miércoles, 28 de enero de 2026

LA OBLIGACIÓN MORAL, ECOSOCIAL Y POLÍTICA, DE COMBATIR EL PESIMISMO

 

 

"Existe una obligación moral de combatir el pesimismo, pues cada persona que cree en el triunfo del mal  hace más probable su triunfo”. Jorge Riechman

 

Me desplacé hasta Avila el pasado 15 de enero para estar en la presentación del último libro de Jorge Riechman, titulado "Donde el amor, allí el mundo. Ensayos sobre simbioética". Por entonces yo tenía el libro leído solo a medias y en una entrada previa a dicha presentación, el día 11, decía que "la simbioética de Riechman parte de una posición moral de amor compasivo, que él entiende como congruente con lo que de hecho somos ontológicamente: holobiontes en un planeta simbiótico. Definida con sus propias palabras, simbioética es la vertiente moral de una reflexión que políticamente se articula como "ecosocialismo descalzo". Esto último es algo que yo no entiendo en qué consiste y que tampoco lo veo suficientemente explicado en sus textos. Por eso que tuviera tanto interés en escucharle directamente.

Pues bien, fue muy interesante estar presente en esa comunicación de Jorge Riechman, primero, porque su voz pausada y sentida se agradece en estos tiempos, y porque acompaña muy bien a la razón moral que él añade a la argumentación científica de su teoría simbioética. Pero estando completamente de acuerdo en ello, la verdad es que sigo sin entender cómo se articula políticamente el proyecto ecosocialista de un "socialismo descalzo", que viene a ser su propuesta y también la de la corriente neomarxista de la que Riechaman es principal exponente en el Estado español. Me sorprende en esa corriente su carencia de pensamiento estratégico, y de una crítica realmente radical, que no perciban la trágica dimensión "ecosocial"  del "derecho liberal" a la Propiedad privada de la Tierra; o que todavía sigan esperando alguna utilidad democrática o emancipadora del Estado. Es como si en el Sistema dominante solo vieran la superficie de los síntomas y no sus causas profundas, históricas...tal como hace la medicina farmaceutica-industrial, y como si no hubiera otra alternativa que una paciencia franciscana  en espera de una supuesta "solución decrecentista" a partir del propio colapso del Sistema, lo que viene a ser algo así como una pasiva contribución al triunfo del mal, en contradicción -me parece a mí- con el  imperativo moral del que habla Jorge Riechman.

Recién acabado de leer ese libro de Riechman,  me llegaba a casa "El apoyo mutuo. Un factor de evolución", obra del geógrafo y anarquista ruso  Kropotkin (1842-1921),  que recientemente ha sido publicado por la editorial "Pepitas de calabaza" en su 5ª edición. Lo pedí porque el ejemplar que yo tenía era de una edición antigua, que yo leí en los años 80 y que es uno de esos libros que corren prestados de mano en mano y que nunca vuelven. En el prólogo de esta reedición, Ashley Montagu  dice que "en su versión divulgativa, la teoría de la evolución de Darwin suele llegarnos filtrada por la ideología capitalista, que se ha apropiado de ella para justificar científicamente sus presupuestos. Y aunque Piotr Kropotkin no fue el primero en denunciar esa grosera manipulación, sí fue el primer naturalista que estuvo en condiciones de ofrecer un estudio pormenorizado de sus implicaciones. Y lo que Kropotkin descubrió puede ser fácilmente resumido: los más aptos no tienen por qué ser los más fuertes, ni los más individualistas, sino los que mejor se adaptan al entorno. Y las especies que más posibilidades tienen de sobrevivir son aquellas que saben encontrar en la solidaridad la mejor arma para asegurar su devenir. Así aparecen las nociones de apoyo y ayuda mutua. Pero Kropotkin no se limitó a ofrecer una explicación ajustada de los presupuestos de Darwin, sino que extendió su razonamiento a la especie humana en su conjunto. Así, identificó las circunstancias y procesos históricos que demuestran que es a través del apoyo y la ayuda mutua —y no a través de la lucha despiadada de todos contra todos—, cómo las sociedades humanas han podido extenderse y afianzarse, identificando los periodos de mayor expansión de esta idea con aquellos en los que el ser humano ha logrado dar lo mejor de sí mismo como individuo y como especie. Y, acertadamente, en el prólogo de esta última edición, se dice de este libro de Kropotkin que "todavía no ha agotado su poder de seducción y de inspiración para cualquier propuesta que se niegue a aceptar el desastre como escenario inevitable en el futuro".

Fue en los años 70 cuando leí por primera vez ese libro, bastante antes de la "Ecología de la libertad" de Murray  Bookchin (1921-2006), hoy considerada como fuente primera del pensamiento ecosocial. Luego supe de su propuesta política del "municipalismo libertario", que evolucionaría hacia el "paradigma comunalista", del que yo me siento deudor. Desde el principio, me interesó la obra de Murray Bookchin, tanto como su ejemplo de activista comprometido, a diferencia de otros intelectuales, fueran de tradición marxista o anarquista. A día de hoy, el pensamiento ecosocial sigue siendo común a estas dos tradiciones. Yo me sitúo en la línea del paradigma comunalista de M. Bookchin, si bien, actualizado a las condiciones históricas de este siglo XXI, necesitado a mi entender de un nuevo y global pacto social a escala de especie, lo que nunca antes fue posible, solo ahora, en este siglo en que asistimos a la incipiente emergencia de una "común conciencia de especie", junto al renacimiento de  la Bestia totalitaria, y al temor, de igual dimensión global, que asocia la  crisis y colapso de la actual civilización estatal/capitalista con la extinción  de nuestra especie. Pienso que esta novedosa conciencia global o de especie es simbioética, en el sentido ecosocial y moral que dice Jorge Riechman, pero que a mi entender solo tiene alguna posibilidad mediante  un previo y  prepolítico "Pacto del Común Humano", que contemple necesariamente la declaración  de la Tierra y el Conocimiento en su integridad, material e inmaterial, como bienes comunales universales, respectivamente:  del común de la Vida y del común de nuestra Especie. Se comprenderá que este Pacto comporta un implícito acuerdo de abolición universal de todas las formas de Propiedad Privada sobre los comunales universales de la Tierra y el Conocimiento, como  de toda forma de división social por razón de clase, raza o sexo y, por tanto, incluye necesariamente la abolición de toda forma de gobernanza indemocrática, al modo "Estado".

 

El pensamiento hoy dominante, es liberal y antropocéntrico, entiende  que  por su inteligencia superior, el individuo humano está por encima de todas las especies, llegando a creerse no-animal, una especie de ángel o extraterrestre al margen de la naturaleza, al que le incomoda mucho su parecido físico con algunas especies de simios. Eso es, sin duda, un error. Pero no lo es menos la ideología animalista que nos considera como un animal cualquiera, al mismo nivel que nuestras mascotas, pasando por alto la excepcional singularidad de nuestra especie. Por cierto, que a Jorge Riechman, cuando defiende ésto mismo se le olvida  incluir entre las singularidades que nos distinguen entre el conjunto de especies, una que  a mí me parece de las más sobresalientes, que es la de ser "el único animal que vive sabiendo que va a morir".  

Un individuo irresponsable es el tipo medio de homo sapiens contemporáneo, cuya forma de existencia es funcional a un Orden jerárquico del que solo participa como objeto pasivo y subordinado, al igual que la parte mayor de las multitudes urbanizadas que hoy pueblan el planeta Tierra. Ese irresponsable individuo-medio es alguien que  por costumbre y sistema rehúsa hacerse cargo de las implicaciones, tanto materiales como éticas, derivadas de su   relación ecosocial (que  yo identifico como "política"). Tal irresponsabilidad social y ecológica, es amoral y política en esencia, pero no ontológica: "no somos holobiontes  irresponsables por naturaleza". Su causa no es natural, sino política, histórica y cambiante por tanto: es ese primitivo sistema de organización social en modo estatal o jerárquico,  que encuentra justificación en una supuesta "irresponsabilidad natural" de la condición humana. Desde su origen milenario, el Estado significa la institución de la vida humana como "lucha de clases", en competencia permanente por  recursos naturales cada vez más escasos. Por eso que la denominada  "razón de Estado", básicamente consista en la creencia en un "derecho natural"  al monopolio de la fuerza de las clases dominantes, que legitima y naturaliza la necesidad de un Orden   jerárquíco y naturalmente impuesto a una sociedad humana subordinada, compuesta por individuos pasivos y "libres" de toda responsabilidad ecosocial, moral o política. 

Ese individuo humano contemporáneo, estatalizado e irresponsable, ese que ahora exhibe su pesimismo existencial,  es el mismo "simio averiado" al que se refiere con frecuencia Jorge Riechman.

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