miércoles, 11 de febrero de 2015

LA ECONOMÍA, MÁS MITO QUE CIENCIA


                                                 Christine Lagarde y Yanis Varoufakis

 
Entre los siglos IV y III antes de Cristo, el sabio chino Mencio, ya supo resumir en qué consistía esa cosa que es el Estado y su Economía: “Los gobernados producen comida y los que gobiernan son alimentados. Que ésto es lo justo se reconoce universalmente bajo el Cielo“
 
La economía es un campo de la experiencia humana que, como tantos otros, se alimenta de un mito fundacional que, cuando es descubierto, nos muestra su verdadero rostro de ciencia-pufo, un armatoste teórico que reproduce su mito original al objeto de justificar (en el caso de la economía) a la “academia”, a esa clase de expertos e intelectuales que, como los gobernantes, aspiran a ser alimentados por la clase de los gobernados, en virtud de un supuesto derecho que consideran sagrado, propio de los que no necesitan mancharse las manos para vivir, porque, a diferencia de los súbditos, ellos se dedican a "pensar".


Todo ésto viene a cuento de que ya estoy muy harto de ese mantra que circula hoy por toda Europa a propósito de la deuda griega, como si fuera una ley sagrada: “las deudas hay que pagarlas”. Hasta el propio gobierno de Syriza parece compartirlo después de llegar al poder. Se olvidaron de que existe la posibilidad de no pagar y ya sólo aspiran a renegociar la deuda. Eso sucede no sólo porque el gobierno de Syriza comete el error de otorgar así legitimidad representativa a la democracia capitalista del estado griego que ha heredado, sino también por un error de aún más larga historia: por esa fe, hoy universal, en la economía, tan sólidamente compartida por las dos facciones del sistema, por la izquierda y la derecha.

La ciencia económica ha logrado constituirse como territorio independiente, autónomo de la política, dotado de leyes propias, objetivas e inexorables, al margen de la voluntad de los pueblos. Por eso, me parece muy importante que desde otros campos de la experiencia y el conocimiento humano, se vaya descubriendo la "otra" historia, ayudando a desmontar ese mito de la economía que hoy sirve para seguir justificando la dominación de unos seres humanos por otros, ahora en su versión contemporánea de tinglado estatal-capitalista.

Para ello, es muy recomendable la lectura de “DEBT: The First 5,000 Years”, libro publicado en España con el título “En deuda. Unahistoria alternativa de la economía”, obra reciente de David Graeber, reconocido antropólogo norteamericano, anarquista y uno de los activistas más destacados del movimiento Ocupy Vall Stret. Resulta muy interesante que, tanto desde la arqueología como desde la antropología, nos estén llegando nuevos conocimientos sobre la historia humana, que contribuyen valiosamente a desmontar los mitos que la historia oficial ha ido instalando en nuestras mentes a lo largo de muchas décadas de amaestramiento en escuelas y universidades. En primer lugar, tanto la investigación antropologica como la arqueológica están poniendo en evidencia que el origen oficial del dinero no está en el trueque, al que el dinero vendría a sustituir para facilitar el intercambio. Sencillamente, todo el mundo hemos dado por buena esta interpretación cuando nadie nunca encontró esa sociedad arcaica en la que para superar los inconvenientes del trueque, se inventó el dinero. No se encontró porque nunca existió. Lo que sí se sabe, es que las cosas funcionaban entonces de otro modo, que la mayoría de las comunidades humanas, antes de la aparición de los antíguos imperios y tras el declive de éstos, ponían en común lo producido y, en muchos casos eran los consejos de mujeres quienes distribuían los bienes entre la comunidad. Esta historia, de la que sí existen datos y conocimiento científico, nos ha sido sistemática y celosamente ocultada. Como argumenta David Graeber, el dinero no tiene su origen en el trueque, que era casi exclusivamente practicado entre desconocidos e incluso entre pueblos enemistados, pero nunca en la forma que nos ha sido trasmitido. La sal, las pieles de animales, las especias o trozos de metal, cada cosa que las comunidades producían en abundancia, eran utilizadas como sistema de intercambio antes que apareciera la moneda acuñada por los gobernantes de los antíguos imperios, nunca el trueque cómo se nos ha contado y que constituye el mito originario, la primera falsedad histórica de la ciencia económica actual.

Antes que el dinero existía la deuda. La deuda tiene como hecho originario una promesa de restitución hecha a alguien más poderoso. La deuda siempre expresa una relación de sumisión, el sujeto de la deuda es, siempre, un súbdito.
A todas luces, la deuda contraída con un igual es una obligación de naturaleza moral radicalmente distinta. La diferencia entre esa obligación y la deuda es que ésta es cuantificable en dinero y que ésta sólo es personal para el deudor, al que le puede ir en ella toda su vida, mientras que para el acreedor es algo impersonal, perfectamente transferible e intercambiable por títulos. Nadie garantiza la restitución del deudor, mientras el acreedor tiene todas las garantías del Estado y de todo su aparato legal y financiero, además del monopolio de la violencia en última instancia, como hemos podido ver en los casos de deshaucio y en los de cualquier otro impago, como el de los recibos de la luz, por ejemplo.
El deudor, al asumir la deuda como una obligación, la convierte en un hecho moral, con lo que va en contra de sí mismo, porque así subjetiva su condición de súbdito, así contribuye a reproducir la relación de poder que le ata al soberano acreedor. Con esta creencia, el sumiso deudor piensa que ha suscrito un contrato entre iguales y le otorga legitimidad moral a un compromiso que no es contractual y que, en ningún caso, es un contrato entre iguales. Tan es así que podríamos llegar a pensar que en la actualidad estamos en una fase del capitalismo en la que se ha logrado el más alto grado de camuflaje de los mecanismos de dominación.

No importa que el Banco de Inglaterra haya declarado recientemente que “la banca privada puede crear dinero de la nada”, una afirmación que, de hecho, derriba todos los fundamentos teóricos de la austeridad esgrimidos como única salida a la crisis actual. Casi nadie se ha hecho eco de esta escandalosa declaración. A nadie parece interesarle la verdad, aunque la cuente el Banco de Inglaterra, tal es el éxito del sistema. En una entrevista al respecto, el propio David Graeber decía: Entender ésto es lo que nos permite seguir hablando sobre el dinero como si fuera un recurso limitado, como la bauxita o el petróleo; nos permite decir que “no hay suficiente dinero” para invertir en programas sociales, nos permite hablar de la inmortalidad de la deuda pública o decir que el gasto público “desplaza” al sector privado. Lo que ha admitido el Banco de Inglaterra esta semana es que nada de esto es cierto.” La verdad es que la cantidad de dinero que un banco podría emitir sólo tiene un límite: que siga encontrando a alguien a quien darle un préstamo.

La diferencia del capitalismo con otras sociedades de clases que han tenido lugar en la historia consiste en que, hasta ahora, el capitalismo ha logrado disociar la dominación política de la explotación económica. Hasta el capitalismo, el robo y la explotación se producían siempre mediante mecanismos ajenos a la producción de bienes, a su distribución y a su intercambio. Siempre se produjeron mediante mecanismos de dominación política y el uso de diferentes modos de violencia, dirigidos a perpetuar la desigualdad social. El Estado moderno viene a perfeccionar esos mecanismos de dominación, en defensa de la propiedad privada y la explotación. En el capitalismo el contrato social se presenta como realizado entre iguales, la producción de bienes y servicios como un proceso puramente técnico-financiero, de modo que la dominación de clase y la explotación que la acompañan quedan perfectamente invisibles y disimuladas. 
 
Como sucede con la economía capitalista, el Estado se fundamenta también en un mito contractual, de similar naturaleza oculta. En el regímen de democracia capitalista, el soberano “representa” al pueblo, un pueblo que consiente su representación como un (supuesto) contrato social, sancionado por (supuestos) iguales. Esta forma de representación es la que remite a la creencia en el mito de que el Estado es “lo público”, cuando en realidad se refiere a un contrato virtual que permite al sistema de dominación camuflarse detrás de esa falsa legitimidad contractual. El contrato laboral viene a ser lo mismo, sigue la misma lógica tramposa. Como en la deuda, Dinero y Soberano, Finanzas y Estado, comparten una matriz común. Así se perpetúa la ciencia económica estatal-capitalista, como un pufo  magistral, un mito que hasta los griegos se niegan a ver. Y es que, como dijera Jhon Kenneth Galbraith, "el proceso de cómo los bancos crean dinero es tan simple que la mente lo rechaza". 


























1 comentario:

dr. ramsés dijo...

Interesantísimas reflexiones.