lunes, 27 de abril de 2020

SOBRE LA CIENCIA, LA TECNOLOGÍA Y EL CONOCIMIENTO: ALGO MÁS QUE MERCANCÍAS

Ilustración de Pawel Kuczynski









  Por un Pacto (glocal) del Común (3) Sobre la ciencia, la tecnología y el conocimiento: algo más que mercancías

 

Mi desprecio por la tecnología no es general, es selectivo, más referido al manejo interesado en su gobierno, a la tecnocracia. Distingo entre ciencia y tecnología. La tecnología que desprecio no me lleva a extender ese desprecio a toda la ciencia, ni tampoco a todas sus aplicaciones tecnológicas. No desprecio la ciencia médica, como no desprecio la internet, lo que desprecio son sus erróneas aplicaciones tecnológicas, insisto, la tecnocracia.

He aprendido a diferenciar entre ciencia y conocimiento, entre el impulso -permanente - por saber  y el saber mismo (algo temporal y, por tanto, necesariamente contingente, provisional). Y también distingo entre conocimiento como conjunto de saberes y conocimiento como ese complejo proceso de nuestra inteligencia por el que nos relacionamos con el mundo y mediante el cual adquirimos con-ciencia, de nosotros mismos como de nuestro contexto “vital”.

Quien se rinde al desprecio generalizado por la ciencia y la tecnología, casi siempre es por causa de que hemos sido acostumbrados a confundir los avances de la ciencia y la tecnología asociados al éxito del capitalismo que los financia. Sin entender qué es el conocimiento humano, no podremos entender ésta confusión por la que le es atribuido al capitalismo un mérito que no le corresponde.

Pienso que el motivo que nos mueve al conocimiento es un impulso perfectivo del ser, es algo ético. La ciencia académica ha sucumbido durante los últimos tiempos a la pretensión de sistematizar ese impulso por saber, a su especialización, al encasillamiento del conocimiento en trozos estancos; y así, sus aplicaciones tecnológicas son interesadas y necesariamente mecánicas, siempre corren el riesgo de cometer ese mismo error de partida, al servicio del sistema “científico” dominante. Pero la ciencia no se agota en ese espacio académico e institucionalizado, el sistema de poder no puede llegar a tanto, porque el impulso por saber es inapropiable e inembargable, no es un bien que pueda ser expropiado íntegramente por nadie, ni siquiera por el todopoderoso orden estatal-capitalista. Porque el conocimiento es bien universal y propio del común humano, que se resiste a su uso fragmentado, mecanizado y comercial. Si hoy es una mercancía lo es contranatura y siempre por alguna forma de violencia. 
 
¿Quién puede certificar la bondad de la propiedad privada -individual o corporativa- de cualquier parte del conocimiento, si no es por razón de imposición o por delito de robo?, ¿quién se atreve a afirmar que la creatividad de un científico, como la de cualquier ser humano, proviene exclusivamente de sí mismo, y que por tanto le pertenece en exclusiva propiedad?, ¿que “su” invento no se nutre del saber que a él le ha llegado tras ser producido, acumulado y transmitido por las generaciones que le precedieron?, ¿que su invento no proviene de su exclusiva creatividad individual y que ésta nada es sin su relación con ese contexto sociedad/naturaleza al que llamamos nuestro “mundo”?
Eso sólo puede certificarlo quien desconozca el componente inmaterial de la realidad, su parte relacional, sin la cual su parte material es vista como totalidad”, una visión necesariamente simplista, incompleta y contraria a toda evidencia realmente científica.
Creo que quien así piensa de algún modo se ignora a sí mismo, desperdicia buena parte de su propia conciencia, se encasilla y aísla, separándose de una realidad que sólo puede ser completa en su diversidad y en permanente estado de cambio. Todas esas personas permanecen ínmóviles, atadas a su más primario instinto de conservación, estáticas y paralizadas en el estrecho reducto de su “científica” seguridad, empeñadas en ignorar los avances del conocimiento humano en los campos de la física, la biología o la neurociencia cognitiva.  
Cierto es que siempre habremos de temer una posible aplicación tecnológica del conocimiento científico, bien sea en modo estatal, comercial o bélico, según costumbre del sistema que “paga” la investigación científica. Sabemos que “quien paga manda”, pero no deberíamos olvidar de dónde procede el dinero que utilizan los estados y las corporaciones para financiar la investigación científica. No encontraremos una sola tecnología así financiada que no sea convertida irremediablemente en mercancía de consumo, en armamento letal o en herramienta de control social. Y detrás de quien “paga”, de las corporaciones capitalistas y sus estados, no encontraremos ninguna historia que no sea esencialmente delictiva, de violencia y de apropiación o robo, de la tierra y del conocimiento humano, nuestros bienes comunes universales.

Nuestra humana inteligencia no es reducible al volumen de nuestro cerebro, no con ignorancia de la inmensa complejidad de operaciones que nuestro cerebro realiza para relacionarse con el mundo, para intentar conocerlo y conocerse a sí mismo través de esa relación. No sin comprender la innata “vitalidad” de la inteligencia que compartimos con todos los seres vivos. Coincido con los científicos que a partir del descubrimiento de esa vitalidad, aprecian en ella una cualidad ética, no una exclusiva razón material de supervivencia, obligada a un estado de permanente competencia. Salvo en momentos de máximo riesgo, urgencia y alerta, no es eso lo que mayormente nos mueve y motiva; es un impulso inconsciente y vital, es una voluntad de autorrealización y perfección del ser, que encuentra su mejor contexto en la cooperación social y no en la competencia, quedando ésta para la búsqueda de la excelencia, sí, pero también para la satisfacción de instintos más oscuros, como el afán de dominio o la envidia. 
 
Pongamos un par de ejemplos concretos de esa ignorancia acerca del conocimiento humano y del estado de confusión y contradicción que origina:
Podemos ser veganos y, en coherencia, pensar que no debemos consumir carne de pollo, pero que eso es compatible con ser capitalistas, es decir, que nos parezca “normal” el consumo de vidas humanas, el uso de esas vidas para nuestra propia supervivencia. Relativismo caníbal y capitalista sería ésto. Podemos ser feministas y, en coherencia, luchar por la igualdad humana, para que las vidas de las personas -cualquiera que sea su sexo- no puedan ser consumidas por nadie, ni en modo alguno; o bien podríamos luchar para que las mujeres “sólo” puedan ser consumidas en igualdad de condiciones que las personas de diferente sexo. Este feminismo sería relativismo igualitario y capitalista al cabo. 
 
Son sólo dos ejemplos, pero podríamos poner muchos más, como las ideologías de “izquierda y derecha” y muchas otras creencias, maś o menos ilusorias o religiosas; podríamos siempre encontrar justificaciones ambivalentes a esa “coherente” y dual contradicción que enturbia nuestro conocimiento y acompaña a nuestra dialéctica existencia, que se expresa como permanente confrontación moral, entre bien y mal, las dos interpretaciones interesadamente relativas, contingentes y convencionales, que por igual nos constituyen, obligándonos a elegir.
Pues bien, pienso que en esa obligada elección consiste lo que llamamos “libertad”, algo que sólo puede ser tan personal como inseparable de la responsabilidad que conlleva por efecto de sus consecuencias. No hay, pues, “libertades”, no en plural. La libertad es algo personal y singular, algo exclusivo de nuestra conciencia ética, propiamente individual y cualitativa, sustanciada como moral en su práctica social. Cierto que condicionada por las circunstancias y condiciones concretas de nuestra relación (ecológica-social) con el mundo, pero en medida no menor que por nuestra individual percepción y conocimiento de la realidad, ese complejo mundo/sociedad/naturaleza del que somos parte.
No puede ser más inmoral ni más absurdo el comercio del conocimiento que es consustancial al negocio capitalista y que tan bien es promovido y protegido por sus aparatos estatales. Interpretan el conocimiento humano como una mercancía más, al igual que hacen con la Tierra, nuestro otro bien común y universal. La buena noticia es que sólo podrán hacerlo mientras el resto, el común de los humanos, lo consintamos. 
 
Por todo lo dicho, es por lo que propongo la comunalidad y universalidad del conocimiento humano, la urgencia y necesidad de su declaración como “bien común universal”, al menos una declaración unilateral, por quienes así lo comprendemos y compartimos, por pocos que ahora seamos. Yo ya he elegido (no diré que entre el bien y el mal), me inclino por lo que creo mejor, lo mejor para el común de la especie humana y, por eso mismo, también lo mejor para mí mismo.


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