martes, 28 de marzo de 2017

LA DESCOMPOSICIÓN GLOBAL COMO OPORTUNIDAD REVOLUCIONARIA

Robert Kurz y las revistas en las que publicó buena parte de sus trabajos


La descomposición social, junto con la sistemática anulación de la individualidad, es nuestra experiencia histórica más reciente y más global. En todas las latitudes, el trabajo ha dejado de ser el centro de la actividad humana, personal y colectiva; ahora lo es el consumo. En mayor o menor grado, en el trabajo se fundamentaba la autonomía de individuos y comunidades, más o menos relativa, en cada momento histórico y en cada sociedad concreta. Ahora, simplemente, ha dejado de existir esa posibilidad de autonomía, por mínima que fuera. La vida de la inmensa mayoría de la humanidad es totalmente dependiente,  determinada por un poder totalitario, impersonal y global, el del Mercado, resguardado por leyes de cuya aplicación y observancia, en cada parte del globo, se ocupan los Estados como poderes delegados.

El trabajo ha pasado, de ser considerado universalmente como centro de la organización social y fundamento de la realización personal, a ser percibido como fuente de angustia existencial.
Una renta, no un trabajo, aparece en el horizonte inmediato como la única forma de sostener la vida de las gentes. Una renta en distintas versiones que esbozan ya la estructura de las nuevas clases sociales en esta fase de descomposición en la que ha entrado el sistema global, estatal-capitalista: la renta clásica procedente  de la propiedad de la tierra y de los medios de producción, la procedente del beneficio empresarial, la originada en el juego especulativo-financiero, las rentas estatales de políticos y funcionarios, junto a la nueva renta en ciernes, la denominada renta básica o de ciudadanía, concebida como subsidio social único, que vendrá a sustituir al conjunto de subsidios con los que los Estados atienden a los sectores clasificados “en riesgo de exclusión social”. Así, la vida humana se está convirtiendo aceleradamente en un mero sobrevivir, carente de toda autonomía y todo sentido, totalmente organizada en torno a su dependencia de una renta.

El trabajo humano hace tiempo que empezó a ser prescindible en la producción de mercancías en amplios sectores económicos del capitalismo. El trabajo está desapareciendo aceleradamente como factor de la producción en la concepción clásica del capitalismo; la fuerza de trabajo es, cada vez menos, una mercancía necesaria en la nueva economía neoliberal y sólo una parte mínima de los asalariados tiene asegurada su continuidad como  nueva y privilegiada clase trabajadora, nutrida de ingenieros técnicos y de sistemas, de programadores informáticos y especialistas en robótica. Es la nueva clase social en auge, la del emergente y privilegiado proletariado cognitivo. Y, excepto en este último sector, reducido a su ajustada necesidad, el trabajo humano ha empezado a ser  incompatible con el beneficio capitalista. Sólo el capital acumulado y concentrado es imprescindible, se ha quedado sólo en su protagonismo económico, social y político, una vez que la vieja clase obrera ha desaparecido, disuelta en el sistema, como masa ciudadana, amorfa y voluble, rehén de los medios de comunicación masivos, consumista y clientelar. El viejo “poder de la clase obrera” es hoy definitivamente inexistente, se ha esfumado en su totalidad.  La sociedad residual, todo lo que puede hacer hoy es consumir, sólo consumir y votar cuanto produce el sistema, ahora sin necesidad de alquilar su fuerza de trabajo. Tanto en su forma pública-estatal, como en su forma privada-corporativa, el sistema es  propietario de todos los medios de producción como de todas las materias primas necesarias a la producción (los bienes naturales y los del conocimiento humano), que han venido siendo sistemáticamente expropiados y privatizados por los Estados modernos a lo largo de los tres últimos siglos...los del ·progreso”, los de la “democracia”, los de la burguesa  “modernidad”.

Este panorama, ya perfectamente desvelado, anuncia, no obstante, el choque del sistema con sus límites, anticipa su deriva autodestructiva, según describiera acertadamente Robert Kurz, desde su heterodoxo marxismo,  en su tesis de la "crítica de la escisión del valor" (1), en la que constata que el capitalismo actual habría alcanzado, hace ya algún tiempo, sus límites internos,  es decir: la imposibilidad de  reproducirse de manera real y efectiva. Lo único que tiene ya lugar en el espacio de la economía política es una ficción, referida a la “valorización del valor”,  que otorga al capitalismo su definitivo carácter  inestable, propenso a crisis económicas frecuentes y de cada vez mayor calado.

En su análisis, Robert Kurz atribuye el éxito incuestionable del capitalismo a su naturaleza asocial y apátrida. Su espacio de acción está limitado únicamente a las posibilidades financieras y técnicas; y contando con éstas, todo lugar geográfico es bueno para la extensión e implantación del sistema.  Para su materialización y reproducción, su alma abstracta  necesita conformar dos espacios funcionales: un espacio socioeconómico, en el que distintos agentes inmersos en relaciones de competencia se enfrentan en el mercado para hacerse con la mayor cantidad posible del plusvalor  realizado por el conjunto de la sociedad y otro espacio funcional  que satisfaga las necesidades estructurales de este proceso. Este último espacio es el conformado por las economías nacionales, es el espacio acondicionado a tal efecto por el Estado Moderno. Se trata de dos totalidades en principio enfrentadas, que dan origen al carácter paradójico del sistema en su conjunto: una socialización asocial -carente de límites geográficos, políticos y legales- y  un espacio social regulado y limitado, dando origen  a una multiplicidad de economías nacionales, competidoras entre sí y globalmente vinculadas por relaciones de competencia, en el contexto estructural de un mismo, global y único sistema económico-político, de producción y mercado. Esto y no otra cosa es la globalización capitalista, organizada bipartitamente en neoliberal y socialdemócrata, que ineludiblemente nos refiere a su naturaleza totalitaria, por afectar en modo impuesto a todos los campos de la realidad: económico, político, cultural, social, psicológico...

La liberalización y desregulación de los mercados, el  impacto de las nuevas tecnologías (como resultado de la revolución microelectrónica) sobre los procesos productivos, así como la aparición de las tecnologías de la información y el favorecimiento de una sociedad de consumo, homogeneizada en sus hábitos a escala global...todos estos factores han introducido nuevos escenarios de crisis en espacios “nacionales” muy desiguales y desacompasados, con ritmos y condiciones particulares, con situaciones muy distanciadas entre sí.

La única aportación que pudiera parecer positiva en esta nueva dinámica global del capitalismo es la  conexión comunicativa que posibilita internet, pero que también nos revela, de nuevo, su carácter paradójico-autodestructivo, al poner en contradicción irresoluble su finalidad de valoración del valor con la producción cooperativa y el libre intercambio que posibilita internet. La economía capitalista sólo se sustenta sobre la competencia entre productores privados, lo que es incompatible con la economía cooperativa que internet provoca, apuntando en consecuencia a la disolución de la dinámica productiva y distributiva que es esencial y propia del capitalismo.

Sucede así que estamos en una avanzada fase de  maduración de estas contradicciones, definitivamente irresolubles. Economía y política -respectivamente representadas por el Mercado y el Estado-, puestos en relación, constituyen subsistemas obligados a entenderse, configurando un único supersistema, en un intento imposible dirigido a superar los irresolubles contradicciones que ellos mismos han generado. Ante sus respectivas sociedades, los Estados se ven forzados a una mediación "democrática" imposible, recurriendo a la delegación de esta “papeleta” en organismos internacionales -como el FMI o el BCE-, organismos que escapan a toda lógica “democrática” y al propio control de los Estados, produciendo nuevas contradicciones, así mismo irresolubles, ante las que  carecen de respuesta, dando lugar a un espectáculo en el que  los Estados nacionales tienen, ya muy asumido, su papel de tancredos.

¿Se podría decir, entonces, que estamos asistiendo a la fase terminal del  sistema?...yo pienso que todavía no, que el diagnóstico sólo nos permite aventurar que el sistema ha tocado fondo, que ha dado con el límite de sus propias contradicciones, sin que ello nos permita anticipar su derrota, dada su demostrada capacidad reproductiva y dada la inexistencia actual de una masa crítica realmente antisistema.  Todo lo que vemos son luchas “en” el sistema, no “contra” el sistema. Pareciera que en estas corrientes internas -progresismos, feminismos, populismos, ciudadanismos, ecologismos, etc- el sistema estuviera organizando su propia autodisidencia como alternativas reformistas y regeneradoras del propio sistema,  cuya finalidad no sería otra que superar sus sistémicas contradicciones.



Seguiremos desentrañando estas contradicciones, es un esfuerzo obligado de reflexión y libre pensamiento, que nos permite seguir avanzando, acercándonos a la certeza  de que cada día que pasa está más clara la necesidad de organizar una disidencia realmente radical. No sólo para seguir pensando lo que hay que decir o escribir, sino, sobre todo, lo que hay que hacer aquí y ahora: la revolución democrática, integral e inclusiva  que aborde, tanto en su finalidad como en su estrategia, el derribo del  viejo y podrido sistema estatal-capitalista, como la construcción simultánea de la nueva sociedad   convivencial, todo ello  a partir de la regeneración simultánea de la individualidad y la comunidad,  hoy tan dolidas y debilitadas. 



(1)Además de la propia obra de Robert Kurz, para acercarse a su tesis sobre la escisión del valor, resulta interesante la lectura del artículo titulado "Fin de partida. Acerca del límite interno del capitalismo según la crítica de la escisión del valor", del que es autora Clara Navarro Ruiz y que fuera publicado en  OXÍMORA, revista internacional de Ética y Política.








2 comentarios:

Loam dijo...

Magnífico análisis.

Jorge CimadeVila dijo...

Estamos muy muy lejos aún de nada de esto. Tengo la sensación de que todo esto es parte del teatro del sistema reajustándose, una vez más. Si la revolución eléctrica y renovable que se avecina, el capitalismo verde, es cierta... todavía habra sistema para mucho. Mientras tanto a los que el sistema ha dejado en la cuneta, en su reajuste, seguiremos sufriendo. Aún así creo que muchos nos estamos olvidando de que quiza no sea el fondo. El monstruo todavía puede crecer hacia el destruído oriente. El capitalismo destruye para volver a empezar...

Disculpe el rollo.. un saludo desde Galicia.