viernes, 8 de marzo de 2013

UN PARADIGMA POSTCAPITALISTA SE ABRE PASO HACIA EL BIEN COMÚN DE LA HUMANIDAD

En memoria de Elinor Ostrom, que desmontó
la teoría trágica de los
 bienes comunes 
A partir de la década de los noventa fueron numerosos los movimientos sociales que incorporaron en su agenda el tema de los “bienes comunes”, sobre todo a partir de los trabajos elaborados por Elinor Ostrom (especialmente “Governing the Commons”, publicado en 1.990), economista que en 2009 se convertiría en la primer mujer en recibir el premio Nóbel de economía. Hasta entonces, la generalidad de los economistas venía considerando que el mantenimiento de los bienes comunes precisaba de la intervención estatal o del interés privado individual, opinión estandarizada que implicaba necesariamente el desprestigio de la propiedad comunal de dichos bienes (lo que se denominó “la tragedia de los comunes”). Elinor Ostrom, fallecida en 2012, desafió esa concepción de los bienes comunes y su abundante observación y estudio al respecto le llevaron a la conclusión de que cuando las comunidades cuentan con autonomía suficiente, los individuos que las forman interactúan y desarrollan complejos sistemas institucionales de carácter local, con el fin de hacer sostenible a largo plazo la gestión de los recursos compartidos. En la mayor parte de los casos, dichas prácticas comunales han permitido la preservación de recursos naturales y evitado la degradación del medio. La evidencia la tenemos en nuestro propio medio rural, donde gracias a esas prácticas comunales de origen ancestral, todavía disponemos de un importante patrimonio natural y rural, relativamente bien conservado, aunque sometido a permanente amenaza por la codicia especulativa del interés privado.
Acertadamente, otro economista, Carlos Marx, había identificado con anterioridad que el sistema capitalista tiene su origen en la acumulación primitiva, a partir del cercamiento y apropiación progresiva de los recursos comunales. Con ello, la tarea de garantizar la reproducción social pasó a manos de los Estados, que sustituyeron lo comunal por lo público, proveyendo de servicios públicos a través de sistemas impositivos y múltiples regulaciones legales. Ese proceso de saqueo de lo comunal continúa hoy, con total evidencia en la actual crisis, en la que el sistema capitalista utiliza a los Estados para privatizar los recursos comunes (naturales, sociales y culturales) creados por distintas comunidades.
Hasta hace poco tiempo he venido siguiendo con interés, al tiempo que  con cierta decepción, los estudios e iniciativas que desde distintas instancias se producían en torno a los bienes comunes, algunas de ellas en España, como la del Laboratorio del Procomún de MediaLab Prado. La mayor parte me parecían decepcionantes, porque contribuían a perpetuar una idea muy limitada acerca de los bienes comunes, considerados como una relación de bienes residuales, reducida tan sólo a aquellos bienes que han logrado sobrevivir a la codicia expropiatoria y acumulativa del interés privado. Son ideas positivas, que abren caminos, pero que adolecen siempre de lo mismo: no impugnan el sistema capitalista. Algo parecido sucede con las propuestas de Renta Básica, de Economía del Bien Común o del Decrecimiento. Son brindis al sol, alternativas pensadas para aplicar en un contexto capitalista, alternativas que el capitalismo sólo podría adoptar para reforzarse.
Afortunadamente, están surgiendo otras propuestas, que nos hacen entrever una dimensión mucho más amplia y trascendente de los bienes comunes. Que empiezan a dar respuesta a mi vieja pregunta al respecto, que no se refería a la propiedad y gestión mancomunal de bosques, aguas o pastizales de un sitio en particular y desde antíguo; mi pregunta apelaba a la cuestión original ¿De quién es el planeta Tierra en el que vivimos, del que somos parte viva y consciente?, ¿Quién tiene la legitimación para apropiarse de un trozo de la Tierra, por pequeño que sea, y utilizarlo como una mercancía? ¿Acaso no es la Tierra nuestro más concreto, físico y universal Bien Común, que compartimos con el resto de seres vivos, acaso su vida y la nuestra no depende del uso inteligente y solidario de los recursos de la Tierra común?
La propiedad y gestión de los recursos de la Tierra no es sólo una cuestión legal y parcelable, es cuestión vital y universal, que trasciende a todas las dimensiones de la vida humana: ecológica, ética, social, económica y políticamente. Por eso doy la bienvenida a la Carta de losComunes, planteada como hipótesis política, surgida del Observatorio Metropolitano de Madrid y publicada por Traficantes de Sueños; o a la iniciativa para la Declaración Universal del Bien Común de la Humanidad, que intenta abrirse paso como paradigma postcapitalista, por impulso del Foro Mundial de las Alternativas y que será presentado en Túnez este mismo año, con ocasión del Foro Social Mundial.
Bienvenidas todas las iniciativas que cuestionen la apropiación privada de los recursos naturales y productivos. Bienvenidas todas las iniciativas realmente democráticas y, por tanto, anticapitalistas. Sólo una sugerencia: bastaría una Declaración Universal de la Democracia para corregir los errores de todas las declaraciones universales, todas decepcionantes y fraudulentas, como la de los Derechos Humanos, que es sistemáticamente burlada por los Estados en todos sus artículos, excepto en el más fundamental para el capitalismo: el derecho de apropiación sobre lo que es del Común.

1 comentario:

Javier Martín Pastor dijo...

Interesante presentación para conocer y reconocer los comunes.