| Composición propia con: 1.Título de un documental francés sobre emigración. 2. Imágen del genocidio en Gaza. 3. Performance de Marina Abramovic |
"El humano oral será borrado escrupulosamente de la faz de la Tierra, eliminado para siempre del “paisaje de los homínidos”, un paisaje uniformado y homogeneizado “a consciencia y hasta la indecencia”. Así iniciaba E. M. Cioran su Retrato del hombre civilizado. Con la supresión de la condición oral y con la hegemonía de las instituciones escolares, se produce, según P. Sloterdijk, un afianzamiento del proyecto europeo de “domesticación del hombre por el hombre” -en el marco de las antropotécnicas modernas. Tales “técnicas del hombre” indujeron fenómenos desconocidos en el universo oral tradicional: jerarquía, elitismo, fractura social, subordinación económica..."
Esto decía recientemente Pedro García Olivo en su blog (www,pedrogarciaolivo.wordpress.com), que es uno de los pocos humanos que ven la cultura como arma de dominio social -lo que yo también comparto-, solo que pienso que apunta mal cuando dispara a la cultura como causa de los males de este mundo. Hay en ese pensamiento suyo como una aceptación dramática de la inevitabilidad del mal, un pesimismo constituyente de la existencia humana, que me parece enfernizo y autodestructivo, contrario a la inteligencia y razón propia de la vida -de toda forma de vida, incluida la humana-, que consiste básicamente en lo contrario, o sea, en "querer vivir". Y que, por eso, tiende la vida, con querencia a reproducirse en una fantástica diversidad de modos de existir.
Aún así, yo me siento mucho más en minoría que Pedro G.O., porque a pesar de mi larga edad y de haberme desojado de tanto buscar, todavía no he dado con quien compartir mi diagnóstico: no es la cultura la causa del imperio "natural" de la maldad, no, es algo previo y más simple, es la milenaria institución impolítica del Estado, para proteger mediante la ley de la Fuerza, nuestro primitivo instinto animal de propiedad territorial y reproductiva, respetado como ley propia de todo animal a la propiedad exclusiva de un territorio, un "derecho natural" también del animal humano, que solo hace muy poco supo que vivía en un territorio esférico, del tamaño de un planeta casi redondo, vagando por el cosmos. Y aún así, hemos seguido defendiendo un derecho natural a la apropiación parcelaria de la Tierra, y seguidamente, en consecuencia, a la propiedad del Conocimiento, algo que no puede ser más absurdo...porque ¿cómo es posible la posesión ¡y en exclusiva! de algo inmaterial e inasible?, de algo que además es un producto necesariamente social, en todo caso, y que no solo es "cultura" -como instrumento de dominio o domesticación del hombre por el hombre-, sino que también es creatividad personal y comunitaria, acumulación y transmisión milenaria de saberes y de la experiencia humana, entre pueblos y generaciones, de naturaleza inmaterial, un conocimiento religioso en origen, que con la Modernidad fue transmutado en científico.
Al contrario que la mayoría de mi especie, yo pienso que aunque sea cierto que la maldad, manifestada como "daño al otro", no vaya a desaparecer, sí es posible evitarla en gran medida; lo primero, impidiendo que forme parte de las leyes y el gobierno, y acordando, como propongo, un pacto humano, ecosocial y básico, del común y lo común. Un "común" que refiere a la práctica de la democracia en su forma real y no simbólica o representativa; y "lo común" que refiere a los bienes comunales universales: la Tierra material y propia del común las especies, y el Conocimiento inmaterial y propio del común humano.
La mayoría de individuos creo yo que piensan en la maldad como algo inherente a la existencia humana, y que siendo así nuestra naturaleza, no debería extrañarnos que el mal tenga asiento preferente en nuestras vidas como en los gobiernos de este Mundo. Si el mal ha logrado ser "natural", lo ha sido gracias a la fuerza y por costumbre. Así expresaba Arthur Schopenhauer, en "Los dolores del mundo", esa naturalidad del mal y del dolor que le sigue en consecuencia:
"Si nuestra existencia no tiene por fin inmediato el dolor, puede afirmarse que no tiene ninguna razón de ser en el mundo. Porque es absurdo admitir que el dolor sin término, que nace de la miseria inherente a la vida y que llena el mundo, no sea más que un puro accidente y no su misma finalidad. Cierto es que cada desdicha particular parece una excepción, pero la desdicha general es la regla". .../..."Semejantes a los carneros que triscan en la pradera mientras el matarife hace su elección con la mirada en medio del rebaño, no sabemos en nuestros días felices qué desastre nos prepara el destino precisamente en aquella hora: la enfermedad, persecución, ruina, mutilación, ceguera, locura, etc. Todo lo que apetecemos coger se nos resiste; todo tiene una voluntad hostil, que es preciso vencer. En la vida de los pueblos no nos muestra la historia sino guerras y sediciones: los años de paz sólo parecen cortas pausas, entreactos que surgen una vez por casualidad. Y asimismo, la vida del hombre es un perpetuo combate, no sólo contra males abstractos, la miseria o el hastío, sino contra los demás hombres. En todas partes se encuentra un adversario. La vida es una guerra sin tregua, y se muere con las armas en la mano. Al tormento de la existencia viene a agregarse también la rapidez del tiempo, que nos apremia, que no nos deja tomar aliento, y se mantiene en pie detrás de cada uno de nosotros, como un capataz de la chusma con el látigo. Sólo perdona a los que se han entregado al tedio".
No había sucedido la guerra de Vietnam, ni las revueltas del mayo francés, cuando ya decía Theodor W. Adorno (1903-1969) que la industria cultural no es otra cosa que el mecanismo mediante el cual el capitalismo avanzado convierte la cultura en un instrumento de control social, transformando el arte en mercancía y al sujeto en consumidor pasivo. Así expresaba su amargura al respecto:
"en esta cárcel al aire libre en que se está convirtiendo el mundo, no se trata ya de preguntar qué depende de qué, hasta tal punto se ha hecho todo uno. Todos los fenómenos han cristalizado en signos de dominio absoluto". Respecto de esta amargura reconocía una cierta exageración: ''he exagerado lo sombrío, siguiendo la máxima de que hoy la exageración es el único medio de la verdad.../...la hipérbole se impone ante lo hiperbólico que ha llegado a ser el dominio ganado por la ideología del dinero, que hoy parece ser la única ideología del poder"...
Eso decía Theodor W. Adorno sin tener el conocimiento y la experiencia del mundo que tenemos la gente que hemos vivido después de las dos grandes guerras mundiales, y que ahora asistimos al espectáculo capitalista de otra gran guerra mundial, ahora contínua, dispersa e inacabable, que sucede cada día entre ejéŕcitos estatales, o entre ejércitos y milicias populares no menos "terroristas", una guerra mundial total (GMT), militar, financiera, tecnológica, cultural, industrial y comercial, que transcurre paralela a la cotidiana y sórdida guerra social institucionalizada, que tiene lugar al interior de cada nación-estado como lucha de clases sostenible y perpetua, que sucede a cada hora de cada día en cada rincón de este mundo dividido en Estados y Clases sociales, "naturalmente" gobernado por la ley de la Propiedad (lo que yo digo que es el Mal o pecado original, en contra de la Biblia, no comer del árbol de la sabiduría.
Yo defiendo, por ahora en soledad, que es posible cambiar el curso de la historia, y que son evitables tanto las leyes que protegen el derecho a la apropiación privada o robo de los bienes comunes universales (Tierra y Conocimiento) y a la explotación del trabajo humano, productivo y reproductivo.
No concibo otra forma de evitar el gobierno mundial del mal que propiciando la desaparición definitiva de las instituciones que básicamente sostienen el Orden de la Propiedad mediante un tinglado institucional urdido durante siglos a escala mundial: son los partidos como organizaciones propiamente impolíticas e indemocráticas, son las empresas de la economía propiamente depredadora y capitalista y son los estados-nación, propiamente incomunitarios y totalitarios.
Estoy muy de acuerdo con quien no considere a la maldad reducida a una simple anomalía o patología indidividual., En tal sentido, hay quien, como yo, piensa que el mal real, el más corpóreo, es "el que quiebra los lazos que nos unen como comunidad, desgarrando la empatía y desintegrando la convivencia", así como lo enuncia Ana Carrasco-Conde en su libro "Decir el mal. La destrucción del nosotros". Me gusta su planteamiento: ¿y si el mal pudiera pensarse de otro modo, no será que recurrir al egoísmo nos impide ver otras posibilidades para entenderlo?
Cierto es, como dice Ana Carrasco-Conde, que hemos convertido el mal en un sesudo objeto de reflexión filosófica (y también religiosa, digo yo), sin querer detenernos en la cercanía de un mal imperceptible y ordinario, que podríamos llamar social y político, y que no nos parece tan "mal" por su propia vulgaridad o normalidad, porque es práctica corriente y común, compartida por quienes integramos las poblaciones humanas privadas de comunidad y democracia reales.
Hemos llegado a un punto en que ya no cabe mayor autismo social, en que la empatía ha desaparecido como vínculo y sustancia básica del tejido social, y de la convivencia por tanto. Y lo ha hecho con velocidad proporcional a un desarrollo tecnológico en modo propietario/capitalista que favorece y multiplica las posibilidades de reproducción del mal, a perpetuidad. Estamos siendo cortos de vista si apuntamos solo al dedo índice del mal, que es el fascismo, y no a su causa y cuerpo original, esa idea primitiva y salvaje de la propiedad o robo de nuestro mundo común.
De verdad, lo digo plenamente convencido, porque no hay marcha atrás, que la flecha del tiempo corre solo en un sentido y se han agotado las opciones, quedando solo dos, por este orden de probabilidad: nada o un mundo compartido.
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