domingo, 15 de septiembre de 2013

LA ARQUITECTURA DE LAS MANZANAS

Nueva York, la gran manzana

En las grandes metrópolis la edificación ha sido diseñada en “manzanas”, grandes bloques de casas rodeados en todo su perímetro por vías de tránsito motorizado, grandes bloques que suelen encerrar un patio. Ese espacio interior, invisible desde la calle, fue conservado en su mínima expresión en las épocas del desarrollismo industrial, como “patio de luces”, en los barrios de las periferias urbanas, donde fueron alojadas las masas de campesinos que emigraban a las grandes ciudades en busca de trabajo en las  fábricas. 

El uso de la palabra manzana no proviene del fruto del mismo nombre, sino de la castellanización del catalán "mansana", cuyo origen es el “manso” derivado del latín “mansio, mansum”, a su vez derivado de la forma verbal  manere, habitar una casa. En época medieval se llamaba "manso" a las mismas casas de campo que en la época romana eran denominadas "villas"…por cierto, villano no viene de vil sino de villa, porque villano era el habitante de las villas medievales, de aquellos caseríos poblados por labriegos que laboraban las tierras de los señores feudales; y fueron éstos, los propietarios, quienes, considerándoles brutos y viles , se encargaron de extender el actual concepto peyorativo de villano,  a partir de sus negativos prejuicios sobre la   naturaleza moral de los campesinos.


Así, pues, la agrupación de varias casas alrededor de las “mansos” se llamó "mansana" y el diminutivo referido a una manso era "mansilla"; algunos pueblos conservan esta denominación, como Mansilla (en Segovia), Mansilla de la Sierra (en la Rioja) o Mansilla del Esla, Mansilla Mayor y Mansilla de las Mulas, estas tres últimas localizadas en la provincia de León. En la Roma antígua, una mansio era un lugar donde descansar y pasar la noche durante los largos trayectos que tropas y comerciantes estaban obligados a recorrer por la red estatal de las calzadas romanas, que fueron equipadas con una tupida y organizada estructura logística y de servicios (alojamiento, comida, cuadras para los animales y talleres para reparaciones de carros, junto al herrado y otras reparaciones), para favorecer el trasiego militar y comercial por los confines del imperio, asunto vital para su plan de dominio sobre los territorios invadidos. Parece ser que los romanos copiaron esa estrategia del imperio persa, instalando las mansio a un día de camino entre una y otra. Originalmente fueron llamados castra, siendo, probablemente, meros lugares de campamento militar, formados con trincheras hechas de barro. 
Mansión en castellano y  “maison” en francés tienen esa misma raíz latina, si bien, la “mansión” en castellano ha acabado por ser palabra reservada a las grandes casas señoriales, mientras que de la más popular palabra francesa “maison”, referida a cualquier casa, se originó la castellana de “mesón”, aplicado a un establecimiento de taberna popular, donde se podía beber y tomar comida casera (hace unos años, en un viaje por tierras leonesas y asturianas, paré por casualidad en uno de estos mesones a pie de puerto, que en su arquitectura y mobiliario tenía una disposición que me recordaba a las imágenes de las ventas medievales que hemos visto en el cine, unos establecimientos que eran herederos, sin duda,  de las mansio romanas, al menos en su función hostelera y en su estratégica situación en los cruces de caminos). En estas ventas se comía en mesas colectivas de gran tamaño en las que se mezclaban los viajeros de toda condición; ello me hizo creer durante mucho tiempo que la palabra “mesón” tenía por origen  esas grandes mesas colectivas; pues no, su origen está en las antíguas mansio imperiales. 
En un artículo incluido en un diccionario de Antigüedades Griegas y Romanas, editado por Jhon Murray en Londres (1875) se afirma que las mansio fueron construidas originalmente por los reyes de Persia mucho antes de que lo hicieran los romanos y también se dice que todavía son hoy conservados, que hay razones para creer que los actuales edificios de planta cuadrada que encierran un gran patio abierto, rodeado de balcones con puertas que dan acceso a apartamentos de muebles sencillos y con una fuente en el centro, tienen ese origen persa, habiendo servido durante siglos para proporcionar refugio durante la noche, “tanto para el hombre como para la bestia”. Son, sin duda, el antecedente de los moteles y aparthoteles existentes en las áreas de servicio de las actuales autopistas. En el urbanismo de las grandes metrópolis podemos reconocer la impronta de esa arquitectura imperial que organiza las casas en bloques con patio interior, patios que en los suburbios se convierten en lóbregos “patios de luces”. La metrópolis de Nueva York numera cada una de sus casas siguiendo un orden que se corresponde con el de la "manzana" en la que está situada.  




Repensar la sociedad nos obliga al ejercicio de repasar la historia y, con ella, la evolución de esa arquitectura de las manzanas, desde las manso persas y romanas a la villa medieval, y de ésta a la ciudad industrial y a la metrópolis postmoderna. Por conocer los antecedentes de nuestras formas de habitar el territorio,  las razones que motivaron esas arquitecturas, para aproximarnos a lo que hoy nos está sucediendo, para desentrañar la razón por la que hemos llegado a esta forma bárbara del habitar en gigantescas metrópolis, diseñadas para la servidumbre y el aislamiento, pensadas para impedir la autonomía y la convivencialidad de sus habitantes, una forma de habitar planificada para separar al ser humano y convertirlo en un ser superfluo y prescindible, en uno más entre la masa de villanos, con sus cualidades humanas aniquiladas, para adaptarlo al estado de sumisión generalizada, plenamente determinado a competir con sus vecinos sumisos por su propia supervivencia individual en la selva de hormigón, en la metrópolis donde el territorio ha sido borrado, suplantado por sucedáneos de sociedad y naturaleza.
La metrópolis actual es la mejor expresión de la derrota del concepto proletario de revolución, la mejor expresión del triunfo de la revolución burguesa-capitalista y de sus propias formas de sociedad y Estado. De esa derrota proletaria, de ese triunfo de la dominación, siguen brotando hoy todas las falsas rebeldías que provienen de una clase fracasada en su propio proyecto histórico hacia la emancipación. Y la razón de la derrota empieza a sernos evidente: LA CLASE PROLETARIA NO QUIERE DEJAR DE SERLO. Se niega a la abolición de sí misma, sólo quiere vivir mejor en el capitalismo y en la servidumbre al Estado. El ser social del proletariado, su realidad, camina alejado de su conciencia, fundamentada ésta en el logro exclusivo del interés individual. Es una clase encerrada en la arquitectura estrecha de un bloque de pisos con mermado patio de luces, atorada por la modorra sindical que sigue al sueño político del “estado de bienestar”, perezosa incluso para luchar por la mejora de  su convenio con la patronal…el único camino que concibe para ganar algo más, pagar la hipoteca, vender bien el piso… y  habitar, ¡por fin!, la casa de los sueños proletarios, en una urbanización residencial cercana al campo, con algo de jardín, piscina y vigilante jurado.
Pudiera deducirse que la emancipación depende exclusivamente de la conciencia, considerada ésta como conocimiento de la realidad que nos acerca a la verdad; y que, por tanto, sin conciencia nunca será posible la transformación radical de esa realidad, o sea, la revolución. Pienso que el conocimiento es su componente intelectual y fundamental, cierto; pero es incompleto, porque no abarca la integralidad necesaria a la emancipación. Coincido en ello con Félix Rodrigo Mora, en que, a los efectos de la revolución, la conciencia es incompleta sin voluntad, sensibilidad y sociabilidad, necesarias para no quedarse en un razonar estéril, en la apreciación interesada de la realidad, para garantizar la vida colectiva y -añado yo- para garantizar la continuidad de la especie humana, tan amenazada por el cortoplacista instinto de supervivencia que brota del ego.
Así pues, esta tarea de autoedificación del individuo, necesaria a su emancipación, no es una tarea exclusivamente intelectual e individual, sino que ha de apoyarse en la edificación de su experiencia integral, social y vital, en sus formas de cohabitar el territorio-mundo. Y pienso que la arquitectura de los poblamientos y de las casas en que vivimos nos ayuda a explicar los avatares del ser social que somos, de esa tarea universal y civilizadora, siempre por hacer, que es la  emancipación.
A estas alturas de los tiempos, totalmente desprestigiado el concepto de revolución por el fracaso de las pasadas  experiencias, no concibo el escenario de la emancipación sino en el ámbito del territorio, en la transformación radical, integral, del contenido y forma en que lo habitamos. Por lo que al proyecto de emancipación le corresponde una arquitectura innovadora, radicalmente nueva y a la altura de su finalidad. Las casas se construyen empezando por los cimientos, sobre el suelo del territorio. No podemos reconstruir el ser social sobre utopías de  comunidades imaginarias (Estados o Clases), no podemos construir las casas a partir de los tejados sino a partir del suelo real, el del territorio, el único espacio donde pueden ser disipados los enfrentamientos interesados en los que se fundamenta el poder: individuo contra sociedad, materia contra espíritu, urbano contra rural…
Dos utopías sobreviven al desánimo generalizado que invade el mundo tras los continuados  fracasos en el camino hacia la emancipación. Una es nostálgica y la otra es futurista. Son el izquierdismo (sindical, ecológico y ciudadanista) y el hackerismo (tecnológico y libertario). Uno sitúa la estrategia de la emancipación en la confrontación de clase, con aditamentos identitarios, ecológicos y populistas, genuinamente convenientes a su alma asalariada, laborista. El otro confía en la evolución perfectiva del mercado, en la disipación de las rentas que nos situará en el reino de la abundancia, la que habrá de llegarnos como el software libre, tras superar la fase actual, calificada como “capitalismo de amigotes” o de Estado. Creo que ambas utopías persisten en el mismo error de fondo, su economicismo, que los reduce a un conocimiento limitado, falto de la integralidad necesaria para construir la conciencia. Y, como dice Miguel Amorós, “el capitalismo los tiene en su terreno: podrá resentirse con las múltiples catástrofes que provoca, pero no tiene nada que temer de las armas de juguete, de las modas contestatarias o de los apocalipsis literarios. Con tales complementos se puede llegar a ser hábil y adquirir la rutina de una profesión, sea la de dirigente político o la de revolucionario, pero muy otra cosa es modelar un pensamiento realmente subversivo y practicarlo de forma coherente”.
El capitalismo crea su espacio propicio, diseña la arquitectura conveniente al mantenimiento del poder de las élites, el hoy espacio global donde la mercancia y la tecnología puedan desplegarse sin obstáculos de relieve. Su arquitectura idónea es la conurbación, las grandes metrópolis en las que impera la tecnología y el desarrollismo como ideologías del progreso, donde el trabajo asalariado y el consumo patológico construyen un individuo a la medida de ese “progreso”. Es una arquitectura que se apropia del espacio y del tiempo, que remite a la hortera propiedad privada de una casa, a la falsa comunidad del espacio público y del “patio de luces”. En la calle, lo público ha sido sustituido por un espacio de flujos, un ir y venir de multitudes y mercancías.   
A partir de la postmodernidad recién estrenada, las últimas crisis del sistema han puesto en evidencia su genuina naturaleza contradictoria: el sistema productivo capitalista es necesariamente destructivo, de la comunidad y de los recursos naturales. A riesgo de caer en la marginalidad inofensiva, se han buscado soluciones-escapatoria en el ámbito de lo rural y artesanal, lejos de las fábricas y de los centros comerciales de la metrópolis. Cantado el fracaso de las utopías sobrevivientes, la elaboración de una nueva idea de revolución anda necesitada, en su teoría y en su praxis, de un espacio propio, de una arquitectura subversiva, situada en las antípodas del conocimiento sin conciencia, en las antípodas de la metrópolis estatal- capitalista. Pues bien, el espacio público de esa teoría y de su praxis revolucionaria no puede ser, una vez más, imaginario, no puede ser nostálgico ni futurista, no me cabe duda, debe ser real: ES EL TERRITORIO. Que no es solamente rural, que no deja de ser urbano. La destrucción del territorio es el último recurso del Estado y la sociedad capitalista para su perpetuación.  Pero la defensa del territorio es comprendida y compartida por las poblaciones que lo habitan, que experimentan como propias las agresiones al mismo. Y, por eso, la defensa del territorio moviliza las limitadas conciencias y apunta al corazón del sistema.
A la par, estamos empezando a diseñar la ciudad necesaria, la que habremos de construir en el territorio y sobre las ruinas de la metrópolis estatal y capitalista. Iniciamos el proyecto subversivo de su antítesis, al margen de la  arquitectura académica y asalariada, y nos surgen los primeros trazos de esa arquitectura: casas que se agrupan en manzanas, manzanas de casas que se alzan entre huertos de manzanas y todo tipo de frutales y hortalizas, manzanas que forman barrios, pueblos y ciudades pequeñas de tamaño humano, que a su vez se asocian libremente a otros pueblos y ciudades, de cuencas y comarcas próximas en medio de campos y bosques comunales, pobladas por gentes que se asocian libremente en comunidades locales autogobernadas en asambleas, plenamente autónomas y soberanas…son los trazos de  una  arquitectura  insumisa y fundamentada en la abundancia que surge del uso comunitario del territorio y sus recursos, que niega la escasez que nace de la ideología propietarista y desarrollista, que reniega de la ciudad masificada y de los pueblos deshabitados, radicalmente opuesta a la aniquilación suicida de la vida social y las cualidades humanas, a la aniquilación de lo rural por lo urbano, de lo público por por lo privado, opuesta a toda revolución sin conciencia.

Otra forma de habitar, otra arquitectura de la vida es necesaria para reconstruir nuestras casas a partir de los escombros de la metrópolis estatal-capitalista. Nuestro proyecto emancipador anticipa el diseño de las nuevas ciudades en el territorio, para saber qué hacer desde ahora, acontezca o no la revolución, tan improbable como necesaria. Propongo la manzana como icono de ese proyecto subversivo, como símbolo de la arquitectura de la nueva ciudad: manzanas de casas entre huertas de manzanas. Casas construidas para el uso y no para la propiedad. Manzanas de casas con huerto comunitario, casas diseñadas con la sabia funcionalidad de las antíguas casas campesinas, casas que no separan la vida del trabajo, que no aislan al individuo de la sociedad, casas que producen energía, casas y manzanas de casas que generan energía para toda la comunidad. Casas y manzanas con taller individual y colectivo, para producir las cosas necesarias al común de los vecinos. Casas y manzanas autónomas, con huerto, taller y energía. Manzanas con espacios comunes para el apoyo mutuo en la necesidad,  en el dolor y en la fiesta, para compartir la abundancia de lo común, manzanas de casas con patios abiertos a la ciudad, manzanas que generan calles, plazas, patios, talleres, huertos, jardines, cultura y conciencia de lo realmente público y compartido; dimensiones con distancias para ser caminadas, que unen entre sí a otras manzanas y ciudades, que permiten el  desplazamiento sin prisa y el transporte autónomo, individual y colectivo, limpio de humos y ruidos, movido por la energía que producen las casas y las manzanas de los pueblos y ciudades del territorio; casas que se calientan en invierno con la energía solar que generan sus fachadas y tejados,  con la energía del viento liberado, comunitario y universal, que mueve también las máquinas y herramientas, individuales y comunitarias,  casas con invernadero bajo cubierta, en los que crecen tomates, donde puede secarse la ropa recién lavada. Casas y manzanas comunicadas entre sí por amplios soportales que protegen de la lluvia y del frío, que permiten el paseo y la conversación en la calle, en todo tiempo, cuando hiela y cuando buscamos la sombra…no más guetos residenciales -ni de miseria ni de lujo-, no más segregación social, no más aislamiento de los seres humanos en chalets y pisos-colmenas, en pueblos deshabitados y en metrópolis masificadas, ¡no más arquitecturas mercenarias, asalariadas contra el ser humano, destructoras del territorio que habitamos!.