miércoles, 12 de junio de 2013

PROPUESTAS CONSTITUYENTES PARA VOLVER AL LUGAR DE DONDE VENIMOS


Existe una especie de consenso en la izquierda “realmente existente” acerca de la necesidad de un proceso constituyente dirigido a lograr un cambio político radical al que se le pone el nombre de “democracia” en un intento de rescatar este concepto, secuestrado por el neoliberalismo. Surgen así varias propuestas de “democracia alternativa”, entre las que hay dos que, a mi entender, resumen la posición mayoritaria en el seno de esa izquierda nebulosamente autodefinida como progresista.

Una es la “democracia distribuida” de la Universidad Nómada, presentada como interpretación de las propuestas emanadas del 15M, resumidas en ocho puntos: 1. Eliminación de los privilegios de la clase política. 2. Control de las entidades bancarias. 3. Derecho a la vivienda. 4. Medidas contra el desempleo. 5. Servicios públicos de calidad. 6. Nueva fiscalidad. 7. Democracia participativa. 8. Reducción del gasto militar.  Es un programa reformista y re-constituyente que evidencia una intención muy clara, la de reparar el fallido proyecto socialdemócrata de la izquierda, hasta ahora liderado por el PSOE y en adelante, previsiblemente, por IU con el añadido de los retales supervivientes del 15M.

La otra propuesta, más reciente, es la que plantea el libro “Hipótesis Democracia” (editorial Traficantes de Sueños), subtitulado “quince tesis para la revolución anunciada”, que está firmado por Emmanuel Rodríguez desde la factoría del Observatorio Metropolitano de Madrid y la Fundación de los Comunes. El libro se presenta a sí mismo como respuesta a estas preguntas: “¿Hay que seguir esperando una recuperación económica que nunca llegará? ¿Podemos seguir confiando en una clase política manifiestamente incapaz de la más mínima autonomía respecto a la dictadura de los mercados? ¿Nos sirve todavía la Constitución española? ¿Y la actual Unión Europea?”. En su misma presentación anuncia la presunción que sustenta todas sus reflexiones: “ Hablar hoy de revolución no responde a una opción ideológica radical. La destitución de las actuales oligarquías y del régimen político que las sustenta se ha vuelto imprescindible, al menos si se quiere enfrentar la progresiva degradación institucional, la guerra declarada por el poder financiero o impedir una indeseable salida nacional-populista…para ello, concentra su propuesta en “una única tarea, rescatar la palabra democracia, tal parece ser hoy el contenido mínimo del programa político que han anunciado el 15M y los movimientos «indignados» del resto de Europa”. Es una colección de críticas al mal funcionamiento de la democracia parlamentaria, de los mercados y del Estado, pero sin ningún cuestionamiento de los mismos.

Ambas propuestas coinciden en un error esencial: tratan de buscar una salida reformista al colapso del sistema capitalista, que consideran previsible. Y lo hacen esquivando tanto los fundamentos que sustentan dicho sistema como los mecanismos institucionales que lo reproducen. Es decir, pretenden atacar los síntomas de la crisis multidimensional ignorando su causa, esa sofisticada e inexpugnable simbiosis entre lo aparente y lo real, lograda por el neoliberalismo, la imbricación entre una institucionalidad estatal abstracta, formalmente democrática, y una realidad económica de naturaleza totalitaria, concretada y expandida a escala global como capitalismo financiero.

Este sustancial olvido tiene aún mayor alcance, porque ve al capitalismo como un programa exclusivamente económico que tiene secuestrada la política, a la que ese progresismo se propone rescatar. Esta izquierda caduca se resiste a ver dónde está la verdadera fortaleza del sistema que pretende derribar, ignora que el triunfo del capitalismo, su logro más perfecto es la anulación sistemática del individuo social lograda a partir del éxito de su complejo entramado institucional que funda y reproduce el sistema de poder del capitalismo, a partir de la básica sumisión de los individuos y la consecuente neutralización de la comunidad.

De ahí la fatalidad de que todas estas propuestas acaben esquivando el núcleo central del proyecto democrático, que no es sino la reconstrucción del sujeto revolucionario real, el individuo social, indisociable de la comunidad en la que vive. Esta ignorancia es definitiva porque invalida de raíz toda pretensión emancipadora, por mucho que se nombre a sí misma como democrática y revolucionaria.

Así pues, las hipótesis de estas propuestas arrancan de erróneos diagnósticos, por lo que su proyecto es necesariamente fallido en origen. Su implícito proyecto “democrático” es parcial, para nada revolucionario, porque renuncia de salida a la emancipación del poder dominante y porque tiene como aspiración máxima la de retrasar momentáneamente el previsible colapso autodestructivo al que nos conduce la civilización capitalista, mediante un programa que se limita a “evitar la degradación institucional” y a lograr la “destitución de la clase política”.

Cuando esta izquierda sea capaz de emanciparse a sí misma, cuando prescinda de los partidos políticos que reproducen la falsificación parlamentaria de la democracia, cuando su proyecto democrático sea integral y no parcial, cuando sea capaz de superar su propia ideología estatalista, economicista, propietarista y consumista, cuando comprenda las lecciones de la historia respecto al error que supone fiar la revolución a la conquista del Estado que perpetúa el poder de las élites y reproduce el cáncer de la ideología capitalista, sólo entonces estaremos en condiciones de afrontar la Democracia como proyecto emancipador y, por tanto, verdaderamente revolucionario.

Con todo, a quienes propugnamos la revolución integral no nos conviene ignorar los graves riesgos de la crítica que hacemos a esa izquierda capitalista mayoritaria, porque estamos en una encrucijada histórica en la que, por una parte, la revolución necesita el fracaso de su proyecto reformista y, por otro lado, este fracaso podría favorecer que el sistema busque el recambio de esa izquierda por una opción autoritaria y populista. Este es el problema y ésta nuestra tarea: convencer a la gente que sigue a la izquierda sin debilitar el impulso democrático creado por los movimientos sociales surgidos de la indignación popular, a partir del 15M. La derrota de éstos sí sería mucho más preocupante que la de los partidos políticos de la izquierda -ya dada por hecho-, porque nos dejaría sin el único parapeto que disponemos frente al fascismo popular que los neocones españoles diseñan desde su think tank, la FAES.

2 comentarios:

José Manuel Pérez Rivera dijo...

Comparto completamente el planteamiento que haces en este artículo. Vivimos en una realidad amputada por la base y por la cúspide. Por la base porque se ignoran las raíces profundas de la actual multidimensional. Y por la cúspide porque una amplia mayoría se sigue moviendo en un plano paralelo al caos que nos rodea que les impide tener perspectiva de los fenómenos que lo explican y no hace posible trascender a un nivel superior de entendimiento que haría factible una solución integral a los retos a los que nos enfrentamos. El reto, por tanto, es doble: desvelar las causas epigenéticas de la crisis y construir este plano superior al que me refería con anterioridad cimentado sobre los aspectos elevados de la vida humana (justicia, arte, amor, verdad y apoyo mutuo).

nanin dijo...

Totalmente de acuerdo, Jose Manuel, un fraternal abrazo.