Economía del absurdo: cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo y viajar más deprisa es un deporte de alto riesgo.
He leído que China continúa innovando con el desarrollo de trenes de levitación magnética, que podrían alcanzar velocidades de hasta 1.000 kilómetros por hora, lo que viene a ser unas cinco veces la velocidad de los trenes que descarrilaron en Adamuz (Córdoba) el pasado 18 de enero, que en el momento del accidente circulaban a muy poco más de 200 Km/h.
Los trenes magnéticos de China utilizan potentes imanes para
levitar y propulsarse sin contacto con las vías, ofreciendo
una forma revolucionaria de transporte de alta velocidad. Ténganse en cuenta que los trenes AVE no superan los 310 km/h y que los aviones comerciales que realizan rutas
transoceánicas suelen volar a un máximo de 860 km/h.
En otro periódico leo que los
conductores de automóviles siguen insistiendo en subir la velocidad máxima en las carreteras españolas, mientras que la Dirección General de Tráfico se sigue
reafirmando en los 120 km/h. Los expertos aseguran que las
consecuencias en caso de accidente no compensan respecto al ahorro en
tiempo. El
23% de los accidentes mortales están relacionados con una velocidad
elevada, que ya es la tercera causa de muertes en los accidentes de
carretera. En su página web la propia DGT insiste en lo más obvio: la probabilidad de morir o de sufrir accidentes con lesiones graves y permanentes se incrementa exponencialmente con el aumento de la velocidad. Es pura física: cuanto más rápido
se circula, más tiempo y espacio se necesita para frenar por completo
y evitar el accidente.
Sostengo que la "alta velocidad" es en sí una idea propiamente capitalista, perfectamente emparejada con la finalidad de este primitivo (1) sistema de pensamiento que en su forma contemporánea entiende la economía como "negocio-en todo-por todo-para todo y a toda costa", una idea emparejada también con la no menos absurda de un Crecimiento Contínuo, que necesariamente comporta la depredación sin limite de los recursos naturales, usados como si fueran una "materia prima infinita", en una burda exhibición de ignorancia científica y con absoluto desprecio por el conjunto de la Vida y, más concretamente, por el futuro de nuestra propia especie.
Díganme ¿para qué sirve ir de un sitio a otro a 300 kilómetros por hora...y por qué no a 500?...fíjense: ¡ir de Madrid a Barcelona en solo una hora!...¡o en media hora cuando tengamos los trenes chinos que levitan mágicamente sobre los carriles!...pero es que tal prisa y tal riesgo solo pueden explicarse mediante una lógica del absurdo, como es la del mercado capitalista, que para ser competitivo necesita correr más y más, para llegar antes, con un patológico impulso competitivo que convierte la competencia mercantil y laboral, entre empresas y personas, en una peligroso deporte extremo.
El concepto "lowcost" tiene mucho que ver con la alta velocidad y la dinámica autoexpansiva y destructiva del sistema capitalista. Tuvo su origen en las aerolíneas de EE. UU. y Europa, y digan lo que digan los expertos, todo el mundo sabe que básicamente consiste en eliminar costes para abaratar el precio. Su expansión fue muy rápida hacia otros muchos sectores (moda, alimentación, telefonía...). Los economistas de ideología capitalista suelen explicar que esta práctica surgió en los años setenta en las líneas aéreas "para democratizar los desplazamientos y, por tanto, la industria turística". Pero lo cierto es que el lowcost es ya una necesidad inherente al capitalismo y a su sistémica necesidad de competir creciendo sin parar, lo que obliga a las empresas a automatizar al máximo la producción de bienes y servicios, comportando una drástica reducción del trabajo humano; todo ello, para producir más cantidad a precios cada vez más baratos. Y como el sistema no puede existir sin un mínimo beneficio que le permita acumular capital, su propia existencia a futuro está forzosamente condenada a una absurda dinámica de contínua aceleración para ser competitivo, que tiende al "precio cero" por unidad de producto... sí, completamente absurdo, pero que todavía funciona. Y seguirá funcionando aunque sea en precario, de burbuja en burbuja y de crisis en crisis, cada vez más próximas, al menos mientras le quede el mínimo suficiente de energía fósil a la que el sistema debe su "exito". El margen de su definitivo colapso está en el tiempo que dure la ilusoria transición energética hacia unas falsas energías renovables que nunca podrán sustituir al carbón y al petróleo que hicieron posible el desarrollo y hegemonía capitalista.
Lo preocupante es no saber qué hacer en este margen, como sociedad, para que el derrumbe del sistema sea lo menos destructivo posible. Y a escala personal, coincido con Josep Burgaya (2) en que "deberíamos
controlar algunas pulsiones inducidas, como la del movimiento
continuado y la aceleración (la Alta Velocidad del sistema), porque son poco más que la
mercantilización absoluta de nuestro tiempo". Josep Burgaya Riera es profesor de Historia Contemporánea y autor de un premiado libro con el título: "La economía del absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo", que da en el clavo con ese sugerente y aclaratorio subtítulo.
Hay quienes, defendiendo el Estado de Bienestar (lo que vendría a ser "el mejor capitalismo"), no dudan en calificar a este sistema -contradictoriamente, a mi entender- como una "economía del absurdo", tal como hace el autor antes mencionado. Personalmente, me parece increíble que haya "expertos", junto a gente ecologista, feminista y progresista, que todavía tengan puesta toda su esperanza en una imposible reedición del "estado de bienestar", si no es con petróleo infinito y con más expolio colonial. Increíble, cuando saben que la única opción que tiene el Sistema para perpetuarse es un genocidio progresivo, que reduzca la población mundial a una cantidad "manejable" por las Fuerzas del Orden, combinado con políticas estatales de ecofascismo edulcorado, con decrecimiento sistémico y renta básica de subsistencia para las grandes masas improductivas que van a ser expulsadas del mercado laboral por la Inteligencia Artificial.
Todo eso, que es el programa obligado para la propia supervivencia del orden estatal/capitalista, es el mismo y único programa que pueden ofrecer las últimas izquierdas del Sistema, que, como se comprenderá, ya le son perfectamente prescindibles. Como Trump enseña, al Sistema le sobra la fachada de "pluralidad" y "democracia" que tan útil le fue en pasados tiempos.
Ya
que he mencionado la época denominada del "Estado de Bienestar", hay que decir que ésta
se consideró acabada con la crisis del sistema financiero global en 2008, y que en el Estado español tuvo sus mejores momentos coincidiendo con el despliegue, en los años 80 y 90, de la red estatal de autovías
y autopistas, junto a la de la alta velocidad ferroviaria (AVE). Téngase también en cuenta que el Tratado de Adhesión a la UE fue firmado por Felipe González en junio de
1985 y que la línea Madrid-Sevilla de alta velocidad fue inaugurada en 1992, coincidiendo con
la Exposición Universal de Sevilla y gracias a las sustanciosas
subvenciones de los fondos europeos.
En una entrevista personal, a la pregunta ¿cuáles son los rasgos principales que definen el término “absurdo” utilizado por usted como metáfora para caracterizar la economía capitalista?, Josep Burgaya, experto en la historia del capitalismo, respondía: "creo que son muchos los aspectos del capitalismo de las últimas décadas que se podrían situar en la categoría de “absurdo”. Quizá el principal es el de estar instalado en una lógica absolutamente autodestructiva".
Y en otra entrevista en torno a otro de sus libros, el titulado "Homo Movens. El imperativo de la movilidad y la turistificación del mundo", este mismo autor afirma que "el imperativo del movimiento (y de la alta velocidad, añado yo) sobre el que se sostiene la práctica del turismo, es claramente un caso de alienación, quizás el mayor que existe en la actualidad.”
Son de agradecer análisis tan críticos como éste, procedentes de la crítica de tradición marxista, pero a mí me parecen muy insuficientes mientras no vengan acompañados de una reflexión mucho más profunda -y estratégica- acerca de los dos básicos sistemas que estructuran las sociedades contemporáneas -Capitalismo y Estado- que a mi entender se corresponden y tienen su fundamento original en los mismos y más primarios instintos animales (los de propiedad y jerarquía) que compartimos con otras muchas especies.
Es tal el desvarío evolutivo en el que estamos atascados, que lo peor que podemos hacer en esta situación de inminente colapso, es pensar con la misma prisa a la que nos desplazamos en Alta Velocidad, como autómatas descerebrados. Nos vendrá bien recordar esta enseñanza de la sabiduría popular, acumulada en siglos de experiencia y conocimiento: "vísteme despacio que tengo prisa".
Notas:
(1) Digo que Capitalismo y Estado conforman un mismo sistema, que corresponde a un pensamiento muy primitivo, cuyo fundamento indiscutible son los mismos y primitivos instintos de propiedad y jerarquía que compartimos con otras muchas especies de animales y que la evolución de nuestra especie todavía no ha logrado superar.
(2) Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB. Desde 1986
es profesor titular de la Universidad de Vic, adscrito a la Facultad de
Empresa y Comunicación, de la que fue decano entre 1995 y 2002. Ha
impartido docencia en materias de historia económica, de pensamiento
contemporáneo y de organizaciones internacionales políticas y
económicas, en las titulaciones de Ciencias Empresariales, Periodismo,
Publicidad y Comunicación Audiovisual. Articulista de prensa y
ensayista, últimamente ha publicado los libros El Estado de bienestar y
sus detractores. A propósito de los orígenes y la encrucijada del modelo
social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y la versión
catalana de esta La economía del absurdo, trabajo que le valió el premio
de ensayo Joan Fuster y que publicó la editorial TresiQuatre en 2014.
Dirige el posgrado «Economía Verde. Una opción de futuro», que imparten
la Universidad de Vic y el Colegio de Economistas de Cataluña.

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