viernes, 11 de septiembre de 2015

LOS MITOS UNIVERSALES DE ABUNDANCIA Y COMUNIDAD



Por recomendación de David de Ugarte acabo de leer los dos últimos libros editados por la Cooperativa de lasIndias (“El libro de la Comunidad” y “El libro de la Abundancia”) y lo cierto es que me han despertado más preguntas que respuestas, lo cual me resulta sumamente positivo, porque me ayuda en mi propio camino de reflexión y porque aporta consideraciones que tienen su raíz en la práctica comunal de la cooperativa de las Indias, lo que viene a enriquecer notablemente el efecto demostrativo de su experiencia. Aportan también una historia del comunitarismo que estaba por hacer y que será de mucha utilidad a quienes se acerquen a esta corriente de pensamiento, desde posiciones tanto historicistas como desde el activismo social. Por todo eso, yo también recomiendo su lectura. Ambos libros están disponibles para su libre descarga -como todos los libros de las Indias- en su web:


Su lectura me ha abierto una multitud de campos de reflexión acerca de ambos temas, la comunidad y la abundancia -que perfectamente podrían haber sido incluidos en un mismo libro- y que me propongo ir desmenuzándolos poco a poco, porque ahora mismo me siento incapaz de hacer no ya una crítica, ni siquiera un resumen general de cuestiones tan diversas y complejas como las que abordan ambos libros.

No obstante, sí me atrevo a hacer algunas primeras notas al respecto, que me permiten hilar las muchas sugerencias suscitadas por ambos libros con las ideas y propuestas que yo estoy esbozando en mi blog a partir de mi propio pensamiento y experiencia, en el intento de aportar un conocimiento que sea útil al proceso de transformación de la sociedad que, a cada vez más gente de todo el mundo, nos parece hoy necesario.

Una primera diferencia, acerca de la idea universalista de la revolución, parece distanciarme de las tesis inidianas; yo pienso que no todo universalismo es pura abstracción ni una trampa del pensamiento que necesariamente nos atrapa en un círculo vicioso e insuperable de contradicciones y especulación revolucionaria. Al contrario, pienso en un universalismo que es comunalista y bien práctico y concreto, que se basa en la experiencia histórica de las sociedades comunales que fundamentaban su autogobierno en dos ideas principales, la de libertad individual y la de bienes comunales, ideas ambas que yo considero preestatales e incluso prepolíticas y que fueron puestas en práctica por sociedades campesinas, artesanas y comerciantes que construyeron sistemas de autonomía y autogobierno en campos y ciudades, al margen o en paralelo a las incipientes estructuras estatales-monárquicas que empezaban a surgir en la alta edad media europea y que se desarrollaron y consolidaron ampliamente durante los siglos VII al XI, debilitándose después a medida que los aparatos estatales ampliaban sus estructuras e instituciones de control social y disipaban tanto la propiedad comunal como los sistemas asamblearios de autogobierno, que durante aquellos siglos caracterizaron a las comunidades locales. Y ello sucedió no sólo en España y en Europa, sino en gran parte del mundo, como si no obedeciera a una necesidad local sino universal, respondiendo inequívocamente a un principio universal fundamentado en las ideas de libertad y comunalidad.
Después, la deriva histórica fortaleció la consolidación y desarrollo de los estados, operando a favor de la apropiación privada de la tierra y del proceso de acumulación capitalista derivado de la misma, que no otra es la razón última de todos los estados, tanto los de la antigüedad como los de la edad moderna y también  la contemporánea, aquí y en todo el orbe conocido, hasta hacerse idea dominante y hegemónica a escala global. 

El proyecto de liberación y comunalidad no es, pues, una idea universal- abstracta, sino muy concreta y compartida por buena parte de individuos y sociedades humanas, una impulso perfectivo y civilizatorio que es constante en de todas las épocas y lugares del mundo y que, a día de hoy, aún vemos y sentimos como proyecto derrotado a pesar de su universalidad, tras múltiples intentos revolucionarios fallidos, vencido por una fuerza hasta ahora siempre superior, cuyo dominio histórico se fundamenta en la apropiación de la Tierra y en el monopolio estatal de la ley y la violencia.

De ahí, de esa concreción, hecha cotidiana en la vida real de los individuos y sociedades, se deriva que todo intento revolucionario proclame siempre su último programa sobre la finalidad de recuperar la comunalidad de los bienes naturales y la disolución de los estados. Porque sabemos que si hubo un tiempo en que el mito se hizo realidad, podemos volver a hacerlo, ahora con mayor conocimiento de causa, porque conocemos los errores cometidos.

De esa experiencia concreta, nada teórica ni abstracta, tan ética como material, surge el parentesco inevitable de todo intento revolucionario con los mitos históricos de la abundancia y la comunidad. Así, su carácter mitológico no devalúa sino que fortalece todo impulso revolucionario conducente a estos fines en su más humana, concreta y universal significación.

Sí coincido plenamente con un consejo práctico en el que insisten mucho los comuneros inidianos: quienes se embarquen en una vida comunitaria deben hacerlo como finalidad en sí misma, no pendiente ni condicionada al ritmo de la revolución. La forma de hacer la revolución es vivirla personal, social y localmente, con un impulso rebelde y transformador que no se contradice en nada con su evidente filiación y querencia universal. 





2 comentarios:

dr. ramsés dijo...

Muy interesante entrada. Has conseguido que me entren ganas de descargarlos y leerlos...))

David de Ugarte dijo...

Antes de nada, gracias por la refencia y por el estupendo post. Sobre él, no puedo decir que vea entre las posiciones que explicas y las del libro una diferencia insalvable.

Sin embargo veo claro en qué afecta a la práctica la mirada alternativa entre la revolución o autonomía. El camino de la revolución es el de configurarte como átomo de una parte en disputa (el sujeto revolucionario) dentro de un todo (una sociedad determinada). Solo hay dos sujetos (un nosotros imaginado y un ellos no menos imaginado) y la metáfora es una batalla que es clara y en la que se reconocen fácilmente dos grandes bandos. En un juego binario y a muerte, el que no es amigo es enemigo y «al enemigo ni agua». Es la lógica del viejo sindicalismo revolucionario. Puede haber pausas y retrocesos, pero lo que hay que hacer y con quién está siempre claro: afirmarse es afirmar la frontera, establecer alianzas, siquiera puntuales, es traicionar.

El camino de la autonomía es muy distinto: la comunidad real se configura como sujeto entre muchos y ves a tu propia comunidad en otro tipo de conflicto, más parecido si quieres a una guerra renacentista. Hay muchos nodos, tu comunidad es uno de ellos, tu objetivo es mantener su autonomía (solo está el mercado para eso, así que tienes que salir al mercado) y si puedes, incluso a corto, ampliarla (hacerla menos dependiente de los demás sujetos tomados individualmente). Sabes que ganar significa solo «siga jugando» y que es legítimo tener todo tipo de alianzas puntuales siempre que ni te hagan dependiente ni te contradigan éticamente (no vas a propugnar o ayudar a que se imponga a los demás aquello de lo que buscas separarte). Por supuesto hay sujetos en esa danza que te serán más cercanos que otros, pero en realidad, si lo piensas, tampoco demasiados, solo otras comunidades como la tuya pueden serte realmente cercanas. El resto son aliados para unas cosas y rivales para otras. Es un mundo difícil y movedizo, porque no depende del curso de una batalla sino de millones de ellas en las que todos los sujetos sufren erosión todos los días y en realidad a todos lo que les interesa es un resultado que individualmente solo pueden, todo lo más, condicionar.

En fin, que el pensamiento revolucionario y universalista necesita crear comunidades imaginadas e irremediablemente vive la fantasía de la «guerra final», sea guerra de clases, 99 contra 1% o lo que sea. El pensamiento desde la autonomía de la comunidad real por el contrario conduce más bien a una cierta promiscuidad en la afirmación de un modo de vida.

De todas formas entre ese «universalismo comunitarista» y un comunitarismo en el sentido original (de la comunidad real), creo que habría que ver las diferencias en la práctica. Mi apuesta es que una vez que la tuviera, es decir, que partiera de una comunidad real, seguramente el universalismo (la creencia en seres imaginados como la clase, la nación o «el movimiento») se moderaría... o entraría en crisis.