miércoles, 16 de octubre de 2013

LA MANIFESTACIÓN DE LEÓN: EN DEFENSA DE LA DEMOCRACIA LOCAL, DE LOS BIENES COMUNALES Y DE TODO LO CONTRARIO.


La plataforma creada en defensa de los concejos y las entidades locales menores, organiza una manifestación en León, el próximo 20 de octubre, en la que una vez más será escenificada una ceremonia de la confusión, ya clásica, en torno a los conceptos de bien comunal y democracia.
Con tal convocatoria y su correspondiente manifiesto, sólo puedo estar de acuerdo -y mínimamente- en la defensa de los concejos, aunque sólo fuera porque son la huella histórica de una forma genuina de democracia, la que tuvo su desarrollo en los siglos altomedievales, principalmente en los reinos de Castilla y León. Aquellos concejos originales eran instituciones propias de las comunidades locales, no constituidas por ningún poder externo a la voluntad colectiva de la propia comunidad local. Ni el poder feudal ni el monárquico tenían la iniciativa constituyente de los concejos, la tenía el propio pueblo, sin esperar a ninguna legislación ajena, porque era su voluntad. Porque la vida en comunidad y el gobierno racional de lo común así lo demandaban.

Los fueros tenían otra naturaleza distinta, incluso contraria, militar y estatal; con la apariencia de un pacto, eran impuestos por el poder feudal y monárquico para limitar la autonomía política y la soberanía democrática de los concejos locales. Nuestra actual institución municipal tiene la misma naturaleza no democrática que la legislación foral y también el mismo origen militar y estatal. Siempre conviene recordar el origen histórico del municipio, como institución creada por el poder estatal, el del imperio romano en nuestro caso.
No es cierto que las actuales Juntas Vecinales se vean amenazadas por su carácter democrático, ya que tanto en su constitucionalidad como en su funcionamiento, son tan nulamente democráticas como los municipios. El Estado se las quiere cargar ahora  porque, aún considerándolas un apéndice administrativo  sin relevancia política ni poblacional alguna, ahora estorban en el proceso de simplificación-reducción-concentración administrativa en la que está inmerso el Estado, por su insuficiencia presupuestaria, originada por la crisis económica y  la monumental deuda pública de ella derivada.
La amenaza de la privatización de los bienes comunales tampoco es una razón que se sostenga, ya que la gestión y explotación de los escasos comunales que sobreviven viene siendo privatizada sistemáticamente  desde el Estado, cada día, a través de las comunidades autónomas, de las diputaciones provinciales y de los propios municipios, sin que las juntas vecinales hayan supuesto ningún freno a esa permanente agresión histórica del Estado a los bienes comunales y a la autonomía local. Al contrario, las Juntas Vecinales, que siguen la misma lógica política de la falsa democracia partitocrática del Estado, se han constituido en muchos casos en reductos folclóricos del  caciquismo rural, alimentado  desde los partidos políticos y el resto de instituciones del Estado. La despoblación rural ha contribuido a ello, facilitando -en una gran mayoría de pueblos- la apropiación privada y de facto de estos bienes comunales, a cargo de los últimos agricultores y ganaderos, los que -perdida su condición de clase autónoma, la de su antigua cultura campesina- han pasado a integrar la actual red clientelar que el Estado mantiene en los menguados territorios rurales, para asegurarse el control político de éstos; por supuesto, con la necesaria complicidad sindical. Así son compensados estos últimos pequeños caciques, con cargos sindicales y políticos, como  alcaldes y concejales, con pequeños privilegios fundados en la manga ancha y en la vista gorda, con las consentidas sisas derivadas del ejercicio político en Juntas Vecinales y Ayuntamientos…y con la  PAC, la legislación europea cuya naturaleza y efecto político es equiparable al de los fueros medievales; incluso peor, porque los fueros al menos perseguían un objetivo  repoblador y la PAC tenía y tiene el objetivo contrario.
Sé cuál es el pensamiento dominante al respecto, el que comparten derecha e izquierda junto con sus respectivos extremos, el fascismo y el anarcocapitalismo. Lo sé y por eso no iré a León, aunque defienda la pervivencia de los concejos.
A mí me gusta más la denominación de los municipios en Francia o Italia, donde son nombrados como “comunas”(*). Me gusta más porque, al menos, ese nombre nos remite a la idea originaria de la democracia local como institución propia de la “comunidad”. Si bien, es verdad que el nombre no soluciona nada, que en Italia y en Francia la comuna es una institución tan estatal y no democrática como el municipio en España.
Pienso, como todavía poca gente, que la democracia local es la única forma de democracia, que no existe otra alternativa y que, además, es la forma política de la revolución, la de  la autonomía personal y comunitaria, la del autogobierno y la soberanía democrática. El concejo, esa institución que el Estado considera arcaica e insignificante, es la institución propia de la revolución democrática necesaria. Aunque ello nos parezca imposible cuando vemos al concejo metido en el mismo saco de la confusión, inducida desde el poder, como  por quienes convocan la manifestación el próximo 20 de octubre en la ciudad de León. 
Me dirijo a los convocados a esa manifestación: creo que fortalecemos al Estado cuando le reclamamos lo que no le pertenece, la democracia; creo que con ello nos debilitamos a nosotros mismos y contribuimos a impedirla. Creo que si tanto defendemos los concejos, podíamos pensar en constituirlos en nuestros pueblos y ciudades, allí donde no existen. Y el Estado que diga misa, que la democracia no le incumbe, que es cosa nuestra, del pueblo.


(*) Unos cuantos países han adoptado el nombre de comuna para la unidad administrativa a la que nosotros llamamos municipio. Por ejemplo: Gemeinde (Alemania), Comuna (Argentina, Colombia, Perú, Chile y Venezuela), Commune (Francia y Luxemburgo), Comune (Italia), Gemeente (Países Bajos), Gmina (Polonia), Gemeinde, Commune y Comune (Suiza), Kommune (Dinamarca), Comú (Andorra).

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