domingo, 17 de agosto de 2014

EL DEBER DE RESISTENCIA





Tenemos por delante tiempos de máxima confusión y oscurantismo. No hay otra conclusión posible cuando a la certeza del colapso ecológico, al que nos conduce la ideología desarrollista que domina el mundo en que vivimos, se le añade la sumisión cómplice de las masas, domesticadas por las estructuras económicas y políticas del poder omnímodo, estatal-capitalista. 

Podríamos esperar a que el colapso suceda para empezar de nuevo y desde cero. Podríamos hacerlo incluso sin dolor de conciencia, al fin y al cabo lo más probable es que no vivamos para cuando el colapso alcance de pleno a los países del primer mundo. Y en esa corta espera, al menos nos sentiríamos liberados de tal responsabilidad. Pero no podemos esperar, no sabemos muy bien porqué.


Hace más de cuarenta años yo formaba parte de una columna militar que hacía una travesía invernal de maniobras, entre Candanchú y Formigal y, ya cerca de nuestro destino, cuando empezábamos a subir el último collado, se desprendió una enorme cornisa de nieve provocando un alud de grandes proporciones. Corrimos hacia abajo y en diagonal, como nos habían enseñado los instructores, pero el alud se aceleraba y ensanchaba más y más en su caída; además de una pesada mochila, me lastraban los esquís, el fusil y una voluminosa estación de radio a mis espaldas, iba el último, haciendo de escoba, tropecé y volví a mirar hacia arriba, tenía la inmensa pared de nieve del alud a tan sólo unos metros por encima, el tiempo parecía deslizarse más lento que el alud, me levanté abandonando todos los pertrechos que me paralizaban y en el momento en que me alcanzaba el alud, sin saber porqué, hice un gesto de resistencia enfrentando mi frágil cuerpo contra aquella poderosa e inmensa masa de nieve...que se detuvo allí mismo, dejándome la cabeza y los brazos al descubierto. 
No fue una acción desesperada, nunca pensé que el alud se detuviera por razón de aquel gesto mío, totalmente inútil frente a la enormidad y potencia del alud, simplemente pensé que, afortunadamente, había coincidido con unas condiciones de la pendiente que favorecieron el frenazo del alud en el mismo instante en que yo pretendía pararlo, pero ¿fue aquél un gesto totalmente inútil?...sí frente al alud, pero no para mí.

Ahora experimento idéntico sentimiento, cuando percibo la inevitabilidad del desastre ecológico y social que ya tenemos encima, cayendo sobre nosotros en picado. Vuelvo a ver lo razonable que sería correr hacia abajo y en diagonal, hacia los márgenes, para escapar de su trayectoria, o mirar para otro lado, aceptando resignadamente lo que parece inevitable. Pero sigo el dictado de un deber superior a toda razón práctica y estadística, un mandato inexcusable de la conciencia que me lleva a oponerme a este desastre generalizado con una fuerza de voluntad a priori insignificante...Ahora sé que tampoco es por desesperación, sino por algo más fuerte que la razón y la esperanza juntas, que es por ese “deber de resistencia” que ahora entiendo perfectamente, pero que tan difícil me resulta de explicar.

Pero este Desastre es otra cosa que un alud en las montañas, aunque tiene una parte muy parecida, la ecológica, cuya amenaza es proporcional al crecimiento económico compulsivo, que es propio del sistema económico capitalista, imparable, a más desarrollo más destrucción. Podría decirse “destrucción sostenible”, sería más real, incluso más científico, una destrucción mantenida, sostenible y soportable, la mejor predicción de las posibles. 

Como todo alud, el desastre ecológico al que apunta inexorablemente el desarrollismo, se ensancha, engruesa y acelera en su caída. Y a pesar de su pésimo diagnóstico, la destrucción de los recursos naturales de la Tierra no es la parte peor de este desastre, el planeta ha sobrevivido a otros anteriores, si bien no del tamaño de éste, y nunca tan estúpidamente originado, precisamente por la especie, en teoría, más inteligente y “desarrollada”. Y siendo así, hay una parte del desastre de aún mayor envergadura, porque afecta al origen mismo del desastre, es la sistemática aniquilación de lo humano, de las cualidades que nos hacen humanos, seres inseparablemente libres (autónomos) y sociales (iguales), lo dijo Bakunin: “la libertad sin igualdad es privilegio y explotación; la igualdad sin libertad es tiranía y opresión”. 

Faltaba actualizarlo: aún peor que la explotación capitalista, que convierte a los seres humanos en seres débiles y dependientes, carentes de autonomía (libertad) -eso que hasta hace poco llamábamos esclavitud- es el “vaciamiento del ser” que logra ese Leviatán al que llamamos Estado, un artefacto perfectamente compenetrado desde hace dos siglos con el capitalismo, para llevar a cabo su proyecto conjunto, aniquilar toda resistencia.

Que contesten los amantes del Capitalismo y del Estado: ¿quién gobierna los países, los continentes, los océanos, los desiertos y los campos, todos los paisajes y poblaciones?, ¿quién enseña a nuestros niños y niñas, hombres, mujeres, asalariados y asalariadas, a respetar banderas y jerarquías, la propiedad privada y todas las leyes fundamentales del orden establecido?, ¿quién disolvió la pacífica comunidad y la sustituyó por una masa peligrosa de individuos solitarios y serviles?, ¿quién llamó democracia al parlamentarismo y erotismo a la pornografía, quién se cargó el valor convivencial de la alegría, quién cambió los calendarios festivos, quién reemplazó la celebración comunitaria por el espectáculo pasivo, para enseñanza y consumo de las masas, para el divertimento onanista de contribuyentes sumisos, ciudadanos?, ¿quién extendió por el mundo la religión del imperio monoteista, del dinero?, ¿quién declara las guerras sino el Estado?, ¿y quién muere en las guerras sino el Pueblo, y cada día en las (j)aulas, en las fábricas, campos, oficinas, mercados...?

Se me dirá que no hay nada que hacer cuando el alud ya lo tenemos encima. Pero, por lo dicho, comprenderéis que yo no esté de acuerdo, que como otros disidentes, resisto por una obligación que me supera: por ese “deber” que tanto nos cuesta explicar.

2 comentarios:

Francisco Romero Aragüete dijo...

El campo de batalla esta en la conciencia de cada humano, y la resistencia cala en las conciencias, animo!!

Javier Sabater dijo...

Estoy de acuerdo con el tono y el sentido de la entrada: hay que resistir pese a todo. Solo que a esto hay que añadir que hay que plantear el contenido de los propósitos de sustitución con el ímpetu necesario para poder contemplar un cariz espiritual de ofensa dado el momento.
Por otra parte, suele acusarse mucho al desarrollismo como ideología, tendencia e ingeniería social del poder, en momentos como los actuales, en que parece que toda esta máquina de pensamiento va al ralentí, renovandose, revivalizandose una y otra vez casi ya por inercia. Es el desarrollo en sí mismo el mal, sea cubierto o no por el desarrollismo.
No habrá un porvenir deseable que no sea fuera y contra él, está claro.
Saludos.