Visitantes y vigilantes
Me intrigan mucho esas personas que trabajan en los museos, esparcidas por las salas, casi siempre sentados en una silla generalmente alta como un taburete, bien situadas en lugar visible a la entrada de cada sala, personas que se pasan la mañana ahí, solas o paseando de arriba abajo y que de vez en cuando te siguen (me mosquean sus pisadas a mi espalda), no sea que se te ocurra tocar algún cuadro o hacer fotos en caso de estar prohibido, ya ves, tú, anónimo visitante jubilado que tienes la entrada gratis...pero ¿quiénes son, me pregunto, estos seres discretos y silenciosos que se tiran horas y horas sin hablar apenas, que disponen de tanto tiempo para pensar o leer novelas o escuchar música, qué misteriosa identidad ocultan...y también me pregunto qué pensarán de nosotros, de los visitantes? Hoy, un vigilante me ha llamado la atención, era un chico muy joven: caballero, disculpe, no se pueden hacer fotos, me dice, y yo me quejo inmediatamente: solo hago fotos de los textos, que me gusta leerlos luego, tranquilamente en casa, es que aquí me cansa mucho, sabes...no solo la vista, también las piernas...le comprendo, señor, pero son las normas. Pienso lo duro que sería el oficio de "visitante de museos"...si fuera un oficio, porque cansa tanto este mirar y mirar leyendo sin parar, de pie, durante tantas horas.
El Museo de León ocupa un singular edificio de nombre Pallarés, construido en 1922 como almacén y comercio de ferretería que durante cerca de sesenta años se mantuvo como grandes almacenes comerciales. Hoy es el museo más antiguo y nutrido de esa provincia y el único de titularidad estatal en la ciudad. Dice de sí mismo que "custodia, incrementa, investiga y difunde el patrimonio cultural mueble en manos públicas, el que nos pertenece a todos". En 1987 su gestión fue transferida a la Junta de Castilla y León y sus temas son la arqueología, artesanía, las bellas artes, la epigrafía y la numismática, organizado en siete áreas de conocimiento: Prehistoria, Romanización, el final del mundo antiguo, la Edad Media, la Edad Moderna, el Mundo Contemporáneo, a lo que hay que añadir las magnificas vistas que ofrecen sus grandes ventanales, asomados sobre buena parte del cogollo monumental de esta amable ciudad de León.
Al principio de los tiempos, donde estamos
"Os entrego todas las plantas que existen sobre la tierra y tienen semilla para sembrar; y todos los árboles que producen fruto con semilla dentro os servirań de alimento; y atodos los animales del campo, a las aves del cielo y a todos los seres vivos que se mueven por la tierra les como alimento toda clase de hierba verde. (Génesis, 1, 29-30).
Con
el dominio de la agricultura surgen la ideas de propiedad y
acumulación de capital, y los derechos de herencia y patriarcado
que sentarán la base rústica del Estado-nación-capitalista-moderno. También la primera arquitectura monumental a base de menhires que
marcan límites y caminos, y de dólmenes funerarios que sirven para
enterrar a los muertos y señalar de paso a qué clan pertenece
la tierra circundante. Pronto, las primeras ciudades-estado, los
primeros atisbos de democracias simuladas, y todo a base de trabajo esclavo,
servil o asalariado...o sea, lo de siempre. Se dice en el panel
correspondiente que: "más tarde, en plena Edad de los
Metales, se construyen poblados fortificados, se extienden el cereal
y la ganadería de pastoreo, aparecen los excedentes, los contactos
mercantiles, la acumulación de riqueza y poder en aristocracias
y una organización social ligada al parentesco, con sistemas de
jefaturas y frecuentes rivalidades".
El signum equitum de los equites
En el pueblo donde vivo, a orillas del Pisuerga, por encima del caserío del barrio de abajo tenemos un cerro que llamamos del Otero. Se sabe que en los siglos previos a la invasión romana ese alto fue un castro fortificado, donde habitaron los primeros paisanos del lugar, de cultura celta, cántabros para más señas. Allí fue encontrado un magnífico ejemplar de signum equitum, un objeto con la forma de un caballo, hecho en bronce, que se empleaba como remate en los bastones de mando, cumpliendo una función distintiva de pertenencia a la clase social de los equites, los ricos propietarios de un caballo que constituían la pequeña aristocracia guerrera de aquellos tiempos.
Digo
ésto porque en el museo de León me fijé en una fíbula o alfiler
de los que usaban los romanos, con la figura de un jinete y un
caballo que me recordaba al encontrado en el Otero de mi
pueblo...y ya se sabe que muchas veces una cosa lleva a otra: así
que en otro lugar del museo me encontré con una acuarela enmarcada
en un rústico marco, que estaba firmada por Juan Crisóstomo Torbado
Flórez (1867-1947), dando cuenta de su adquisición en 1926.
Despertó mi curiosidad y ya en casa pude averiguar cosas sobre este
personaje, el arquitecto Torbado, nacido en Galleguillos de Campos,
al parecer muy conocido como responsable de la restauración de la
catedral de León. Leo que en 1897 se casó con la "facundina"
Paula Franco, con quien tuvo ocho hijos, y gracias a eso me entero de
que "facundina" es el gentilicio propio de las gentes
nacidas en Sahagún. Y lo más curioso de cuanto averigué, fue a
través de una publicación del Diario de León: resulta que a
Juan Crisóstomo Torbado no le importaba cobrar sus honorarios de
arquitecto en la restauración de la Catedral de León tomando algo
artístico de valor, tal como una tabla del retablo de Nicolás
Francés. En las crónicas de aquel tiempo, de J.C.Torbado se decía
que era "seco
de carnes y enjuto de rostro, de mirada profunda, sabio y socarrón,
ataviado con una poblada barba que fue blanqueando con el paso de los
años".
De península a colonia, una mina de oro
"A partir de entonces fueron fieles y tuvieron una paz duradera, no sólo por su ingenio bien dispuesto para las artes propicias en una situación de paz, sino también por el buen entendimiento de César, quien recelando de la buena fe de quienes se escondían en los montes, les mandó habitar en la zona llana y trabajar la tierra" (Floro, II, 33,40-60, siglo II d.C).
Mira que me lo estoy imaginando: un montón de gente cabizbaja, cántabros, habitantes del Monte Bernorio, bajando derrotados al llano de Aguilar de Campoo, donde había un gran destacamento militar, junto al que comenzaron a construir sus nuevas cabañas urbanas, unos siglos antes de levantar grandes naves de ladrillo y hormigón, donde dedicarse a fabricar galletas.
Emigrar al campo, digo yo, para que decaiga el imperio
"Qué villa, pues, es ésta, dijo, que no tiene ni los ornamentos de la ciudad ni las dependencias rústicas?, se preguntaba en el siglo I antes de Cristo un tal Varrón, considerado sabio y polígrafo, militar y funcionario romano que fuera también escritor, autor de "Las cosas del campo".
En torno al siglo III de la era cristiana se produce un desplazamiento de la ciudad al campo que marca la decadencia del imperio romano. La vida suntuosa y tranquila de los hacendados romanos deja a las ciudades sin ingresos por impuestos, y así, sin poder mantener a funcionarios ni realizar obras, los municipios se empobrecen y deshabitan en consecuencia. Es el tiempo de la Hispania Vaciada.
Que la vida terrenal no os seduzca
Una señora en silla de ruedas, acompañada por un hombre algo mayor que ella, está contemplando un epitafio primorosamente escrito en piedra blanca de mármol. Entonces, espero para poder hacer una foto. Y cuando se van, la señora me mira y me parece que hace una seña con la cabeza indicando el epitafio, lo que entiendo a la primera. Esto dice el texto del epitafio musulmán primorosamente escrito en mármol, siglo X, hallado en Vega de Boñar:
"En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso, oh hombres, la promesa de Dios es verdad. Que no os seduzca la vida terrenal, y que no os seduzca, ¡por Dios!, el Seductor. Esta es la sepultura de al-Husayn".
Caminos de peregrinación y románico, más allá de lo visible
Sobre el trazado de una vieja calzada romana que probablemente ya había sido senda prehistórica (ya se sabe que la Historia cumple la misma edad del Imperio) y que es un haz de arterias hacia el Occidente, la aparición (sin duda imaginaria) de la legendaria tumba del apóstol Santiago revitalizó el camino que unía el Finis Terrae hispano con las tierras allende los Pirineos.
A propósito de las peregrinaciones, ya puestas de moda siglos atrás, desde antes del cambio del milenio, en el siglo XIII ya decía Alfonso X, en sus Siete Partidas:
"...por gusto de hacer esto extrañanse de sus linajes y de sus lugares, y de sus mujeres, y de sus casas y de todo lo que tienen, y van por tierras lejanas lastimando los cuerpos y gastando los haberes buscando los santuarios". Cómo podría ese rey sabio imaginar que en pocos siglos ese lastimar de los cuerpos iba a convertirse en un negocio, turismo, como se dice hoy en día.
Cuando las imágenes eran menos abundantes, sin duda sus significados eran más profusos, y se servían de un rico lenguaje simbólico que remitía a textos (de ahí el término icono-grafía) de honda tradición cultural.
Me detuve un buen rato delante de un grupo escultórico de arte románico, hecho en madera policromada, cuyo motivo es "El Calvario", que incluye tres figuras, de Cristo, María y Juan. Data de mediados del siglo XII y procede de la iglesia de San Miguel de Corullón. Me detuve, más que nada por el gesto de la niña que el escultor tuvo de modelo mientras imaginaba aquella niña-madre atormentada por la pérdida de su hijo. Disculpo la falta de rigor en el relato, por ser imposible ser madre-niña de un muerto con edad de más de treinta años, eso me da igual, lo que me importa es el gesto de pesadumbre, el sostenerse la cabeza con una de sus manos, es el sentimiento de dolor contenido que transmite, sereno, inmenso, más allá de lo visible.
Hágase la luz en León y, de paso, una catedral francesa
Me cuesta imaginar un poblachón del medievo, como era León en el siglo---cuando se comenzó la construcción de una catedral altísima y tan grande, en medio de una mayoría de casas con techo de paja, con calles de tierra llenas de charcos, de hoyos y piedras, y con apenas cinco mil habitantes, de un tamaño parecido a la actual villa de Aguilar de Campoo.
"Banquete de Herodes", pintura al temple y óleo sobre tabla, obra del Maestro de Palanquinos, de finales del siglo XV (Museo de León)
De seguida, un renacimiento
"Es tan poderosa la naturaleza y tan varía en sus cosas, y el mundo tan grande, que cada día vienen a nuestra noticia muchas novedades".
Eso decía en 1570 Antonio de Torquemada, el escritor leonés y renacentista, autor del "Jardín de flores curiosas", quien nada tuvo que ver con el famoso inquisidor de su mismo apellido. Adquirió fama de pacífico y humanista, conocedor de la obra de sus contemporáneos Luis Vives, Nebrija y Erasmo de Roterdam. Recordemos que unos años antes, en 1521, la derrota de las Comunidades ya había marcado una línea de distancia con la Edad Media. Imagino un cierto ambiente de euforia, identificado como "humanismo" con el paso del tiempo. En esos años, por cierto, llegaron a la ciudad de León un grupo de escultores europeos para trabajar en el convento de San Marcos, el francés Juan de Juni entre ellos. En años precedentes, un enigmático artista anónimo pintaba cuadros tan coloridos como el que he puesto más arriba; se le considera autor de seis tablas halladas en la parroquia de la aldea de Palanquinos, situada al sur de la ciudad de León, por eso reciba el nombre de "Maestro de Palanquinos".
Un aparato barroco de apariencias
"El hermoso aparato de apariencias, de trajes el ornato, hoy prevenido quiero que, de alegre, liberal y lisonjero, fabriques apariencias que de dudas se pasen a evidencias" (Pedro Calderon de la Barca, "El gran Teatro del Mundo", 1635).
Dice uno de los textos del museo de León, acerca del Barroco, que "el gusto conventual por el naturalismo costumbrista es el retrato de una sociedad agazapada tras la imagen que quiere dar de sí misma".






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