permanente crisis y patología propietarista,  haciendo que su reproducción sea, paradójicamente: "relativamente estable y siempre cambiante".

Respecto del texto de Santiago Alba Rico, puedo estar de acuerdo solo en parte,  en lo que se refiere a la "ciudad intangible" (con el sentido de intocable), como "final del Neolítico": eso que yo interpreto como "intocable e inamovible sistema político: el de la neolítica Ciudad o Polis/Estado". Frente a  las pretensiones de democratizar el capitalismo, Santiago Alba Rico afirma que la tarea de un proyecto transformador debe aspirar  “a la trabajosa y delicada labor de desmontaje del Imperio romano, donde la primera transformación del mundo que debemos abordar es la de conservarlo”. Eso está muy bien como metáfora, pero me parece insuficiente lo de "desmontar el imperio romano", sería más ajustado a la realidad "desmontar el Sistema Propietarista del Estado Neolítico".

Santiago Alba Rico tiene identificado al Neolítico, no solo como etapa histórica, sino como “pensamiento matriz de la condición humana estructurada en torno al principio de subsistencia”. Según él, como respuesta a dicho principio de necesidad, el homo neolítico adopta una estrategia fundada en la novedosa idea del Poder (superación del estado de subsistencia o necesidad) a partir del novedoso principio de Propiedad como derecho natural de uso exclusivo sobre un trozo de la Tierra, lo que solo podía surgir de esa nueva forma de vida “estable” (de estabular, establo...), agrícola y urbana, algo impensable para un homo nómada que no siente la necesidad de propiedad más allá de los útiles personales y sus armas de caza. Mi pensamiento político, como el suyo, también es anticapitalista, pero ni católico ni marxista; yo soy demócrata/comunalista en inseparable y radical modo  contrario a la división social en clases y, por tanto, contrario a toda forma de constitución política en modo "Estado", que considero indemocrático  por su propia naturaleza jerárquica. Y soy radicalmente contrario a toda forma de propiedad que tenga por objeto  a la Tierra y al Conocimiento, a los que considero como Bienes Comunales Universales. 

Para mí, cada día que pasa me resulta más obvio que siguen siendo plenamente vigentes las dos principales ideas definitorias de la Era Neolítica:  la Propiedad (territorial/sexual) y  la Jerarquía social, económica, cultural y política (lo que es el Estado). Y por mucho que nos deslumbren y despisten las apariencias tecnológicas, ¿a que no es tan difícil ver que, pasados diez mil años, estos principios neolíticos siguen siendo los mismos a día de hoy, igualmente determinantes de nuestra primitiva forma de vida "neolítica"?... Desde que comencé a escribir este blog, hace ya 16 años , (en 2010, año anterior al 15M), vengo sosteniendo que desde la gran revolución del Neolítico todas las sociedades humanas han sido subordinadas por élites dominantes (propietarias y/o gobernantes), mediante la  institución progresiva del Patriarcado (para la transmisión hereditaria de los derechos de propiedad), del Estado (para la defensa legal y militar de la propiedad) y del Sistema Capitalista de Producción y Mercado (para el comercio o intercambio de todo tipo de mercancías y propiedades). Y desde entonces no dejo de preguntarme ¿por qué somos tan poca gente los que nos manifestamos a favor de reconocer y declarar a la Tierra y al Conocimiento como bienes de propiedad comunal universal?... ¿y por qué, sobre los bienes materiales/naturales, y sobre los inmateriales bienes de la cultura, todo el mundo  quiere tener   "liberales" derechos de propiedad, mejor que "comunitarios" derechos de uso?...digo yo, por ejemplo, que si toda persona dispusiera  de una vivienda con derecho de uso asegurado de por vida, ¿para qué querría tener, a mayores, un derecho de propiedad sobre esa vivienda?...¿qué poderoso misterio o fetichismo es ese de la propiedad/mercancía?,  ¿para qué esa propiedad, si no es para especular al por menor en el mercado inmobiliario y hacer de propietario pequeño/capitalista, aunque sea de un pisito? 

Esta primitiva ideología propietarista es la que, a mi entender, sustenta el orden social/estatal que alarga la era del Neolítico hasta nuestros días, gracias a su respaldo social, a mayores de la fuerza propia del poderoso entramado institucional del Estado-nación-capitalista-contemporáneo (patriarcado, trabajo asalariado, producción y mercado  capitalista global...), pero incapaz de evitar su propio colapso, situándonos en un grave riesgo de extinción junto a otras muchas especies. 

La incertidumbre y pregunta crucial de nuestro tiempo  es si seremos capaces de superar el Neolítico a tiempo, ahora, aprovechando que por primera vez en la historia de la humanidad -y aunque sea de modo muy incipiente- hemos comenzado a tener una mínima conciencia ecosocial, de comunidad y de especie.  

martes, 6 de octubre de 2026

CASAS Y VIDAS BARATAS, CAPITALISMO LOW COST


"Casas baratas" (1) para obreros, edificadas en Madrid por "La Constructora Benéfica"  (ilustración de 1883)



Arriba, a la derecha: imagen actual de la acampada en la plaza del Sol de Madrid, promovida por el Sindicato de Inquilinas. Arriba, a la izquierda y abajo: anverso y reverso del  mismo "puto sistema" de casas y vidas baratas



Un buitre por ser pequeño no deja de ser un buitre 

Todo el mundo sabe que quien puede comprar una segunda vivienda, aunque sea un proletario jubilado, muy trabajador, muy ahorrativo y muy progresista,  lo hace con la espectativa de poder especular con su reventa o su alquiler, porque la especulación es la naturaleza misma, perfectamente normalizada, del orden social en que vivimos. La naturaleza de todo capitalista, como la del buitre, no depende de su tamaño, sino más bien de su exitosa vocación y profesión de animal parasitario, que le lleva a apropiarse del trabajo y hasta de la vida ajena, y a transformar ese robo o apropiación de lo ajeno en "capital" privado, y éste en fuente de poder social,  económico y político, que desde la revolución propietarista del neolítico (2) viene siendo articulado y ejercido corporativamente por las clases dominantes, de propietarios y gobernantes, en modo "Estado". 

Desde aquel remoto tiempo del Neolítico que diera origen al primer Estado y a la  Historia misma, este aparato estatal sigue siendo a día de hoy, cinco mil años después, el mismo dispositivo legal, burocrático y militar cuya razón de ser no es otra que la defensa de un ilegítimo "derecho" de  propiedad -individual o corporativa- sobre bienes  de producción ajena, sea ésta social (caso del Conocimiento) o natural (caso de la Tierra). 

Siendo la Tierra (bienes naturales/materiales) y el Conocimiento (bienes culturales/inmateriales),  la materia-prima-universal de todo proceso productivo  y reproductivo,  por su propia universalidad son bienes de propiedad común o comunal, respectivamente propios del Común universal de las especies (caso de la Tierra), y del  Común  humano universal (caso del Conocimiento), lo que en ambos casos incluye al respectivo universo de individuos y generaciones, actuales y futuras. 

Por tanto, queda claro que un capitalista pequeño sigue siendo un capitalista y que no se es "más o menos capitalista", como no se es más o menos demócrata...o más o menos buitre.

Puta casa y puta vida, donde "puta" quiere decir precaria

Mantener un estado de precariedad permanente en un segmento fluctuante de la clase trabajadora, es  condición necesaria para el funcionamiento de la economía capitalista, que así dispone de un eficiente mecanismo de control sobre el "mercado" laboral. Esa reserva de trabajadores precarios le sirve al capital para abaratar los salarios y así mantener en modo creciente su tasa de beneficio capitalista.

Pero esta condición no es la única, ni la más importante, para la reproducción del orden estatal/capitalista, que no se explica sin la adhesión ideológica de una mayoría social, sea por activa o por pasiva. Ese es “el problema”, no solo de la vivienda,  también de la vida en general. 

La auténtica "tragedia de los comunes"

Por eso, me ponen de los nervios los anarquistas que reclaman la propiedad de la tierra para el campesino que la trabaja, "a condición de que sea pequeño el tamaño de su propiedad o "capital". Se podrá decir que es un "robo menor", pero esa pequeña propiedad sigue siendo un delito de  robo (sea individual o colectivo) de un trozo de la Tierra Común.  

Este pensamiento propietarista es el vínculo ideológico que asocia al conjunto de ideologías estatales que denominamos como  "izquierdas y derechas", o "progresistas y conservadores". Esto sí es la "tragedia de los Comunes", porque todas esas ideologías confunden trágicamente lo que es un legítimo derecho  de propiedad con origen en el trabajo (junto al conocimiento, la técnica y la creatividad  humana),  con un ilegítimo derecho de apropiación  sobre el procomún universal que conforman  la Tierra y el Conocimiento, que son, por tanto,  "principio" y no "medio", en todo proceso productivo y reproductivo.  Ambas materias primas constituyen, pues, un conjunto inseparable de Bienes Raíces inapropiables  en todas sus formas, materiales o inmateriales, que por su propia universalidad deberían ser  respetados y reconocidos por nuestra especie como Bienes Comunales Universales. 

La contradicción irresoluble de las izquierdas, políticas y sindicales, respecto del trabajo asalariado y su relación con  la propiedad de la vivienda 

Los principales sindicatos y partidos de izquierdas acaban de anunciar su apoyo a la huelga general propuesta inicialmente por el Sindicato de Inquilinas, promotor de la revuelta de las "acampadas por el derecho a la vivienda". Dicen los líderes sindicales que esa huelga ha de servir para reclamar mejores salarios, para que la clase trabajadora pueda tener acceso real a la compra o alquiler de una vivienda y así hacer efectivo el derecho a la vivienda que exhibe obscenamente la Constitución española de 1978. 

Esa reclamación, que  parece tan  lógica, a mí me parece que encierra una trampa letal para el conjunto de la clase trabajadora cuando, al mismo tiempo, olvida reclamar la desaparición del trabajo asalariado, de las clases sociales y de la propia clase asalariada. Este "olvido" acostumbrado ya es constituyente de todas las izquierdas integradas, que así, necesariamente, no son menos estatalistas, menos capitalistas, ni menos indemocráticas que las derechas. Es así, porque la relación salarial entre trabajadores y propietarios es una relación de dominio y poder, que no desaparece por tener un "mejor" salario. Y porque esta "mala relación" es responsable de generar la división social y  por eso, es también el principal nutriente del "estado de "guerra general" -entre individuos, entre clases y entre estados- que ahora, en pleno siglo XXI, nos aboca aceleradamente hacia el colapso de nuestra especie. Ese Estado, de lucha de clases institucionalizada y de guerra contínua, es el "Estado" natural y propio de las sociedades propietaristas, todas estatales,  capitalistas e indemocráticas, que a día de hoy son todas. 

Así, lo que esas izquierdas integradas hacen es potenciar la misma ideología propietarista que entiende la vivienda como una mercancía más, como algo que se compra y se alquila en un Mercado capitalista necesariamente especulativo, por su propia naturaleza parasitaria, entre depredadora y carroñera. 

"El problema" de la vivienda simboliza perfectamente el triunfo  global de la ideología propietarista, modernamente interpretada como "liberal" 

Esta ideología  ha logrado inocular en el individuo medio de la sociedad de masas contemporánea una idea de la libertad directamente asociada a la idea de propiedad, que  explica muy bien el contínuo éxito reproductivo del Estado como aparato protector de la propiedad a lo largo de sus cinco milenios de existencia. Y también  explica la potencia publicitaria del orden "liberal" del Estado Moderno,  que más propiamente deberíamos denominar "Propietariado", en el que los ricos son más libres que los pobres, los propietarios de las empresas  son más libres que sus empleados,  los caseros rentistas son más libres que sus inquilinos, los que pueden comprar cultura y conocimiento son más libres que los que no pueden hacerlo,   y los gobernantes son más libres que los gobernados...esto es obvio, como vemos a diario y como sabe todo el mundo. 

La vida parasitaria del casero rentista es el prototipo ideal de vida pequeño/capitalista. Imagina: tener un capital suficiente en forma de casas de alquiler para poder vivir de la renta, a costa del trabajo ajeno de los inquilinos y sin dar palo al agua. Este casero rentista, buitre grande o pequeño,  en activo o jubilado, como todo buitre necesita  un ecosistema propio y adecuado a su finalidad parasitaria. Pues bien, el Estado es ese ecosistema ideal para la reproducción del  orden capitalista en todas sus variantes depredadoras y/o carroñeras.

Como arte o como ciencia, es una puta vergüenza el arte de la arquitectura, tanto de la vivienda como del urbanismo,  en su modo único de diseño capitalista. 

De propiedad o de alquiler, todas las viviendas tienen un mismo diseño, orientado a favorecer el aislamiento social de sus moradores y a propiciar la mínima relación comunitaria entre viviendas, básicamente reducida ésta al pago común del gasto de la luz y la limpieza, del portal y la escalera.  Así, la vida en un piso en propiedad, dentro de un bloque, es la mejor forma de  vida capitalista a la que puede aspirar todo inquilino del Estado que viva de su trabajo. Mejor y más libre en calidad de  pequeño propietario... y aún mucho mejor en la doble calidad de propietario y rentista.   

Queramos o no, vivimos en casas que aunque estén construidas aisladamente y en la más absoluta soledad de los campos, no se libran de formar parte del censo inmobiliario de un Estado...como nosotros, todos los contribuyentes, seamos inquilinos o propietarios. Tan es así que nuestra forma de vivir está necesariamente condicionada por el diseño de la vivienda, por ese arte de la arquitectura aislacionista y propietarista que es la oficial en este mundo-Estado en que vivimos... muchos de alquiler y  de milagro. 

Además, en su inmensa mayoría, ni los propietarios de las casas, ni los inquilinos,  son conscientes de que esas casas, caras o baratas,  en las que vivimos son todas estatales, sean de propiedad o de alquiler. Incluso las chabolas y los palacios son estatales, sí, porque aunque no se diga, todo lo que está construido sobre el territorio de un Estado, al igual que el propio territorio, es estatal, propiedad del Ente. Es así porque desde siempre el Ente estatal tiene reservado para sí un poder de expropiación que, de facto, le convierte  en el auténtico propietario del territorio comprendido al interior de sus fronteras, incluyendo  todo lo que ahí se construye, todo lo que se produce y todo lo que se mueve, dentro, por encima y por debajo de los limites del Ente. 

Cómo será la cosa, que hasta nosotros, los habitantes del territorio estatal, los denominados "nacionales", también somos una pertenencia del Estado, lo sepamos o no, como parte obligatoria de una Comunidad Nacional  conformada por quienes porten un mismo Documento Nacional de Identidad. Porque "nacional" no es solo la Bandera, la Policía, la Hacienda o la Selección de Fútbol, no, no, "nacionales" somos todos obligatoriamente, caseros o inquilinos, todos aquellos a los que el Estado tenga a bien darnos un DNI.

Si el Estado se propone a sí mismo como "comunidad nacional" no lo hace gratuitamente, sino porque sabe que el sentimiento de comunidad es muy propio de la naturaleza social de nuestra especie, y que nos gusta mucho hacer cosas "en comunidad", incluso robar,... mientras sea "legal", claro. 

Y es que, propietarios o inquilinos, somos simios básicamente sociales y comunitarios. 


Notas:

(1) Casas baratas” es el término por el que se conoce un tipo de vivienda “obrera”, que comenzó a construirse en España a finales del siglo XIX y principios del XX, bien con ayudas oficiales o préstamos de bajo interés, con destino a la clase trabajadora que llegaba a las ciudades procedente de las zonas rurales. La primera ley específica denominada de Casas Baratas, data de 1911, bajo el reinado de Alfonso XIII, siendo José Canalejas presidente del Consejo de Ministros del gobierno liberal (que lo fue desde febrero de 1910 hasta su asesinato en noviembre de 1912). 

Hubo también un tipo de "casas baratas" propiamente minero, construidas por las propias empresas en bloques denominados “cuarteles”, de casas con una tipología muy similar, de una o dos plantas y situadas muy cerca de la explotación minera. Las hubo gestionadas en modo cooperativo, y también hubo una modalidad de alquiler con opción a compra. Tras la guerra civil, ya en el franquismo, ese término fue sustituido por la figura de “viviendas protegidas” o de “protección oficial”, que ha pervivido hasta ahora. Sin ir más lejos, a escasos 4 kilómetros del pueblo en el que vivo hay un barrio de “casas baratas” que se conserva habitado en su totalidad y que en origen fue propiedad de la empresa minera que operaba en este valle de Mudá. en la Montaña Palentina. También en otras muchas poblaciones mineras de España surgieron este tipo de viviendas, que en muchos casos han sobrevivido a la azarosa historia de la clase obrera empleada en la industria minera.


(2) La revolución propietarista tuvo que producirse necesarimente en las sociedades sedentarias, agrícolas y urbanas del Neolítico, porque tanto la propiedad de la Tierra, como la del Conocimiento, eran conceptos inexistentes e  impensables en las sociedades nómadas previas. 

lunes, 28 de septiembre de 2026

EL MUNDO O NADA

                       Composición propia con: 1.Título de un documental francés sobre emigración.                                                2. Imágen del genocidio en Gaza. 3. Performance de Marina Abramovic


"El humano oral será borrado escrupulosamente de la faz de la Tierra, eliminado para siempre del paisaje de los homínidos, un paisaje uniformado y homogeneizado a consciencia y hasta la indecencia. Así iniciaba E. M. Cioran su Retrato del hombre civilizado. Con la supresión de la condición oral y con la hegemonía de las instituciones escolares, se produce, según Peter Sloterdijk, un afianzamiento del proyecto europeo de domesticación del hombre por el hombre, en el marco de las antropotécnicas modernas. Tales “técnicas del hombre” indujeron fenómenos desconocidos en el universo oral tradicional: jerarquía, elitismo, fractura social, subordinación económica..." Esto decía recientemente Pedro García Olivo en su blog ¿Eres la noche? Para perdidos y reinventados. Pedro G.O. es uno de los pocos humanos que aciertan a ver la cultura como arma de dominio social -lo que yo también comparto-, solo que  pienso  que apunta mal cuando dispara a la cultura como causa de los males de este mundo. Hay en ese pensamiento suyo una aceptación dramática de la inevitabilidad del mal, un pesimismo  existencial que a mí me parece enfermizo y autodestructivo, bien opuesto a la inteligencia y razón propia de la vida -de toda forma de vida, incluida la humana, que básicamente consiste en lo contrario, o sea,  en "querer vivir",  que por eso tiene tanta querencia a reproducirse, con una fantástica diversidad en sus modos de existir.  

Aún así, yo me siento  mucho más en minoría que Pedro G.O., que ya es decir, porque a pesar de mi larga edad y de haberme desojado de tanto buscar, todavía no he dado con quien compartir mi diagnóstico: no es la cultura la causa del imperio global de la maldad, es algo previo y mucho más simple, es la  institución impolítica del Estado neolítico, cuya existencia tiene un único sentido, que es el de proteger mediante la fuerza un supuesto derecho bruto, que tiene todo animal, incluido el humano, a la apropiación exclusiva de un territorio; un supuesto "derecho  natural" que en el caso de nuestra especie no puede ser más primario ni más bruto, teniendo en cuenta que solo nuestra especie tiene conocimiento de la limitada forma esférica  de la Tierra, un conocimiento que tenemos desde que en el siglo III a. de C. un tal Eratóstenes de Cirene realizara cálculos precisos de la circunferencia de la Tierra midiendo la longitud de las sombras  durante los eclipses solares, demostrando empíricamente la curvatura y redondez del planeta. 

Y aún así, estando a punto de llegar a una población mundial de nueve mil millones de humanos, hemos seguido permitiendo, cuando no defendiendo con leyes y armas, ese bruto derecho "natural" a la apropiación privada de la Tierra...y de seguida, a mayores y en consecuencia, un derecho aún más irracional a la apropiación privada del Conocimiento, algo que no puede ser más absurdo...porque, ¿cómo -si no es ilusoriamente- es posible ejercer un derecho de propiedad sobre algo que es inmaterial e inasible como el conocimiento?...sobre algo que, además,  en todo caso y necesariamente es un producto social,  que no solo es "cultura" -como instrumento de  domesticación y dominio del hombre por el hombre-, sino  que también es fruto de la enorme creatividad  personal y comunitaria de nuestra especie, que conlleva una acumulación y transmisión de experiencias y saberes durante milenios, entre individuos, pueblos y generaciones.  


Al contrario que la inmensa mayoría de mi especie, yo pienso que, aunque sea cierto que la maldad, manifestada como "daño al otro", no vaya a desaparecer, sí es posible evitarla en gran medida; lo primero, impidiendo que forme parte de las leyes y de los gobiernos, mediante un básico pacto humano, del común y lo común: un "común" que refiere a la práctica de la democracia en su forma real y no simbólica o representativa...ese es el mínimo respeto mutuo que nos debemos; y "lo común" que refiere a los bienes comunales universales cuyo reconocimiento y declaración universal  debemos resolver cuanto antes, antes de destruirnos y dejar arrasada, como un paisaje lunar, la faz de la Tierra.


La mayoría de los individuos humanos,  creo yo que piensan en la maldad como algo inherente a la existencia de nuestra especie, y que siendo así nuestra  naturaleza, no debería extrañarnos que el mal tenga asiento preferente, en nuestras vidas como en los gobiernos de este  Mundo. Pero si el mal ha logrado parecernos "naturalmente" humano, lo ha sido gracias al reino de la fuerza y por costumbre de muchos siglos de guerras, entre ejércitos estatales, de monarquías, imperios e iglesias. 

La guerra y el dolor de vivir por norma...con un deseo de justicia que  solo encuentra consuelo en el sueño religioso de "otra vida", en  un más allá imaginario, situado a las afueras de la realidad.  Así expresaba el filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) en "Los dolores del mundo", esa naturalidad del mal y del dolor que le sigue en consecuencia:


"Si nuestra existencia no tiene por fin inmediato el dolor, puede afirmarse que no tiene ninguna razón de ser en el mundo. Porque es absurdo admitir que el dolor sin término, que nace de la miseria inherente a la vida y que llena el mundo, no sea más que un puro accidente y no su misma finalidad. Cierto es que cada desdicha particular parece una excepción, pero la desdicha  general es la regla". .../..."Semejantes a los carneros que triscan en la pradera mientras el matarife hace su elección con la mirada en medio del rebaño, no sabemos en nuestros días felices qué desastre nos prepara el destino precisamente en aquella hora: la enfermedad, persecución, ruina, mutilación, ceguera, locura, etc. Todo lo que apetecemos coger se nos resiste; todo tiene una voluntad hostil, que es preciso vencer. En la vida de los pueblos no nos muestra la historia sino guerras y sediciones: los años de paz sólo parecen cortas pausas, entreactos que surgen una vez por casualidad. Y asimismo, la vida del hombre es un perpetuo combate, no sólo contra males abstractos, la miseria o el hastío, sino contra los demás hombres. En todas partes se encuentra un adversario. La vida es una guerra sin tregua, y se muere con las armas en la mano. Al tormento de la existencia viene a agregarse también la rapidez del tiempo, que nos apremia, que no nos deja tomar aliento, y se mantiene en pie detrás de cada uno de nosotros, como un capataz de la chusma con el látigo. Sólo perdona a los que se han entregado al tedio". 

No había sucedido la guerra de Vietnam (1955-1975), ni las revueltas del mayo francés de 1968, cuando otro filósofo,  alemán y marxista, Theodor W. Adorno (1903-1969), vino a decir que la industria cultural no es otra cosa que el mecanismo mediante el cual el capitalismo avanzado convierte la cultura en un instrumento de control social, transformando el arte en mercancía y al sujeto en consumidor pasivo.  Y así expresaba su amargura al respecto: 

"En esta cárcel al aire libre en que se está convirtiendo el mundo, no se trata ya de preguntar qué depende de qué, hasta tal punto se ha hecho todo uno. Todos los fenómenos han cristalizado en signos de dominio absoluto". Respecto de esta amargura reconocía una cierta exageración: ''he exagerado lo sombrío, siguiendo la máxima de que hoy la exageración es el único medio de la verdad.../...la hipérbole se impone ante lo hiperbólico que ha llegado a ser el dominio ganado por la ideología del dinero, que hoy parece ser la única ideología del poder"...

Eso decía Theodor W. Adorno  sin tener el conocimiento y la experiencia del mundo que tenemos la gente que hemos vivido después de las dos grandes guerras mundiales, y que ahora, bien entrado el siglo XXI, asistimos al espectáculo capitalista de otra gran guerra mundial, ahora contínua, tecnológica, dispersa e inacabable, que sucede cada día entre milicias populares y entre ejéŕcitos estatales, todos más o menos "terroristas",  una guerra mundial y total: militar, financiera, comercial, tecnológica, industrial y cultural, que transcurre paralela a la cotidiana y sórdida guerra social institucionalizada, que tiene lugar al interior de cada nación-estado, como lucha de clases que sucede a cada hora de cada día en cada rincón de este mundo  dividido en Estados y Clases,  "naturalmente" gobernado por la ley de la Propiedad, esa que yo digo que es el mal o pecado original de nuestra especie.

Yo defiendo, por ahora  en soledad, que es posible cambiar el curso de la historia, y que son evitables, tanto las leyes que protegen el derecho a la apropiación privada o robo de  los bienes comunes universales (Tierra y Conocimiento), como las que protegen a la explotación del trabajo humano, productivo y reproductivo. 

No concibo otra forma de evitar el gobierno mundial del mal que propiciando la desaparición definitiva de las instituciones  que lo sostienen, las que sustentan el Orden de la Propiedad mediante el tinglado institucional urdido durante siglos a escala mundial:  son los partidos como organizaciones  propiamente impolíticas e indemocráticas, son las empresas de la economía propiamente depredadora y capitalista y son los estados-nación, propiamente incomunitarios y totalitarios.  

Estoy muy de acuerdo en  no considerar a la maldad reducida a una simple anomalía o patología indidividual; en tal sentido, hay quien, como yo,  piensa que el mal real, el más corpóreo, es "el que quiebra   los lazos que nos unen como comunidad, desgarrando la empatía y desintegrando la convivencia", así como lo enuncia Ana Carrasco-Conde en su libro  "Decir el mal. La destrucción del nosotros". Me gusta su planteamiento:  ¿y si el mal pudiera pensarse de otro modo, no será que recurrir al egoísmo nos impide ver otras posibilidades para entenderlo? 

Cierto es, como dice Ana Carrasco-Conde, que hemos convertido el mal en un sesudo objeto de reflexión filosófica (y también religiosa, digo yo), sin querer detenernos en la cercanía de un mal imperceptible y ordinario, que podríamos llamar social y político, y que no nos parece tan "mal" por su propia vulgaridad o normalidad, solo porque es  práctica corriente y común,  compartida por quienes integran, integramos, las sociedades  privadas de comunidad y democracia reales.

Hemos llegado a un punto en que ya no cabe mayor autismo social, en que la empatía ha desaparecido como vínculo y sustancia básica del tejido social, y de la convivencia por tanto. Y lo ha hecho con velocidad proporcional  a un desarrollo tecnológico en modo propietario/capitalista,  que favorece y multiplica a perpetuidad las posibilidades de concentración y reproducción del mal. Estamos siendo muy cortos de vista si apuntamos solo al dedo índice del mal, que vuelve a ser el fascismo, y no apuntamos a su causa original, a esa  primitiva y salvaje idea de un derecho humano a la propiedad y saqueo del Mundo Común, un mundo hecho de materia física y relacional, de los vínculos sociales que surgen de la convivencia y de compartir nuestros bienes comunales universales: la Tierra, propiedad del común de las especies, y el Conocimiento humano, propiedad del común de nuestra especie.  

Lo digo plenamente convencido porque sé que no hay marcha atrás, porque la flecha del tiempo corre solo en un sentido y porque se han ido agotando las revoluciones y todas las opciones hasta quedar solo dos, por este orden de probabilidad: 1ª.Nada o 2ª.Compartir el Mundo.

domingo, 13 de septiembre de 2026

EL AYUNTAMIENTO COMUNAL COMO ESPACIO ECOSOCIAL PROPIO DE LA POLÍTICA EN SU MODO DE AUTOGOBIERNO (DEMOCRACIA) DEL COMÚN Y LO COMÚN




En el presente año se cumple el veinte aniversario de la muerte de Murray Bookchin (1921-2006) (1), historiador, investigador, profesor universitario y activista político, pionero del movimiento ecologista e iniciador del paradigma ecosocial y de su forma política, el comunalismo. Hoy escribo ésto a modo de personal y modesto homenaje a su memoria y a su obra, cuando se cumplen 20 años de su muerte, lo que me resulta perfectamente compatible con manifestar mis diferencias respecto de su teoría comunalista, debidas, principalmente, a que Murray Bookchin no pudo llegar a conocer, antes de su muerte en 2006, todo lo que nosotros sí sabemos a día de hoy. Me refiero a todos los graves acontecimientos de los que estamos siendo testigos las generaciones actuales, los que están marcando una inflexión histórica radicalmente nueva, con repercusiones inmediatas y trascendentales para la evolución general de nuestra especie. Y me refiero, obviamente, a la crisis multisistémica que ya nadie pone en duda y que nos sitúa al borde del colapso global de nuestra civilización, concretada en un conjunto de radicales cambios y alteraciones de dimensión global, que se presentan como evidentes e irreversibles, tales como el agotamiento de los combustibles fósiles que sostuvieron el espectacular desarrollo capitalista durante los dos últimos siglos, como el acelerado proceso de degradación ecológica, sea por un calentamiento global indiscutible o por una masiva extinción de especies y una devastación sistemática de la biodiversidad a cargo de un consumo ilimitado y patológico de los bienes naturales; unas gravísimas alteraciones, como la degradación del ideal comunitario, igualitario y democrático que, a malas penas, subyace en el sustrato moral de todas las culturas, o el regreso y auge de los viejos totalitarismos del siglo XX...en definitiva, un endemoniado panorama ideológico y geopolítico, de brutalismo neofascista, que amenaza con desencadenar nuevas guerras y genocidios...y, para remate, está la grave amenaza existencial que para nuestra especie supone la tecnología algorítmica de la denominada Inteligencia Artificial (IA), recién declarada por sus propios desarrolladores como agente potencial de una probable aniquilación de nuestra especie...o sea, todo un hipercomplejo escenario de tintes apocalípticos, que nos aboca directamente a un colapso global que avanza acelerado e imparable y que, por primera vez en la historia humana, hemos comenzado a percibir a escala global con una, todavía incipiente, conciencia ecosocial y comunitaria o comunal, a escala de especie.Ante todo ésto, entiendo que solo cabe pensar en una estrategia radical y urgente, con esa misma dimensión global y de especie, a la altura del grave riesgo existencial que pesa sobre las generaciones presentes y futuras, una estrategia que ni Murray Bookchin ni nadie pudo preveer, ni siquiera pensar, sin haber vivido todos estos acontecimientos de los que ahora  somos testigos. Por eso vengo dedicando estos últimos años a pensar la estrategia que creo más adecuada a la resistencia y superación del colapso global en el que ya estamos inmersos de manera irreversible. El colapso sucederá porque ya está sucediendo. 

Tengo muy claro que el acontecer del tiempo presente es predeterminado  por el pensamiento dominante que precede a cada época y que, por eso, porque el presente no tiene otro arreglo posible que no sea tratar de achicar el agua en una barca llena de agujeros cada vez más grandes, ahora lo que toca es construir un pensamiento poderoso, que nos ayude a sobrevivir a este colapso y a superar el salvaje Orden construido por el pensamiento que sigue siendo dominante, esta Ilustración Oscura, asentada a diestra y siniestra en las  primitivas instituciones del Capitalismo original (sistema de legitimación, por razón de la fuerza bruta, de un derecho de  apropiación o robo del "capital común universal" que conforman la Tierra y el Conocimiento) y la institución neolítica del Estado para la defensa de ese "derecho", con la adjudicación del monopolio de la fuerza como su "razón de Estado", que sirviera como campo de batalla "ad hoc", en el que librar una lucha de clases permanente, sistémica e institucionalizada, donde la clase propietaria se reserva esa "razón", bien armada y con las cartas marcadas.  

Pus bien, la novedad de una inédita conciencia humanista integral, a escala global y de especie, para mí es el fundamento estratégico  que puede desencadenar la revolución integral necesaria para subvertir y sobrevivir al bruto orden propietarista y estatal que desde la revolución neolítica viene dominando y organizando el mundo a partir de los instintos animales más primarios, de propiedad (genética/territorial/cognitiva) y de jerarquía social sustentada en un  "derecho natural de propiedad" (natural con sentido de "salvaje"), para cuya defensa se ha justificado el  uso de la fuerza bruta del Estado, al menos durante los últimos cinco milenios. 

Por todo eso, mi enmienda al paradigma ecosocial y comunalista es más estratégica que ideológica, no planteo una propuesta programática, para competir por el poder político, sino que presento una propuesta prepolítica y global, previa a toda constitución política: un básico pacto de especie, sobre los principios universales de convivencia simbioética integral -ecosocial y comunal- previos a la libre constitución de comunidades realmente democráticas, o sea plenamente autónomas y omnisoberanas, autoconstituidas y autogobernadas en asambleas comunitarias  de iguales, y libremente asociadas en redes confederales para el intercambio, la cooperación y la ayuda mutua en todas las escalas territoriales.  

Esta propuesta estratégica aúna lo que yo considero como dos poderosos antídotos frente a las instituciones del Orden dominante, contra la Propiedad capitalista  y contra  la Jerarquía estatal, que son, a mi entender: a) el principio  de responsabilidad simbioética universal (personal, comunitaria y de especie),  y b) el principio de convivencialidad comunitaria en regimen de democracia convivencial integral, ecosocial y solidaria a escala local y global. 

Antes  que un "programa" comunalista defiendo, como más prioritario  y estratégico,  un "pacto"  prepolítico y global al modo que he denominado como Pacto Humano Básico: del Común y lo Común", fundamentado en esos dos principios, que considero tan básicos como universales. 

Pero de eso trataré más adelante, en cuanto termine de editar el libro que estoy preparando sobre dicho Pacto. Ahora y aquí quiero centrarme en uno de los aspectos fundamentales del paradigma comunalista desarrollado por Murray Bookchin, el dedicado a la "espacialidad comunal", ese espacio democrático y propio de la política que M.B. identificaba con el municipio, tal como han seguido haciendo otros muchos comunalistas, confundiendo comunalismo y municipalismo libertario, según creo y como intentaré justificar a continuación.

* * * 

Defiendo que el espacio político propiamente democrático es el del "país" como  propio de la comunidad bioterritorial de convivientes que comparten un "pais-aje" ecosocial común, y no el del municipio, que corresponde a la demarcación administrativa perteneciente a un Estado, heredada del histórico sistema territorial del imperio romano y de todos sus herederos. Defiendo que la comuna o ayuntamiento comunal es ese espacio en el que suceden las relaciones e interacciones entre personas convivientes y su propio medio natural/ecosocial, compartiendo unas condiciones de vida que conciernen al común de personas convivientes, vecinas y paisanas. Más allá de esos límites de la relación de paisanía (2), de ámbito geográfico comarcal o regional, podrá haber diplomacia y buenas relaciones, incluso podrán practicarse unas intensas relaciones intercomunitarias,  de fraternidad y solidaridad, pero no es posible una democracia auténtica, no cuando y donde la distancia impide que se tengan relaciones y asuntos que conciernan al común, esas condiciones de projimidad y convivencialidad que solo pueden darse en las comunidades autoconstituidas en modo de asamblea de iguales, como Ayuntamientos Comunales, en un regimen de autogobierno plenamente autónomo y soberano que es el propio de una  auténtica democracia. 

En las sociedades campesinas de la antigüedad y del medievo -incluso hasta la revolución industrial- pudo pensarse que dicho espacio fuera el del "municipio", tal como lo definiera el imperio romano, eso era hasta razonable y tenía su lógica en sociedades campesinas autárquicas, que producian lo  suficiente para cubrir sus necesidades básicas, además de comerciar sus excedentes en mercados que fueron de proximidad local al menos hasta entrado el siglo XV europeo, el de las colonizaciones europeas tras el saqueo de medio mundo, que propiciaron un incipiente comercio global junto a la novedosa virtualización financiera del dinero y de la economía capitalista en su conjunto. 

Pero en las sociedades estatales plenamente industriales y capitalistas de los siglos IXX y XX todo cambió radicalmente: el espectacular desarrollo tecnológico de la industria y el comercio, su internacionalización con base en la nueva naturaleza virtual/financiera del capital financiero, y en el uso masivo de una energía fósil (a base de carbón y petróleo) que parecía inacabable, en un sistema industrial progresivamente deslocalizado en función del interés capitalista... todo eso fue convirtiendo a nuestras sociedades en "productoras especialidadas e insuficientes", tecnológica y financieramente muy dependientes de los centros transnacionales del poder económico que han llegado a concentrar todo el poder político, llegando a instrumentalizar a los Estados-Nación para acabar de sustraer toda posibilidad de comunidad que no sea la irreal y abstracta "comunidad nacional", y capaz de neutralizar todo intento de participación popular en las decisiones políticas que afectan a sus propias vidas, quedando solo una  mínima posibilidad de democracia simbólica o representativa...y eso en el mejor de los casos. 

El medio ecosocial y comunal propio de de una democracia real es el "país": ese espacio o comarca natural, "el pais-aje común" que  es el campo propio de la relaciones humanas de projimidad y convivencialidad, que son de vecindad (ámbito urbano) y también de paisanía (ámbito interurbano y territorial más amplio); en el contexto global contemporáneo, el "país" es el campo propicio para la autonomía y el autogobierno (democracia) de las comunidades humanas,   el propio de una libre y solidaria asociación para el intercambio, la cooperación y la ayuda mutua en todas las escalas territoriales. 

Pues bien, esta libre asociación, prepolítica y global, a partir de un básico pacto humano,  a mi entender es la principal opción estratégica que tenemos por delante, para poder resistir y superar el colapso en ciernes, hasta extinguir la bruta hegemonía  del sistema/mundo estatal-capitalista.  


Notas:

(1) Sobre Murray Bookchin: https://es.wikipedia.org/wiki/Murray_Bookchin

(2) Concibo el ámbito bioterritorial o paisano como el conjunto de vecindades o poblaciones de un mismo país o comarca natural, libremente asociadas y autoconstituyentes de su propia autonomía/soberanía, en modo de Ajuntamiento Comunal o Comuna, cuyos límites más óptimos entiendo que son los bioterritoriales que se corresponden con los límites de las cuencas hidrográficas, y no los "históricos" límites estatales, casi siempre fruto de los avatares, contratos matrimoniales o políticos, cuando no de las disputas territoriales entre familias y  entre dominios señoriales, de origen feudal -eclesiásticos, militares o civiles- de las clases dominantes. Así, pues, entiendo esos límites condicionados, por este orden: a) a la voluntad soberana de las comunidades autoconstituyentes; b) a la dimensión ecosocial de una economía suficiente, que necesariamente será producida ecológicamente y mediante trabajo comunitario y libre, ni servil ni asalariado; y c) condicionado a una delimitación geográfica estable y no contingente, que sea tan precisa y concreta como es la delimitación de las cuencas hidrográficas.

PD: 

Recomiendo leer el siguiente texto, publicado en la web del Instituto Transnacional de Ecología Social (TRISE), titulado "La importancia de la espacialidad en el proyecto político de Bookchin", del que es autor Yavor Tarinski, y que él mismo leyó en el Homenaje Internacional a Murray Bookchin que tuvo lugar el pasado 30 de julio de 2026, organizado por el colectivo alemán Netzwerk für Kommunalismus (Red para el Comunalismo).

 

sábado, 1 de agosto de 2026

EN HOMENAJE A MURRAY BOOKCHIN

 


Murray Bookchin,  destacado pensador, historiador y activista estadounidense, conocido por fundar la teoría original de la Ecología Social, falleció el 30 de julio de 2006 a los 85 años de edad. Desde aquí me sumo al homenaje que está teniendo lugar desde diferentes organizaciones de todo el mundo en este 20 aniversario de su fallecimiento en Burlington (Vermont, USA). 

Bookchin fue un apasionado defensor de la emancipación humana,  de inspiración antiestatista y anticapitalista, cuyas ideas han tenido una gran influencia  en  movimientos sociales a partir de la década de 1960, como la Nueva Izquierda asociada a la revista New Left (NLR) de pensamiento crítico, el movimiento antinuclear, el de la antiglobalización, Occupy Wall Street y más recientemente, el confederalismo democrático de Rojava en el Kurdistan.  También fue el principal representante del  Movimiento Verde Americano y del Burlington Green.  

A pesar de ser el fundador de la ecología social, esta teoría hoy es mayoritariamente asociada a una corriente marxista,  en torno a la fundación Fuhem, que se identifica como ecosocialista y cuyos representantes más conocidos en el estado español son Jorge Riechman y Jose Manuel Naredo, respectivamente identificados por sus valiosas aportaciones  sobre simbioética y economía ecológica.    Pues bien, siendo ésta la corriente ecosocialista de mayor presencia pública, sin embargo llama la atención que pase por alto el reconocimiento de M. Bookchin como fundador de la ecología social, lo que sucede a mi entender porque a esta corriente marxista no le acaba de gustar el comunalismo de M. Bookchin, que éste consideraba como la aplicación práctica, política, de su teoría de la ecología social. 

El pensamiento político de M. Bookchin evolucionó desde el marxismo tradicional hacia el socialismo libertario, en línea con la tradición anarcocomunista de Piotr Kropotkin. A finales de la década de 1990 abandonó su militancia anarquista, profundamente decepcionado por la deriva del movimiento anarquista hacia "estilos de vida" subculturales, como el primitivismo o las políticas identitarias, por lo que pasó a construir su propia filosofía política,  a la que denominó comunalismo, con la pretensión de reconciliar ambas tradiciones, anarquista y marxista, del pensamiento revolucionario. 

Mi reconocimiento personal de Murray Bookchin y mi identificación con la corriente de pensamiento que él denominó como comunalismo, no me ha impedido abordar una reflexión en profundidad sobre su propuesta,  que  mayormente tiene que ver con una visión estratégica y  que pretende contribuir a su actualización en el contexto histórico del convulso tiempo en que vivimos, en estas primeras décadas del siglo XXI.  

Básicamente, mis discrepancias con el pensamiento comunalista de M. Bookchin, son más estratégicas que de base teórica, y se centran en los principios de comunalidad y democracia integral. Resumidamente: 

* Respecto de los bienes comunales yo  diferencio entre bienes comunales universales (la Tierra y el Conocimiento) y bienes comunales producidos mediante el trabajo cooperativo-comunitario de las comunidades convivenciales (domésticas, vecinales y paisanas). Esto significa un concepto de la propiedad comunal que es inexistente en las corrientes ideológicas del izquierdismo tradicional, tanto marxistas como anarquistas.  Respecto de la democracia, yo identifico ésta como un sistema integral de convivencia ecosocial/comunal, que es un fin en sí mismo, justificado  en el respeto debido a la dignidad de cada individuo integrante de la comunidad política; defiendo que la democracia real es incompatible con la existencia del sistema estatal/capitalista, y  que solo es  posible en condiciones  de convivencialidad y comunalidad  (compartir lo común),  que corresponden a ese espacio propiamente ecosocial del "país" o "paisaje común", comarcal-convivencial (geográfico, ecológico, cultural y simbioético), en el que se  materializan la inmensa mayor parte de nuestras relaciones de convivencia social/natural, en modo bioterritorial o ecosistémico. Esta comunidad convivencial, políticamente autoconstituida como plenamente autónoma y soberana, es a lo que yo denomino "Ayuntamiento Comunal", constituido como libre asociación federal de las Vecindades (poblaciones) de cada bioterritorio o país. Defiendo la denominación de "ayuntamiento" (ajuntamiento o asamblea) frente a la denominación de "municipio" que refiere a la milenaria historia indemocrática del Estado. Y contra toda visión localista, entiendo la democracia integral del ayuntamiento comunal extendida en todas las escalas territoriales, mediante su libre asociación, mancomunada y/o confederal, con otros ayuntamientos comunales, para el intercambio, la cooperación y la ayuda mutua en todos los campos de la actividad humana. 

* A partir de esas diferencias conceptuales o teóricas, mi principal  diferencia con el comunalismo de M. Bookchin es estratégica (como también lo es respecto de todo el espectro del izquierdismo tradicional). Esta diferencia consiste en que yo considero la necesidad categórica de una desconexión y ruptura previa con las normas del juego político/electoral,  propio del sistema estatal/capitalista dominante, lo que significa el desarrollo de una estrategia radicalmente nueva, de construcción de poder popular, en paralelo y frente al Estado, con rechazo frontal de la falsa democracia parlamentaria/representativa y de todo el entramado institucional del Estado (incluidas las empresas, los partidos y los sindicatos). Por eso, mi propuesta pasa necesariamente por un pacto prepolítico del común y lo común, en torno a un acuerdo sobre los principios y condiciones materiales, previas y básicas, que eviten la reproducción de las relaciones de dominio, generadas por el Estado a lo largo de su historia milenaria, y que permitan la constitución de comunidades políticas-convivenciales,  reintegradas al medio natural en modo ecosocial/comunal,  o sea: radical e integralmente libres, autónomas, democráticas.