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Ilustración de Igor Morsky |
El
dominio de lo político es aquel en que nada se sostiene sino por
arte de magia (Paul
Valéry)
Si
Puigdemont no hubiera declarado la independencia de Cataluña, ¿el
partido Vox tendría hoy representación parlamentaria en Andalucía?,
¿sería posible la próxima victoria electoral del PSOE si Vox no
hubiera sido catapultado al escenario político por el nacionalismo
catalán seguido de la respuesta reaccionaria del nacionalismo
español?, ¿qué fue primero, esta concatenación de hechos o el
espectáculo mediático suscitado?, ¿sin éste espectáculo, hubiera
sido posible que los principales beneficiarios del resultado
electoral vayan a ser los partidos PSOE y Vox?...son cuestiones a
reflexionar, si bien, soy consciente de que ésta es una pretensión
quimérica a día de hoy, cuando las audiencias están a otra cosa,
enganchadas por la emoción que les suscita la competencia electoral,
reducida ésta a una elección simple entre dos únicas alternativas
de gobierno: unas derechas que nos harán regresar al fascismo o unas
izquierdas que romperán la nación y arruinarán la economía.
Aún
así, me arriesgaré.
A
partir de la última crisis financiera, la ampliación y
fragmentación de la representación política de la burguesía en
dos bloques nacionalistas -el constitucionalista (PSOE, PP,
Ciudadanos, Podemos y Vox) y el independentista (catalán y vasco)-
se complica con una alineación izquierda/derecha que no se
corresponde con los bloques anteriores, haciendo aún más compleja y
confusa la organización política de la burguesía y que expresa muy
bien el grado de división y desconcierto de la clase dominante en
la actual encrucijada histórica, viendo venir un recrudecimiento de
la crisis y obligadas todas esas facciones a su resituación en el
nuevo contexto geopolítico que provoca una nueva alineación de
bloques a partir del eje principal del conflicto abierto entre China
y EEUU. El auge de partidos nacionalistas y de extrema derecha por
todas partes no es sino efecto de esa lucha entre facciones por el
control y liderazgo de los respectivos capitales nacionales en esta
fase agónica del capitalismo global.
Está
abierta una guerra total de bloques por el control global del
comercio y los territorios de interés estratégico, productores de
materias primas y energía, una guerra financiera y comercial
generalizada, que necesariamente conlleva la necesidad de dominio
político-militar. En este contexto, las burguesías nacionales se
juegan el liderazgo del capital nacional en la próxima fase de la
crisis en la que, por la posición geoestratégica de Europa, lo más
probable es un desenlace a favor del bloque liderado por EEUU y su
política proteccionista y ultranacionalista. Europa apunta a su
propia descomposición y el auge de los partidos ultranacionalistas
viene a ratificar este efecto centrífugo, con el Brexit por delante.
Y,
sin embargo, lo que todas estas facciones de la clase dominante no
pueden ocultar es lo mucho que tienen en común: su igual interés
en preservar la tasa de ganancia, la no interrupción del proceso de
acumulación capitalista y, por supuesto, el control absoluto de los
aparatos estatales responsables del “orden” social. En el caso
del estado español, para entender la verdadera naturaleza de este
conflicto interno de la clase dominante, que se dirime en las
próximas elecciones y que tiene a la mayoría social como
cliente/espectador cautivo, basta con conocer la trama financiera
que está detrás de cada corporación mediática y a qué partido
político apoya cada una de éstas. La competición es la forma del
juego electoral, planteado como espectáculo para que pueda pasar
desapercibida su auténtica finalidad.
Nada
de ésto sería posible sin algunos hechos previos y ya consumados,
como que la política se ha convertido definitivamente en un
espectáculo mediático que cuenta con una gran audiencia ampliada
y repartida por todo el espectro ideológico y por todo tipo de
plataformas, analíticas y digitales, igualmente ocupadas en la
producción de opinión, pero cuyo epicentro incuestionable es la
televisión en sus diversas aplicaciones tecnológicas, premium o
gratuitas. Baste ver que los actores representantes de las distintas
marcas políticas han de pasar un casting en el que han tenido que
mostrar “buena imagen y pico ágil”, probando que superan los
cánones televisivos que darán gusto a todo tipo de audiencias.
Así, lo que se oferta es un multiprograma televisivo permanente, con
el formato de concurso en el que a los espectadores se les reserva
un papel protagonista en la final, el día de las elecciones. Las
excitadas audiencias responderán a la expectativa de los
programadores no sin una buena dosis de bronca entre los
concursantes, en una morbosa exhibición que recuerda al programa del
Gran Hermano. Así, con la fórmula híbrida de GH y OT, cada nueva
edición del concurso alcanza su climax participativo ese día de las
votaciones, en que los espectadores tienen puesta su ilusión,
convencidos de que su voto será decisivo para que su concursante
favorito acabe siendo el ganador del concurso, como si fuera su
propio triunfo. Esta personalización del producto es la clave de su
éxito, la magia de su exitoso mecanismo.
Pedro
Sánchez supera con holgura esos cánones televisivos, también
Pablo Iglesias, Pablo Casado y Albert Rivera, pero el quinto
concursante no. Santiago Abascal todavía no tiene suficientes tablas
y por eso el partido Vox tiene que dosificar mucho sus apariciones
en público. ¿De dónde, entonces, su próximo y previsible éxito
electoral, según anticipan y propagan las encuestas y todos los
medios sin excepción?, ¿será por el efecto publicitario que le
reporta su propia ausencia en los platós? Parece una contradicción
que su mejor propaganda sea la que le hacen sus competidores, ya que
todos ellos hablan del “ausente” y todos le tienen muy presente
en sus cálculos, logrando que sobre las ondas siempre acabe
flotando la imagen triunfante de un Abascal montado a caballo. Sus
asesores de marketing electoral ya deben saber que su mejor baza
publicitaria es el espectáculo “antifascista” que provoca,
incluso ausente. Lo cierto es que por alguna misteriosa razón, todos
los concursantes necesitan al partido de Abascal. Algo mágico hace
que el pequeño partido Vox se haya convertido en el partido comodín
que necesitaban el resto de partidos, a izquierda y derecha.
Pero,
a poco que lo pensemos, en este programa televisivo el fantasma “del
fascismo que viene” no es el único protagonista. ¿Alguien
recuerda el empeño de Zapatero en negar la crisis mundial en la que
todavía estamos y el de Rajoy en endosársela a Zapatero? La crisis
aparece normalizada ante las acostumbradas audiencias mediante su
disimulada omnipresencia, al igual que sucede con el fascismo, no
como algo real sino como tema de tertulia, en el que todo argumento
se presenta como relativo y novedoso, como si ya no viviéramos en
una crisis permanente del capitalismo y como si el totalitario
control de nuestras vidas (eso es el fascismo) no fuera la razón de
ser de todos los estados.
Y
atrapados en este bucle sinfín, aquel fin de la historia que
pronosticara Fukiyama resulta un revival sostenible, en esta fase
terminal del capitalismo, del petróleo, del ozono...y del dinero,
que a medida que pierde su valor sólo puede subsistir acumulado y
concentrado en cada vez menos manos. Sólo unos locos se atreverían
a decir que con este panorama nuestro voto sea irrelevante y que no
expresa “la verdadera voluntad de las naciones”, que nuestro
voto no es el verdadero sostén de la democracia...televisiva, vale,
¡pero tan mágica, tan excitante y entretenida!
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