miércoles, 16 de septiembre de 2026

NO HACER, NI DEL CUERPO, NI DEL TIEMPO, NADA

Ilustraciones: 1. Josemi Benítez (El Correo). 2. Cabecera del blog "La Caiguda".    

3. "El mal nuestro de cada día", artículo de Jesús Olmo (periódico 15-15-15) 


Te vaciaremos y te llenaremos de nosotros. (George Orwell, 1984)


Voy a “hacer del cuerpo” era la forma educada que nos enseñaban nuestros padres en el siglo pasado para no decir voy a cagar al corral. Pero, en general, si dejas de “hacer” con el cuerpo se entiende como que te ha llegado ese momento de tu vida en que te empieza a sobrar el cuerpo y a faltarte el tiempo. Porque ese y no otro es el futuro que la Hacienda ha previsto para las personas jubiladas, un no parar de hacer nada, y todo para que te vayas cuanto antes a hacer del cuerpo en tu corral de la jubilación. Como yo, sin ir más lejos.

Lo digo así, porque es costumbre confundir trabajo y hacer, que si no trabajamos parece que no hacemos, ni del cuerpo ni de nada, y por eso a los jubilados ya nadie nos pregunta qué haces, si estudias o trabajas, sino más bien "cómo estás", con un afectado gesto de preocupación por tu estado de salud. Y debe ser porque barruntan algo que no te dicen, pero que tú sí sabes: que les hueles a muerto.

Decía Alba Rico -otro como yo, también obsesionado con el Neolítico-, que “hoy no necesitamos el cuerpo para nada, ni siquiera para el deseo y apenas ya para el trabajo. El cuerpo es un dinosaurio o una piedra de silex. ¿O todavía nos hace falta? Me temo que aún lo necesitamos para cuidarnos los unos a los otros en una sociedad de incuria o de descuido, como la califica Bernard Stiegler. Y lo seguimos necesitando -el cuerpo- para nacer y para morirnos en una sociedad que se ha prometido a sí misma la inmortalidad, pero que sigue dependiendo del vientre de las mujeres para repetir la vida”.

Eso respecto del cuerpo, pero ¿qué está pasando con el tiempo?...hilando, recuerdo que ese mismo autor decía en plena pandemia del 2020 que “cuando pase la pandemia, habrá que hacer una revolución, no para cambiar la Constitución, el gobierno o la economía, sino para restaurar la humanidad más elemental, para recuperar el cuerpo perdido”...el cuerpo decía, no decía recuperar el tiempo. Pasó la Pandemia y no hicimos esa revolución, que volvió a quedar pendiente, ¡cagüenlá!, esa que consistía, como poco,  en recuperar nuestros confinados y deslabazados cuerpos. Han pasado unos cuantos años, van para seis, y yo me he quedado estancado en esa espera del inicio de una revolución-postpandemia que siempre está por llegar. Y mientras no sucede, veo pasar el tiempo de la Historia por la puerta de mi casa, aceleradamente, a toda hostia, pero no así el otro tiempo, el de los adentros, que ese pasa muy lento, igual que entonces, en aquel exuberante verano del Confinamiento en que había que salir a pasear por el monte, con tu perro, clandestinamente. 

Al respecto de esa diferencia de velocidades, recuerdo haber oído decir uno de aquellos días, no se a quién: “qué lentos pasan los minutos, y qué rápido pasa el tiempo”. Y a propósito de la velocidad del tiempo, en "El naufragio del hombre", con más verdad que un santo, dice Alba Rico algo en lo que estoy muy de acuerdo: "la velocidad es el destino tecnológico del hombre, pero es sobre todo -lo he dicho otras veces- el alimento y el combustible del capitalismo. Y lo es porque el capitalismo, que necesita producir cada vez más y cada vez más deprisa, necesita así mismo eliminar, o al menos ocultar, el medio y el obstáculo de su reproducción: precisamente los cuerpos".

* * *

Me mosquea cantidad que toda la gente conocida que me encuentro por la calle, incluso a diario, me pregunta lo mismo todos los días, uno tras otro, “¿qué tal estás?”...y la verdad, ya no sé si es de agradecer. Bien, suelo decirles, y si el grado de confianza es suficiente, para no parecer seco, ni escueto, ni quedarme con las ganas, les suelto esta retahila de aparente agradecimiento: “bien...excepto el cuerpo, todo bien, muy bien, muchas gracias”.

Antes dije lo de la obsesión del Neolítico, porque es cierto que a mí me obsesiona ese tiempo antiguo tanto como a Santiago Alba Rico, pero por razones bien distintas. En "La ciudad intangible. Ensayo sobre el fin del neolítico" (editado por Argiletxe Hiru, 2002) se dice que fue en esa época cuando descubrimos la agricultura y la ganadería, cuando inventamos las herramientas más principales  y logramos con éxito protegernos de la intemperie, mucho mejor que en las cuevas, pero que, ante todo, "el Neolítico fue una victoria sobre el Tiempo, porque pudimos arrancarle un poco de ocio y de tranquilidad al inmisericorde pasar de los días y las estaciones, abrir un paréntesis en el que, simplemente, perder el tiempo y ponernos a charlar, un paréntesis, en definitiva, para eso a lo que  llamamos cultura". Entiendo que no sea fácil hacerse cargo de lo que supone que ese éxito del Neolítico se vea amenazado de raíz ahora, diez mil años después, con esta abrumadora victoria capitalista, la del Impero del Tiempo sobre el cuerpo humano...nada fácil, lo comprendo, hacerse cargo de la dimensión apocalíptica de este derrumbe -a escala de especie- de la singularidad humana, su individualidad, la de cada cuerpo. 

Aún estando muy de acuerdo en eso con Alba Rico, lo mío es porque con los años me he convertido en el único humano convencido de que el progreso de la evolución humana se detuvo en el Neolítico. No por la invención de la agricultura y las ciudades, no por el paso a la vida sedentaria y el descubrimiento del aburrimiento, la conversación, todo eso a lo que luego llamamos cultura, no  por la dictadura del Tiempo, sino sobre todo por su causa última, por esa novedosa invención neolítica de la Propiedad privada sobre la Tierra, sobre el cuerpo de las mujeres y madres, y sobre los cuerpos proletarios de todos los sexos que tuvieron que  ponerse a la venta cuando se quedaron sin Tierra...y qué decir del monopolio de  la religión -y enseguida del Conocimiento- a cargo de aquellos sacerdotes, metidos a científicos en el Siglo de las Luces, cuanto se olieron que Dios había muerto. Todo eso lo trajo el Neolítico, pero la creación del Estado  fue lo peor, esa cosa o  armatoste creado para defender, concretamente a los propietarios de la Tierra y del Conocimiento,  y en general para proletarizar a nuestra especie de por vida...ese "aparato nacional" que organiza verticalmente la vida del mundo entero, incluidos nuestros cuerpos, jubilados o no, en todas las latitudes, sin que nadie haya podido librarse, más que fugazmente, de esa Cosa Armada que gobierna el Imperio del Tiempo, esa que hasta el año 1513 nadie sabía cómo llamarla, hasta que a Nicolás Maquiavelo alguien se le ocurrió ponerle el nombre latino de Status (Estado)...y tuvo que ser Maquiavelo, precisamente.

Cuenten con mi desprecio quienes a estas alturas del Neolítico sigan pensando que la Tierra y el Conocimiento no merecen ser declarados y respetados como bienes "comunales universales"; lo mismo para quienes a día de hoy siguen pensando que la Democracia es solo un "procedimiento participativo", y no un fin en sí mismo; sepan esos creyentes del Estado que su Tiempo ha llegado al límite, que se está agotando a la par que el petróleo: será cuando el precio de un litro  pase de los cinco euros, ojalá sea y pase pronto, pero no a toda hostia no. 

Y desde entonces (en Mesopotamia), nunca más  ninguna otra revolución fue capaz de pensar otras formas de gobierno; y así quedó cerrado el paso a imaginar  formas diferentes de entender y organizar nuestras vidas, como no sea la sometida a la ley que siguen los herederos de aquellos brutos neolíticos, sacerdotes y propietarios, socios capitalistas fundadores del Estado y la Velocidad,  esta forma vertical y absurda de organizar la vida...llegando incluso al absurdo de legislar la propiedad de lo inmaterial e inasible, caso de los saberes, de las costumbres y culturas de los pueblos del mundo y, en general, del conocimiento humano...que así pasan los días, de escurridos y desorientados,  los paisanos, jubilados o no, deprisa, con esa Cultura a cuestas, pasando como turistas japoneses, a toda hostia, soñando fotos y mañanas mejores ...todo en menos que un suspiro. Y llegados aquí, ¿por qué no registrar y comerciar la propiedad de la propia honra, por qué no ponerle un precio, al amor propio, por ejemplo?...sí, un suspiro que dura ya unos cuantos miles de años...demasiados, ¡hay que ver cómo pasa el Tiempo, y qué lentos transcurren los minutos!

* * *

Los viejos olemos a muerto, que lo sepáis. Pero los que nos huelen tampoco son conscientes, como nosotros, de que el tiempo transcurre condicionado a los recuerdos de nuestro cerebro, los que hacen que nos sintamos “cuerpos incompletos”, por culpa de una crónica nostalgia, por los abrazos no dados y por todos los minutos que se nos escurrieron sin darnos cuenta, como agua entre los dedos, distraídos como estábamos con las cosas del mundo de la Cosa. Y aún así, me creo que esa  crónica insatisfacción es mejor que no vivir; aunque, la verdad es que dicho a toro pasado y después de salvar el pellejo un montón de veces, incluido un grave infarto, he llegado a pensar que morirse no es para tanto; no, porque es bien sabido que solo sufren los vivos, los que aquí se quedan, pero no los muertos, que tras ese trance permanecen tranquilitos y al margen, en el país del olvido. Como se sabe, toda vida trata de evitar el sufrimiento, pero eso lo tienen asegurado solo los muertos. 

Con ésto de la vejez, lo que nos pasa suele ser un sentimiento de fatiga y a la vez de naufragio, que busca un descanso (cuando no una botella). Por cierto, el día que me propuse abrir un blog, recién inaugurado este tercer milenio, cuando internet y el correo electrónico todavía iban a pedales, no tuve duda al ponerle título: “La botella del náufrago”. (*) Luego supe que había más blogs con ese mismo nombre y lo cambié por "el blog de Nanín", que soy yo, Antón Dké, el nieto mayor de María la Generala, toresana ella. 

Acabo. Se sabe que a todo náufrago le da por arrojar una botella al mar, conteniendo un mensaje, y que lo hace como básico y obligado gesto de esperanza...y eso me pasó entonces, y me sigue pasando cada vez que escribo algo en este blog: que si el mensaje no le llega a nadie, que no sea porque no lo he intentado.

Como dije, había varios blogs con ese mismo título, y también localicé un libro titulado “Mensajes en una botella que recogen otros náufragos”, que recogía trece poemas extraídos del poemario “Desmemoria pels ulls” (desmemoria por los ojos) (**), publicado originalmente en un blog que se llamaba “La Caiguda” (La Caída), inactivo desde hace un par de años, de cuyo olvido salvé estos versos premonitorios:


No le pidamos tanto al “fin del mundo”

porque Hollywood siempre exagera

La iremos palmando despacito

(¡o rapidito tal vez!)

pero el Mundo seguirá

La hiedra ocupará las oficinas vacías

y un día alguien encontrará un disco duro

y lo usará para partir una nuez


Busco ese blog y compruebo que no hay nada escrito desde mayo del 2024 para acá, y  me quedo con un breve texto, el nº 178, de ese mismo mes:

A pesar de que, se puede decir, vivimos, 

vivimos y fuimos extravagantes y desmesurados… 

En realidad todo lo de la Vida nos iba grande”.


Notas:

(*) A propósito de ese título -La botella del náufrago-, a comienzos del año de la pandemia, publiqué una entrada: https://blognanin.blogspot.com/2020/03/la-botella-del-naufrago.html 

(**)"Desmemoria pels ulls" hace referencia a un trastorno en el que personas con  pérdida de visión experimentan alucinaciones visuales complejas; al no recibir información visual adecuada de los ojos,  el cerebro "llena el vacío" generando imágenes almacenadas o recordadas.




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