domingo, 15 de abril de 2018

EL OTRO “PROCÉS”: LA HORA DE LA ANTIPOLÍTICA


¿Cómo que es la hora de la política?...estoy harto de escuchar esa sobada frase, mil veces repetida por la clase política y otras tantas replicada por una opinión pública irreflexiva y cacatúa. Me harta mucho más en una época en la que nunca había estado tan nítido que es precisamente en la política donde está el origen de los problemas que más nos acucian, al haberse apropiado de todos los discursos y diagnósticos, cuando nunca como aquí y ahora los asuntos vitales, sociales, culturales, económicos, legales han estado tan enmarañados, absorbidos y monopolizados por la política, siendo prácticamente imposible distinguirlos sin hacer un retorcido ejercicio imaginativo y si no es a través de la lente única de la política.
Lo que aquí, como en la mayor parte del mundo, convierte el orden actual en totalitarismo hegemónico (neofascismo global) consiste precisamente en haber logrado naturalizar, imponiendo de facto, que “toda la vida” sea comprendida como “política” o inluso como “apolítica”, pero de tal modo que no haya resquicio alguno de la vida humana que no esté intervenido por la política, por un poder difuso y omnipresente, hasta el punto de asumirlo como algo natural e incuestionable, omnímodo y totalitario.

La política/apolítica no es lo que falta, muy al contrario es todo lo que le sobra a nuestras vidas. Su praxis (no su teoría, que da para muchos cuentos), no deja sitio a otra acepción que no sea la que identifica esta actividad con su consustancial forma de ser ejercida, la estatal-capitalista. Así, el capitalismo es la economía, la economía es la política, la política es la ley y ésta es el Estado, todo Estado y sólo Estado, al igual que lo que entendemos por democracia, por asuntos públicos o privados, por religión o justicia, e incluso hasta lo que entendemos por bien o por mal...todo acaba siendo asunto de Estado y sólo de Estado. No cabe otra posibilidad, hace tiempo que Estado y Política es lo mismo: todo lo que impide la democracia, todo lo que destruye tanto al individuo como a la comunidad; en definitiva, todo lo que se opone a la vida en todas sus formas, no sólo a la humana.

La clase política nos quiere clasificados, como políticos y apolíticos, de izquierdas y derechas, enfrentados y confusos, en masa y aislados...pero una vez descubierto el pufo ilusorio del Estado de Bienestar, ya no se andarán con pamplinas democráticas, van a volver a lo suyo, al recurso de la fuerza bruta, al ejército y la policía, a dar hostias en nombre de la ley, porque sospechan que el mundo (“su” mundo) ha entrado en una peligrosa fase de descomposición. 
 
Confían en su fuerza y experiencia, combinan la guerra con las cortinas de humo, subvencionan ciudadanismos y populismos, de izquierdas, derechas y centros. Pero a no tardar lo tendrán cada vez más crudo, por una razón todopoderosa que todavía ignoran: su orden estatal-capitalista es portador de un germen autodestructivo que no necesita enemigos, como no sea para justificar su propia violencia, su razón de Estado.

La hora que sí ha llegado es la de la antipolítica, un “proceso” al que unas pocas y pocos hemos empezado a llamar “de revolución integral”. El Estado se basta a sí mismo para alcanzar el estado de putrefacción, su destino inexorable, no necesita nuestra ayuda, basta con situarnos enfrente y al margen. Pero eso hay que prepararlo, tenemos que preverlo, para no acabar sepultados por sus escombros y por su propia mierda. 
 
Lo que ahora toca es dejarle sólo, salir de su juego de cartas marcadas, dejar masivamente de votar, de parlamentar y pancartear en su terreno. Toca reconstruir en comunidad nuestra maltrecha individualidad, ir escapando de su telaraña ministerial, del trabajo esclavo/asalariado, de sus falsos mercados, ayuntamientos y autonomías. Crear ajuntamientos asamblearios, autónomos y sus libres confederaciones, confederaciones y ajuntamientos propios, realmente democráticos y comunales, dejar en soledad al Estado hasta aislarlo, para que se cueza en su propia salsa putrefacta...pero hay que empezar ya, porque preparar todo eso costará mucha organización y esfuerzo. Y llevará tiempo, porque todavía somos muy pocos en ese empeño y, como mucho, dispondremos sólo de un siglo, de éste.


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