miércoles, 20 de noviembre de 2013

LA DIFERENCIA ENTRE PUEBLO Y NACIÓN


La clase política confunde y nos confunde intencionadamente con estos dos conceptos que ellos utilizan indistintamente. Pero la diferencia es total, y es clave para comprender por qué la democracia sigue siendo un proyecto a estas alturas de la historia humana. Para ver dicha diferencia es necesario aclarar la que existe entre comunidad real e imaginada. Recurro para ello a David de Ugarte, que define la comunidad real como “un grupo de personas que interactúan entre sí de forma sostenida en el tiempo, reconociéndose una identidad común que proyectan en un hacer juntos”, en contraposición a las “comunidades imaginadas, como la nación, la clase o el género, en las que se reconoce una cualidad, un atributo, con otros a los que sólo se puede imaginar  y a partir de los cuales se pretende que todos los miembros compartan - conscientemente o no- una identidad diferenciada”.

Resumiendo la tesis de Ugarte, a lo largo del siglo XIX el estado moderno pasa a utilizar el análisis y el relato construido desde las ciencias sociales para planificar su idea de nación y ejecutarla posteriormente, convirtiéndolo en el sistema operativo de la vida social a través de un estado renovado, considerado como materialización de la comunidad imaginada (la nación). En ese mismo siglo, pero sobre todo en el XX, el saber científico ayudaría a convertir en nuevos sujetos imaginados a colectividades integradas en el concepto general de nación; y es así como pasamos a pensar como miembros de subgrupos (clase, raza sexo, profesión, etc), así organizados para una mejor gestión del estado. Estas nuevas comunidades imaginadas generan a su vez organismos especializados –asociaciones, partidos, sindicatos, etc), construyendo una urdimbre que presuntamente nos personaliza, dentro siempre de la identidad nacional constituyente…”El sistema educativo y mediático estirará y ejercitará, desde la infancia, a cada uno en este universalismo fractal y nacionalista. Cada individuo pensará en los términos de los objetos sociales del poder y se identificará sobre ellos hasta el paroxismo. La razón de estado, razón al fin del estado nacional, podrá entonces confundirse con la razón democrática y sólo ella será socialmente razonable”.
Esa razón de estado es para cada uno de nosotros un gran misterio, dotado de razón propia y superior, que no podemos alcanzar porque en su tamaño excede a nuestra capacidad de comprensión, adaptada a los espacios locales en los que tienen lugar las relaciones con otras personas, con aquellas que forman parte de la comunidad real de la que formamos parte y que, según los expertos, no supera el número de ciento cincuenta, que sería nuestra escala humana de relaciones personales. Esa incapacidad favorece el lenguaje utilizado por la razón de estado, que nos induce a aceptar continuas concesiones, contrarias a nuestra autonomía y a nuestra libertad.

La imagen social del poder se convierte así en razón suprema y totalitaria, que “ahoga nuestra comprensión del mundo e imposibilita construir otras alternativas”, en expresión que da titulo al artículo de David Ugarte que me sirve de referencia. Hasta el punto que “pobre sociedad si no fuera pensada desde el estado”, podría ser la frase concluyente que expresa el triunfo de la comunidad imaginada, de la nación como artilugio ideológico del poder…en definitiva, el triunfo de la razón de estado.

Formando parte de las grandes contradicciones humanas, subyace en nuestra cultura el rescoldo de la idea contraria, la de una verdadera comunidad. Nos viene de muy atrás, arraigada en el pensamiento profundo que cada ser humano acaba haciendo de sí mismo y del mundo que le rodea, y en ese pensamiento hay un rescoldo potencial del que siempre puede brotar una llama de libertad  y rebeldía frente al orden  que nos impone el estado, una idea de soberanía y autonomía sólo posibles en  condiciones de igualdad y en  comunidad real, en esa urdimbre vital hecha de relaciones materiales y personales,  de lugares y espacios  comunes en los que sucede la vida real de cada ser humano.
Pues bien, esa comunidad real es la sustancia de lo que llamamos “pueblo”, son las personas que conviven en  tiempos y espacios concretos, unidas por una relación de vecindad, que se reconocen entre sí como “paisanos”, habitantes de un mismo país (de paisaje, territorio). Esa idea tiene sus primitivas raíces en el devenir de la historia humana, recordemos que en los últimos nueve mil años sólo algunos pocos de nosotros conocimos la vida en las ciudades; y que hasta hace muy poco, sólo unas pocas décadas, la inmensa mayoría de la humanidad vivía en reducidas aglomeraciones a las que siempre hemos llamado “pueblos”.

Quienes defendemos la idea de vivir en comunidades reales, ni imaginadas ni impuestas, pensamos en un proyecto perfectible de la propia vecindad, un proyecto pendiente e irrenunciable al que desde antiguo denominamos “democracia”, un proyecto que supone una forma de organizar nuestra convivencia con instituciones igualitarias que minimicen nuestras diferencias personales y los conflictos que dificultan la dignidad de las personas y la convivencia , que nos permitan reconocernos como iguales.

Los mapas pueden ayudarnos en esta comprensión trascendental. Un mapa es una representación del territorio. Existen unos mapas "políticos", son mapas que marcan líneas artificiales, fronteras imaginarias, separadoras y clasificadoras, inexistentes en la realidad, representan un territorio parcelado que nos remite al catastro de la propiedad; y existen unos mapas topográficos, que representan el territorio tal como es, sin más líneas que las de los límites propios de la tierra firme, de las orillas de mares y océanos, que representan el territorio como algo contínuo, donde se sitúan las aguas, los montes, bosques y llanuras, los pueblos y las ciudades todas del esférico mundo que habitamos. Unos y otros mapas, nos dan respuesta a esta vieja y siempre pertinente pregunta: ¿a quién pertenece el planeta en el que vivimos y al que llamamos Tierra, de quién son los recursos naturales que nutren la vida en el mismo?...y desde siempre hemos sabido la respuesta correcta: son de la vida, de todos los seres que los utilizan para vivir, ni siquiera a nosotros, a los humanos, nos pertenecen, a nosotros nos corresponde sólo su administración responsable, su uso respetuoso y compartido.

Concluyo de momento:

*El pueblo es una comunidad real y la democracia es la forma propia, ética y racional, de organizar la convivencia y el autogobierno en asamblea de iguales. Cada comunidad autogobernada, autónoma y soberana es Pueblo. La democracia necesita condiciones de vecindad y autosuficiencia, de ahí que ciudades y comarcas sean los ámbitos en los que comunidad y territorio confluyen, donde la democracia más se aproxima al ideal de autonomía y soberanía. En las comunidades reales la democracia es más que un medio, es un fin en sí mismo, siempre abierto y perfectible, que persigue la autoconstrucción simultánea de la vida personal y social.

*La nación es una comunidad imaginada por el estado, una agrupación artificial de seres-objeto, clasificados en clases, sexos y razas, para mejor ser gobernados y, por tanto, mejor deshauciados de su propia soberanía individual y comunitaria; la nación es una suma de vecinos virtuales, de personas y comunidades artificiales, aisladas y enfrentadas entre sí, impulsadas a sobrevivir imitando la falsa moral y el hábito depredador de quien tiene el poder y gobierna en su nombre. Este es el caos real, el del estado; la democracia es el caos imaginado por el poder, el temor que induce al estado de anestesia, el que identifica autogobierno con desorden, el que logra atenazar a los ciudadanos sumisos y temerosos, el caos imaginario al que el estado puso el mote de anarquía.



En catalán:




LA DIFERÈNCIA ENTRE POBLE I NACIÓ



La classe política confon i ens confon intencionadament amb aquests dos conceptes que ells utilitzen indiferentment. Però la diferència és total, i és clau per comprendre perquè la democràcia segueix sent un projecte a aquestes altures de la història humana. Per veure aquesta diferència és necessari aclarir la que existeix entre comunitat real i imaginada. Recorro per a això a David de Ugarte, que defineix la comunitat real com “un grup de persones que interactuen entre si de forma sostinguda en el temps, reconeixent-se una identitat comuna que projecten en un fer junts”, en contraposició a les “comunitats imaginades, com la nació, la classe o el gènere, en les quals es reconeix una qualitat, un atribut, amb altres als què només es pot imaginar i a partir dels quals es pretén que tots els membres comparteixin –conscientment o no– una identitat diferenciada”.
Resumint la tesi d'Ugarte, al llarg del segle XIX l'Estat modern passa a utilitzar l'anàlisi i el relat construït des de les ciències socials per planificar la seva idea de nació i executar-la posteriorment, convertint-ho en el sistema operatiu de la vida social a través d'un Estat renovat, considerat com a materialització de la comunitat imaginada (la nació). En aquest mateix segle, però sobretot en el XX, el saber científic ajudaria a convertir col·lectivitats integrades en el concepte general de nació en nous subjectes imaginats; i és així com passem a pensar com a membres de subgrups (classe, raça, sexe, professió, etc.), així organitzats per a una millor gestió de l'Estat. Aquestes noves comunitats imaginades generen alhora organismes especialitzats –associacions, partits, sindicats, etc.–, construint un ordit que suposadament ens personalitza, sempre dins de la identitat nacional constituent... “El sistema educatiu i mediàtic estirarà i exercitarà, des de la infància, a cadascú en aquest universalisme fractal i nacionalista. Cada individu pensarà en termes dels objectes socials del poder i s'identificarà sobre ells fins el paroxisme. La raó d'Estat, raó al final de l'Estat nacional, podrà aleshores confondre's amb la raó democràtica i només ella serà socialment raonable”.
Aquesta raó d'Estat és per a cadascú de nosaltres un gran misteri, dotat de raó pròpia i superior, que no podem assolir perquè en la seva mida excedeix la nostra capacitat de comprensió, adaptada als espais locals en els que tenen lloc les relacions amb altres persones, amb aquelles que formen part de la comunitat real de la qual formem part i que, segons els experts, no supera el nombre de cent cinquanta, que seria la nostra escala humana de relacions personals. Aquesta incapacitat afavoreix el llenguatge utilitzat per la raó d'Estat, que ens indueix a acceptar contínues concessions, contràries a la nostra autonomia i a la nostra llibertat.
La imatge social del poder es converteix així en raó suprema i totalitària, que “ofega la nostra comprensió del món i impossibilita construir altres alternatives”, e expressió que dóna títol a l'article de David Ugarte que em serveix de referència. Fins el punt que “pobre societat si no fos pensada des de l'Estat”, podria ser la frase concloent que expressa el triomf de la comunitat imaginada, de la nació com a artefacte ideològic del poder... en definitiva, el triomf de la raó d'Estat.
Formant part de les grans contradiccions humanes, subjau en la nostra cultura el caliu de la idea contrària, la d'una veritable comunitat. Ens ve de molt enrere, arrelada en el pensament profund que cada ésser humà acaba fent de si mateix i del món que l'envolta, i en aquest pensament hi ha un caliu potencial del qual sempre pot brotar una flama de llibertat i rebel·lia enfront l'ordre que ens imposa l'Estat, una idea de sobirania i autonomia només possibles en condicions d'igualtat i en comunitat real, en aquell ordit vital fet de relacions materials i personals, de llocs i espais comuns on succeeix la vida real de cada ésser humà.

David de Ugarte, “Cómo las comunidades imaginadas nacieron y crecieron hasta ahogar nuestra comprensión del mundo e imposibilitarnos construir alternativas para los nuestros”, publicat a “El correo de las Indias”, gener de 2011.Doncs bé, aquesta comunitat real és la substància del que anomenem “poble”, són les persones que conviuen en temps i espais concrets, unides per una relació de veïnatge, que es reconeixen entre si com a “paisans”, habitants d'un mateix país (de paisatge, territori). Aquesta idea té les seves arrels primitives en l'esdevenir de la història humana, recordem que en els últims nou mil anys només alguns pocs de nosaltres hem conegut la vida a les ciutats; i que fins fa molt poc, només unes poques dècades, la immensa majoria de la humanitat vivia en reduïdes aglomeracions a les que sempre hem anomenat “pobles”.
Aquells que defensem la idea de viure en comunitats reals, ni imaginades ni imposades, pensem en un projecte perfectible del propi veïnatge, un projecte pendent i irrenunciable al què des de l'antiguitat anomenem “democràcia”, un projecte que suposa una forma d'organitzar la nostra convivència amb institucions igualitàries que minimitzin les nostres diferències personals i els conflictes que dificulten la dignitat de les persones i la convivència, que ens permetin reconèixer-nos com a iguals.
Els mapes poden ajudar-nos en aquesta comprensió transcendental. Un mapa és una representació del territori. Existeixen uns mapes “polítics”, són mapes que marquen línies artificials, fronteres imaginàries, separadores i classificadores, inexistents en la realitat, representen un territori parcel·lat que ens remet al cadastre de la propietat; i existeixen uns mapes topogràfics, que representen el territori tal com és, sense més línies que les dels límits propis de la terra ferma, de les ribes de mars i oceans, que representen el territori com a continuïtat, on se situen les aigües, les muntanyes, boscos i planes, tots els pobles i les ciutats de l'esfèric món que habitem. Uns i altres mapes, ens donen resposta a aquesta vella i sempre pertinent pregunta: a qui pertany el planeta en què vivim i al que anomenem Terra, de qui són els recursos naturals que nodreixen la vida en el mateix?... i des de sempre hem sabut la resposta correcta: són de la vida, de tots els éssers que els utilitzen per viure, ni tan sols a nosaltres, els humans, ens pertanyen, a nosaltres ens correspon només la seva administració responsable, el seu ús respectuós i compartit.
 

Concloc de moment:
• El poble és una comunitat real i la democràcia és la forma pròpia, ètica i racional, d'organitzar la convivència i l'autogovern en assemblea d'iguals. Cada comunitat autogovernada, autònoma i sobirana és Poble. La democràcia necessita condicions de veïnatge i autosuficiència, d'aquí que ciutats i comarques siguin els àmbits en els què comunitat i territori conflueixen, on la democràcia més s'aproxima a l'ideal d'autonomia i sobirania. A les comunitats reals la democràcia és més que un mitjà, és un fi en si mateix, sempre obert i perfectible, que persegueix l'autoconstrucció simultània de la vida personal i social.
• La nació és una comunitat imaginada per l'Estat, una agrupació artificial d'éssers-objecte, classificats en classes, sexes i races, per ser millor governats i, per tant, millor despullats de la seva pròpia sobirania individual i comunitària; la nació és una suma de veïns virtuals, de persones i comunitats artificials, aïllades i enfrontades entre si, impulsades a sobreviure imitant la falsa moral i l'hàbit predador d'aquell qui té el poder i governa en nom seu. Aquest és el caos real, el de l'Estat; la democràcia és el caos imaginat pel poder, que aconsegueix tenallar la ciutadania submisa i temorosa, el caos imaginari al què l'Estat va posar el nom d'anarquia. En aquest mateix segle, però sobretot en el XX, el saber científic ajudaria a convertir col·lectivitats integrades en el concepte general de nació en nous subjectes imaginats; i és així com passem a pensar com a membres de subgrups (classe, raça, sexe, professió, etc.), així organitzats per a una millor gestió de l'Estat. Aquestes noves comunitats imaginades generen alhora organismes especialitzats –associacions, partits, sindicats, etc.–, construint un ordit que suposadament ens personalitza, sempre dins de la identitat nacional constituent... “El sistema educatiu i mediàtic estirarà i exercitarà, des de la infància, a cadascú en aquest universalisme fractal i nacionalista. Cada individu pensarà en termes dels objectes socials del poder i s'identificarà sobre ells fins el paroxisme. La raó d'Estat, raó al final de l'Estat
nacional, podrà aleshores confondre's amb la raó democràtica i només ella serà socialment raonable”.
Aquesta raó d'Estat és per a cadascú de nosaltres un gran misteri, dotat de raó pròpia i superior, que no podem assolir perquè en la seva mida excedeix la nostra capacitat de comprensió, adaptada als espais locals en els que tenen lloc les relacions amb altres persones, amb aquelles que formen part de la comunitat real de la qual formem part i que, segons els experts, no supera el nombre de cent cinquanta, que seria la nostra escala humana de relacions personals. Aquesta incapacitat afavoreix el llenguatge utilitzat per la raó d'Estat, que ens indueix a acceptar contínues concessions, contràries a la nostra autonomia i a la nostra llibertat.
La imatge social del poder es converteix així en raó suprema i totalitària, que “ofega la nostra comprensió del món i impossibilita construir altres alternatives”, e expressió que dóna títol a l'article de David Ugarte que em serveix de referència. Fins el punt que “pobre societat si no fos pensada des de l'Estat”, podria ser la frase concloent que expressa el triomf de la comunitat imaginada, de la nació com a artefacte ideològic del poder... en definitiva, el triomf de la raó d'Estat.
Formant part de les grans contradiccions humanes, subjau en la nostra cultura el caliu de la idea contrària, la d'una veritable comunitat. Ens ve de molt enrere, arrelada en el pensament profund que cada ésser humà acaba fent de si mateix i del món que l'envolta, i en aquest pensament hi ha un caliu potencial del qual sempre pot brotar una flama de llibertat i rebel·lia enfront l'ordre que ens imposa l'Estat, una idea de sobirania i autonomia només possibles en condicions d'igualtat i en comunitat real, en aquell ordit vital fet de relacions materials i personals, de llocs i espais comuns on succeeix la vida real de cada ésser humà.
1
David de Ugarte, “Cómo las comunidades imaginadas nacieron y crecieron hasta ahogar nuestra comprensión del mundo e imposibilitarnos construir alternativas para los nuestros”, publicat a “El correo de las Indias”, gener de 2011.Doncs bé, aquesta comunitat real és la substància del que anomenem “poble”, són les persones que conviuen en temps i espais concrets, unides per una relació de veïnatge, que es reconeixen entre si com a “paisans”, habitants d'un mateix país (de paisatge, territori). Aquesta idea té les seves arrels primitives en l'esdevenir de la història humana, recordem que en els últims nou mil anys només alguns pocs de nosaltres hem conegut la vida a les ciutats; i que fins fa molt poc, només unes poques dècades, la immensa majoria de la humanitat vivia en reduïdes aglomeracions a les que sempre hem anomenat “pobles”.
Aquells que defensem la idea de viure en comunitats reals, ni imaginades ni imposades, pensem en un projecte perfectible del propi veïnatge, un projecte pendent i irrenunciable al què des de l'antiguitat anomenem “democràcia”, un projecte que suposa una forma d'organitzar la nostra convivència amb institucions igualitàries que minimitzin les nostres diferències personals i els conflictes que dificulten la dignitat de les persones i la convivència, que ens permetin reconèixer-nos com a iguals.
Els mapes poden ajudar-nos en aquesta comprensió transcendental. Un mapa és una representació del territori. Existeixen uns mapes “polítics”, són mapes que marquen línies artificials, fronteres imaginàries, separadores i classificadores, inexistents en la realitat, representen un territori parcel·lat que ens remet al cadastre de la propietat; i existeixen uns mapes topogràfics, que representen el territori tal com és, sense més línies que les dels límits propis de la terra ferma, de les ribes de mars i oceans, que representen el territori com a continuïtat, on se situen les aigües, les muntanyes, boscos i planes, tots els pobles i les ciutats de l'esfèric món que habitem. Uns i altres mapes, ens donen resposta a aquesta vella i sempre pertinent pregunta: a qui pertany el planeta en què vivim i al que anomenem Terra, de qui són els recursos naturals que nodreixen la vida en el mateix?... i des de sempre hem sabut la resposta correcta: són de la vida, de tots els éssers que els utilitzen per viure, ni tan sols a nosaltres, els humans, ens pertanyen, a nosaltres ens correspon només la seva administració responsable, el seu ús respectuós i compartit.


Concloc de moment:
• El poble és una comunitat real i la democràcia és la forma pròpia, ètica i racional, d'organitzar la convivència i l'autogovern en assemblea d'iguals. Cada comunitat autogovernada, autònoma i sobirana és Poble. La democràcia necessita condicions de veïnatge i autosuficiència, d'aquí que ciutats i comarques siguin els àmbits en els què comunitat i territori conflueixen, on la democràcia més s'aproxima a l'ideal d'autonomia i sobirania. A les comunitats reals la democràcia és més que un mitjà, és un fi en si mateix, sempre obert i perfectible, que persegueix l'autoconstrucció simultània de la vida personal i social.
• La nació és una comunitat imaginada per l'Estat, una agrupació artificial d'éssers-objecte, classificats en classes, sexes i races, per ser millor governats i, per tant, millor despullats de la seva pròpia sobirania individual i comunitària; la nació és una suma de veïns virtuals, de persones i comunitats artificials, aïllades i enfrontades entre si, impulsades a sobreviure imitant la falsa moral i l'hàbit predador d'aquell qui té el poder i governa en nom seu. Aquest és el caos real, el de l'Estat; la democràcia és el caos imaginat pel poder, que aconsegueix tenallar la ciutadania submisa i temorosa, el caos imaginari al què l'Estat va posar el nom d'anarquia.


No hay comentarios: