miércoles, 16 de marzo de 2016

LO MENOS MALO





El debate sobre la necesidad de renovar la izquierda ya no parece interesar a nadie, se da por amortizado, se supone que Podemos ha venido a eso; ya está, ese es el rol que le ha sido asignado a este partido por quienes fabrican la opinión en los medios de masas. Ahora el entretenimiento está en la quiniela parlamentaria, en la mágica combinación que permitirá la investidura del próximo presidente del gobierno. Es un debate que aburre a los muertos, pero de eso se trata, de convencer a las audiencias por la vía del aburrimiento, repitiendo a todas horas los mismos y sobados argumentos. Se trata  de preparar el terreno para la gran coalición...¿de derechas y/o de izquierdas?

Salga el sol por donde salga, lo cierto es que al sistema estatal-capitalista se le amontonan las crisis y la de los refugiados está colmando el vaso. Ahora, para afrontar tal acumulación de crisis, el poder necesita, como otras veces, recurrir a soluciones de corte fascista. ¿Alguien se acuerda de lo que dijeron Henry Ford y Francis Fukuyama, “la historia es una patraña” y “estamos en el fin de la historia”?. Pues estamos de nuevo en ese bucle donde el poder sólo tiene como solución la repetición de la historia. Y en esta situación no le conviene a los partidos de la izquierda entrar en el juego, volver a montar un gobierno de frente popular débil, con una victoria exigua, cuyo desorden y segura frustración en las masas sirvan de excusa para el recurso al fascismo. Que no nos engañen las apariencias de modernidad, que nadie piense que eso es ahora imposible; es perfectamente posible, eso sí, a condición de no parecerlo. No hace tanto que vimos la barbarie en la moderna Europa, en los Balcanes; y ahora mismo la tenemos delante de nuestras narices, en los campos de refugiados de Hungría, de Grecia, en Turquía, en la misma Francia, en el Paso de Calais, a las puertas de Inglaterra.


Ahora, lo menos malo es que gobiernen las derechas. Las medidas de urgencia social que prometen los partidos de izquierda se van a lograr mejor en la oposición, desde la calle. Y, no nos quepa duda, al fascismo se le para mejor desde la calle que desde el gobierno. Ahora lo que toca es eso y reconstruir la izquierda que necesitamos para afrontar el siglo XXI. Hay que olvidar que la izquierda es una posición en los asientos del parlamento y recordar que la izquierda tiene que volver a ser una posición fundamentalmente ética, que trasciende al juego electoral del politicismo al uso. Porque, si la izquierda fuera el repudio de cualquier forma de esclavitud y, por tanto, del trabajo asalariado; si la izquierda tuviera como finalidad irrenunciable la emancipación personal y social respecto de toda forma de poder; si se sustentara en una posición de defensa radical de la autonomía personal y social como forma propia de la dignidad humana; si dejara de llamar libertades y derechos a un pacto de sumisión ante el poder....si eso fuera la izquierda, yo no estaría en la duda razonable de si convendría o no un gobierno de izquierdas; pero tal y como están las cosas, no tengo ninguna duda: ahora lo procedente es emplear el tiempo en construir la nueva izquierda, tan necesaria como inexistente. 

No se trata de hacer tabla rasa. Sin dejar de asumir que partimos de una derrota histórica y continuada, sin ignorar esos antecedentes, es recomendable echar mano de un dato objetivamente positivo: la continuada derrota de la izquierda no tiene su origen en un fallo de sus principios o sus valores éticos, la prueba es que a pesar de lo que ha llovido, esos principios y esa ética aún perduran -si bien como un débil rescoldo- en el subsconciente colectivo de la mayoría social. Hay que localizar el origen de esa continuada derrota en la perversión práctica de las vanguardias, sin que ello sirva para justificar acríticamente la pasividad de los individuos y los pueblos que hicieron dejación de su propia responsabilidad, dejándose adoctrinar por la apariencia progresista de las élites, por la vieja izquierda institucional ya amortizada. Esa vieja izquierda todavía no se ha enterado de que el cambio climático no es algo del futuro, sino que ya está sucediendo; de que ya vivimos en un colapso civilizatorio, cuando sigue alternando con el poder en todos los cócteles del desarrollismo autodestructivo. 

 
Por eso, nada sería peor que un seguro malgobierno de la izquierda, nada peor que apagar definitivamente el rescoldo ético y revolucionario de la izquierda, el que aún perdura en la memoria individual de las masas, a punto de apagarse definitivamente. Ahora lo procedente sería soplar con todas nuestras fuerzas, insuflar aire fresco que reanimara las ascuas casi apagadas, hasta ponerlas en llama viva. Ahora lo procedente es construir la nueva izquierda, que sin renegar de sus antecedentes, se torne tan incómoda para la vieja izquierda como letal para la nueva derecha. Y para ello, ha llegado el momento de marcar, ahora sí, una línea roja y bien distintiva, que marque inequivocamente una posición vital y consciente, inequívocamente  antiestatal y anticapitalista, enfrentada a cualquier forma de dominación de unos seres humanos por otros, como el trabajo asalariado que ya dije,  como el saqueo legal de los recursos del común, de la Tierra y del Conocimiento humano. La necesaria línea roja que señale de nuevo el objetivo irrenunciable de organizar la vida política en verdadera democracia -autogobierno-  y no en Estados que la falsifican.

Así, lo menos malo sería dejar que las derechas-la nueva y la vieja- acaben por desgastarse en el próximo gobierno. Y lo mejor sería emplear este tiempo en construir la nueva izquierda, la necesaria para sobrevivir al siglo XXI.


2 comentarios:

E. N. Gutiérrez dijo...

Completamente de acuerdo.
En su primer gobierno, el socialista Mitterrand incluyó a los comunistas; cuando los Estados Unidos mostraron sus reticencias, él dijo que aquello serviría para desgastarlos y terminar con su prestigio entre el pueblo francés. Lo cuenta Joan Garcés en Soberanos e intervenidos.
¡Un abrazo!

Unknown dijo...

Lo mismo pasó en Portugal, después de la "revolución" de los claveles (1974). Pero eso, los "comunistas" lo saben mejor que nadie. La cuestión es que no hay ninguna estrategia, táctica ni técnica, para hacer política sin las instituciones. Eso es lo que tenemos que "inventar", porque no nos quedan montes (ni ganas) para tirarnos.